16.- EL RESPLANDOR DE LAS HOGUERAS, Pedro Sanz Lallana

Capítulo 16º

Edicto de Gracia

Navarra

«Verdaderamente, con la llegada del otoño a estos valles navarros uno comprende en toda su profundidad lo que el salmista quería decir cuando escribía aquello de: El Señor es mi pastor, nada me puede faltar», comentaba don Alonso de Salazar al párroco de Elizondo, don Juan de Etxebeste, en amena charla al amor de la lumbre cuando éste le preguntó si se encontraba a gusto en las tierras del Baztán. El inquisidor le respondió con convicción: «Lo estoy, amigo Juan, lo estoy y me costará marchar de ellas». 

Atardecía. Sentado frente al amplio ventanal del caserío blasonado que le servía de residencia, el inquisidor se detuvo a contemplar el paisaje que empezaba a pintarse con los tonos rojizos de los hayedos, los ocres de los castaños y el verde intenso de los pinos en un abanico de claroscuros que delataban la llegada del tardío.

Envuelto en la cálida penumbra de la sala caldeada por el rescoldo del hogar, recordó la promesa que hiciera a su colega don Juan del Valle meses atrás cuando le dijo que vendría a visitar «más pronto que tarde» estas tierras, y a fe que lo estaba cumpliendo con creces, pues desde que saliera de Logroño, allá por  el mes de marzo,  todavía se veía ocupado en la penosa tarea de tener que desenredar esta turbia madeja de delaciones urdida contra algunas gentes de estos valles vecinos de la muga; quería tomar el hilo por el cabo y llegar hasta al final para desterrar las sombras de dudas que aún pudieran quedar sobre la existencia de brujos y  brujerías, y demostrar que todo era una maldita patraña sazonada con mentiras y embelecos.

Pidió que le trajeran luz y recado de escribir. Le rondaban por la cabeza una serie de conclusiones a las que había llegado tras interrogar  a un buen número de aldeanos de aquellos pueblos y quería ponerlas por escrito. Deseaba dar fe de que todo ello no había sido sino un enorme cúmulo de aberrantes depravaciones tal como le apuntara su amigo el letrado don Pedro de Valencia, que discrepaba diametralmente de la doctrina mantenida por don Alonso Becerra, el inquisidor principal.

Tras mucho insistir y soportar una sorda oposición por parte de sus reverencias, consiguió que La Suprema le nombrara comisionado del Santo Oficio para investigar en los valles de Ezcurra, el Baztán, Xareta y Cinco Villas, y estaba decidido a no marchar de allí  sin zanjar  de forma definitiva el  problema de los brujos, pues a su parecer se había cerrado en Logroño de manera atropellada y mal.

Tenía fijada su residencia en el palacete de un ricohombre de Santesteban, Ignacio Etxeberría, cuya fachada principal lucía un hermoso escudo con cinco estrellas, una cruz flordelisada y su lema correspondiente: Signum fides,  detalle en el que reparó don Alonso nada más llegar:

—¿Qué mejor lugar para vivir que estar bajo el signo de la fe? —le comentó al dueño señalando el dintel de la puerta.

—Es el lema de la casa—respondió él, viejo familiar del Santo Oficio.

Y ciertamente era un lugar envidiable «porque reunía las condiciones idóneas para la serena reflexión y el recogimiento», decía don Alonso. Desde Santesteban podía desplazarse con cierta comodidad a lugares próximos como Vera, Lesaka, Elizondo, o pasar el puerto de Otsondo quedándole al abasto de las caballerías los pueblos de Urdax, Zugarramurdi y Ainhoa.

Fray León, el abad del monasterio premostratense de Urdax, se apresuró con blanda zalamería a poner a disposición del señor inquisidor todos los recursos del cenobio, que no eran pocos, «para facilitar la caza de brujas» explicaba el abad, obsequio que don Alonso rehusó amablemente  deseoso de mantener su propio criterio, su independencia.

—No he venido a cazar bruja alguna, hermano León —le atajó—, si no a buscar argumentos sólidos en que cimentar un Edicto de Gracia que repare, en la medida de lo posible, las  funestas  consecuencias del pasado Auto de Fe.

—La caridad de vuestra merced es demasiado benévola —le respondía el monje—, aquí siempre ha habido brujas y las habrá, señor inquisidor.

Don Alonso le miraba con la serenidad de quien se siente seguro de sí mismo. Su objetivo era muy distinto del que trajera meses atrás don Juan del Valle, porque trataba de dilucidar lo que había de cierto en las acusaciones leídas ante el tribunal de Logroño, cuántas eran burdas imaginaciones de mentes enfermas u ocultos deseos de venganza en el mejor de los casos, y si descubría que  no se ajustaban a la verdad, mandar  descolgar  inmediatamente  los sambenitos que todavía pendían en las iglesias de estos pueblos como testimonio de «la conjura diabólica contra la fe», como alguien había escrito en grandes cartelones bajo los siniestros colgajos que se veían en las paredes junto con los nombres de sus desdichados propietarios. 

La partida la preparó con sumo cuidado. En los días previos convocó a sus ayudantes;  eligió a gente de absoluta confianza y les puso al corriente de sus intenciones: ir al norte de Navarra  e informar con toda veracidad de lo que vieren u oyeren por aquellos pagos. Con paciencia y comprensión. Ni siquiera llevaría soldados, como era la costumbre, porque ésta iba a ser una comitiva discreta, corta en número de hombres y carruajes. Cuando todo estuvo listo, se pusieron  en camino una soleada mañana del 26 de marzo de 1611. Yo les vi marchar con un poco de nostalgia recordando  las  buenas jornadas pasadas en Estella,  o la visita a las tierras de  Ayala, Nájera..., en fin: aquellos lugares que había  visitado en circunstancias muy similares.

Por aquellos días el campo empezaba a notar el arrimo de la primavera; apuntaban los primeros pámpanos en las vides, las flores del espino se ribeteaban de rocío por la mañana y el saludo de los pájaros anunciaba que el frío daba paso al buen tiempo. El cielo alto y sin nubes parecía indicar que la marcha se haría sin sobresaltos de lluvia o nieve, fenómenos todavía posibles por estas fechas. Así pues, cuando todo estuvo listo, los caballos bien enjaezados y los hombres pertrechados con sus alforjas, la comitiva atravesó el puente de piedra dejando atrás las murallas del Revellín; ya a las afueras, el grupo enfiló la antigua ruta jacobea, calzada que resultaba cómoda para la marcha de las caballerías y el alegre rodar de los carruajes.  En los lugares por donde pasaban, las gentes se espantaban de pronto al ver las enseñas de la Santa Inquisición, pero recobraban  la calma cuando comprobaban que iban de paso.

Se había empeñado don Alonso en llevar un Edicto de Gracia a la zona alta de Navarra y no iba a parar hasta conseguirlo. Pensaba que ya era tiempo de demostrar que todo lo dicho en Logroño no tenía nada que ver con la apostasía de la religión ni con la adoración del diablo como algunos afirmaban. Todo era pura invención y torpeza.  Cosas como volar por los aires, hacer polvos ponzoñosos, provocar tormentas, darse al diablo, etcétera, no eran más que sandeces.

—Que el diablo existe, es  muy cierto —comentaba el inquisidor a su secretario don Lope de Alfaro—,  pero bien está donde está, que es en los infiernos y no comiendo huesos de muertos..., ¡por amor de Dios!, que eso no se compadece con la razón humana.

Don Lope, hombre extremadamente sensato, sonreía y callaba. Era muy posible que hubiera gentes asustadizas que confundieran  una  mula  furiosa  con un diablo disfrazado y que, incluso, existieran quiromantes con poderes para hacer apariciones y trazas maravillosas, pero nunca aquel sin número de despropósitos que se habían dicho sobre unos pobres pastores analfabetos cuyo mayor delito era ése precisamente: su propia ignorancia o su pobreza;  y estaba empeñado en demostrar que ni el Diablo era tan poderoso como ellos pensaban, ni los mal llamados brujos tan depravados como decían serlo, que las más de las veces todo era fruto de alucinaciones colectivas o declaraciones bajo tortura. Y  la autoacusación, estaba convencido de ello, no era sino una forma de cargar con una falsa culpa a cambio de salvar la vida, tal como muchos de los condenados  habían hecho y confesado después.

A este propósito recordó con pena a María de Zozaya, una buena mujer capaz de sonreír en medio del tormento; la pobre había muerto meses atrás en la más absoluta de las soledades olvidada en una sórdida celda siendo como era una pobre anciana analfabeta y, con toda seguridad, inocente. A su parecer, la solución a estos casos se reducía a dos palabras muy sencillas de entender: comprensión y caridad.

Se aproximó a la chimenea de piedra para avivar las ascuas ya mortecinas y pensó que era triste tener que confesarlo, pero en Logroño se habían equivocado absolutamente. Le vinieron a las mientes las recriminaciones que en alguna ocasión le habían hecho los  otros inquisidores  por su excesiva bondad y condescendencia  para con los réprobos: 

—Don Alonso, vuestra reverencia hace un uso magnánimo de la caridad, y no ha de olvidar que en las Sagradas Escrituras se nos dice cómo Yahvé hizo perecer por el fuego a los malos israelitas adoradores de Baal; yo creo que debería reflexionar sobre este punto  y aplicarlo a esos malvados herejes devotos de Satanás.

Quedó con la mirada fija en el rescoldo del hogar: «¡Válgame Dios, y qué ciegos hemos estado todos al no haber sabido distinguir lo falso de lo verdadero, ni separar el polvo de la paja!», pensó.

Baztán

Nada más llegar al Baztán empezó por recorrer los pueblos y preguntar a los que figuraban  como testigos en las actas de acusación sobre lo que habían visto y oído en aquellas  reuniones que decían haber tenido con los llamados brujos; visitó los lugares donde celebraban los akelarres; mandó abrir tumbas y desenterrar a los muertos supuestamente comidos..., y después de examinarlo y comprobarlo todo, los indicios le llevaban a un mismo punto irreversible y contundente: que aquello no era sino una monstruosa  mentira; allí no se habían comido muerto alguno y  los lugares  de  reunión  no  eran  sino hermosas campas verdes llenas de chiribitas en esta primavera que apuntaba. 

Pasó el verano entre idas y venidas y hoy se sentía animoso para empezar a escribir el borrador de su informe. Le trajo don Lope un rico candelabro de  plata  que dejó sobre la mesa junto con unas plumas de ganso, tinteros, el frasco de la ceniza y los pliegos de papel que había pedido. Tomó uno de ellos y se dispuso a hacer el esbozo de lo que sería el escrito que pensaba  elevar a La Suprema. Se santiguó, como hacía siempre antes de iniciar una  tarea, dibujó una cruz en la cabecera del papel y comenzó:

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.  

Yo, don Alonso de Salazar y Frías, licenciado en Teología, canónigo e Inquisidor del Santo Oficio en la ciudad de Logroño, a los miembros del Tribunal  de La Suprema Inquisición

 Expongo:

Que después de examinar in situ las supuestas atrocidades atribuidas  a  la peligrosa secta de los brujos, no he hallado certidumbre ni indicios con qué colegir que se haya hecho algún acto de brujería real y corporalmente en estos lugares. Sino  que, como yo solía sospechar de estas cosas, he añadido con la visita por mí realizada un nuevo desengaño: que las testificaciones de los cómplices solas, sin ser coadyuvadas de otros actos exteriores y comprobados por personas de fuera de la complicidad, no llegan a ser bastantes  para proceder por ellas a captura de persona alguna;  que las tres cuartas partes de los testimonios, y aún más, se han delatado a sí mismos como sospechosos de ser absolutamente falsos.

También tengo por cierto que en el estado presente no sólo no conviene dar nuevos Edictos de Delaciones, Entredichos y prorrogaciones de los ya concedidos,  o cualquier intento de querer ventilar en público estas cosas, porque con el estado achacoso que ya tienen ellas mismas, sería nocivo y  el resultado podría ser mucho peor del ya existente.

En conclusión: que a mi entender no hubo brujas ni embrujados en estos lugares hasta que  comenzó a tratarse y a escribir sobre ellos; que todo son invenciones y patrañas de gentes ignorantes o de mentes enfermas...

Don Alonso dejó de escribir; apoyó la pluma en el tintero, se alisó las cejas en un gesto mecánico para relajar la vista y comenzó a leer pausadamente el pliego que había escrito con pulcra caligrafía; le pareció que quedaba  bien como preámbulo: claro y contundente, que no daba opciones a la duda. Se dijo para sí mismo que lo completaría  con alguna de las ideas sugeridas por la gente razonable de estos pueblos a la que había consultado, olvidando de  momento las actas del tribunal porque seguramente estaban contaminadas por mentiras y alguna oculta sed de venganza.

—Se debería examinar si los reos que fueron sentenciados estaban en  su  sano juicio, reverendismo  señor inquisidor —le dijo un día don Pedro Abásolo,  cura de Yanci, que solía acompañarle en sus paseos matutinos por al atrio de la iglesia cuando andaba de visita por aquellos lugares—,  porque su conducta parece más bien de pobres locos que de herejes;  y  si  su enfermedad es  de la cabeza, eso lo pueden curar los físicos y galenos más que las torturas y los sambenitos...

La lógica de don Pedro era absoluta; andaba preocupado el cura porque varios de sus parroquianos  habían sido acusados de brujería y sospechaba que su pecado era más bien la falta de seso que otra cosa; y no encontraba razón suficiente para justificar su permanencia en las cárceles secretas del tribunal de Logroño habida cuenta de que estaban completamente locos.

En las correrías que hizo don Alonso por Donamaría, Arrayoz, Elizondo, Etxalar, Rentería y  otros pueblos,  se detuvo a escuchar las declaraciones de más de un centenar de vecinos sobre los denunciados;  y  todos coincidían con el párroco en que eran gentes de pocas luces, cierto,  pero incapaces de hacer las majaderías que se decían en las acusaciones; respecto a las enfermedades del ganado, el mal tiempo que echaba a perder las cosechas, etcétera,  nada podían decir, pues cuando granizaba o helaba lo hacía en todos los campos por igual: de los buenos y de los malos cristianos indistintamente; y respecto a volar, que eso era imposible, porque por allí sólo lo hacían los pájaros...

Continuó con el informe:

Que ellos no habían visto a los brujos volar, ni pueden decir si lo hacían como animales o como personas, como moscas o como cuervos. Piensan que esto es más bien una ilusión.

Que lo que se dice hechizos y pócimas no son sino unos potajes que hacen ellos para su cuidado siendo completamente inofensivos, porque luego fueron probados en animales y nada malo les sucedió, al contrario, parecía sentarles bien.

Que algunas niñas que decían haber tenido trato carnal con el demonio, fueron examinadas por mujeres expertas y halladas que todavía eran doncellas.

Que no se podía tener en cuenta las delaciones hechas por menores porque frecuentemente se dejan llevar por sus fantasías, y que basta que empiece uno mintiendo para que el resto se sienta obligado a decir otra mentira doblada... 

En el exterior ya era noche cerrada. El rescoldo agonizaba bajo una gruesa capa de ceniza; don Alonso llamó a su secretario para que recogiera los bártulos.  Don Lope le aconsejó que descansara pues ya era muy tarde.

—Vuestra merced lleva razón —le respondió el inquisidor—: «cada día tiene su afán», dice la Biblia; así que lo acabaremos en Logroño.

Tomó el último pliego y después de releerlo atentamente lo guardó en el cartapacio que había sobre la mesa. Se caló el solideo de lana roja que pendía de un perchero hecho con patas de corzo y se volvió hacia el ventanal;  el valle estaba en calma. Se sentía bien, aunque cansado, con esa paz de espíritu que rara vez había podido disfrutar desde que fuera nombrado inquisidor. Luego, hablando como para sí mismo le dijo a su secretario:

—Don Lope, ¿no es cierto el dicho de que Dios escribe recto con renglones torcidos?

—A fe mía que así es — le respondió.

—Yo soy de vuestra misma opinión.

Y quedaron en silencio.

Los días pasaron casi sin darse cuenta. Pensó que su investigación estaba prácticamente concluida y que debía preparar la vuelta; aprovecharía los últimos días de permanencia en Santesteban para dedicarse a la meditación y a la lectura. Los tomaría como un retiro espiritual que completaría con buenos paseos por el campo y largas pláticas con sus amigos los párrocos de aquellos pueblos.

Pero lo que no calculó don Alonso es que por aquí con el mes de diciembre suelen llegar las primeras nevadas y, aunque se lo advirtieron, le sorprendió que de la noche a la mañana apareciera una gruesa capa de nieve cubriendo los campos y caminos de la zona haciendo del todo imposible el retorno a casa tal como lo había previsto. El que nevara era una pequeña contrariedad —«muy bella, por cierto», comentó con cierta resignación— que quedaba compensada con el gozo de ver caer mansamente la nieve; esto haría que alargara su estancia en el Baztán; la única decepción en semejantes circunstancias fue la de tener que oír las quejas de algunos miembros de su comitiva que se veían forzados a pasar las Navidades lejos de la familia.

Don Alonso disfrutó del calor de las gentes sencillas de Santesteban, de sus fiestas y  villancicos, de celebrar la misa del gallo como un parroquiano más; de sus comidas copiosas hechas con el sosiego y el gusto de la gente del campo; se sentía cura de pueblo olvidando el odioso  título de “inquisidor” que tanto espantaba. Todo el mundo le llamaba don Alonso a secas, salvo don Pedro de Yanci que le seguía titulando reverendismo señor.

Cuando el temporal de nieve amainó y vino tiempo de blandura, organizó la caravana de retorno. Fueron jornadas lentas, agotadoras, por caminos embarrados,  soportando un intenso  frío que no permitía moverse con facilidad. Buscaban refugio en los pueblos y  posadas del camino mientras se acercaban lentamente a Logroño.

Don Alonso  sintió dejar este rincón de delicias, pero le urgía la necesidad de completar el informe y presentarlo cuanto antes a La Suprema para que decidiera qué hacer con los dieciocho reos que todavía penaban en prisión, y con los trece muertos que tenían sus sambenitos colgando en las paredes de las iglesias de sus pueblos; además,  ésta  era  una buena ocasión para vaciar  las cárceles de una vez por todas que, como siempre, estaban llenas a rebosar. 

Me sorprendió mucho cuando una mañana me dijo nada más verme a  poco de su llegada:

—Don Pedro Larrea, tengo que darle una buena nueva...

Fue en la escalinata de entrada al palacio inquisitorial. Don Alonso gozaba de gran predicamento entre la gente de las secretas por ser un hombre de trato cordial alejado de florituras palaciegas:

—Su reverencia dirá...

—Pues que pronto se van a ver aliviadas las cárceles y, de paso, resuelto el problema de los presos de Zugarramurdi —me aclaró trasluciendo una mal disimulada satisfacción; luego añadió—: “pronto” quiere decir en unos meses...

Francamente, no me esperaba tan magnífica noticia. Yo, que guardaba una cierta familiaridad con él fruto de los viajes hechos en su compañía por los pueblos de la Rioja y Navarra, le hice una pregunta que resultó a todas luces absurda:

—¿Es que va a venir de nuevo la peste, don Alonso?

Sonrió con gesto de tristeza.

—No lo quiera Dios, sino algo mucho mejor: va a llegar el perdón.

—¡Voto a Cristo que es una magnífica solución, don Alonso!

—En su nombre lo hacemos. Por cierto, evite vuestra merced el usarlo en vano…

—Perdone su reverencia—me disculpé torpemente.

Di un golpe de chapeo en el aire en señal de saludo y él me correspondió con una ligera inclinación de cabeza desapareciendo acto seguido escaleras arriba camino de sus aposentos. Edicto de Gracia se llamaba lo que don Alonso andaba tramitando. Pasados unos días me volví a topar con él y le pregunté sin rodeos:

—Don Alonso, me habló vuestra reverencia de que iba a haber un perdón...

—Ciertamente, ya está solicitado —me atajó dibujando una amplia sonrisa.

—¿Y cómo va el proceso, si me permite la indiscreción?

—Lento —respondió con cierta desilusión—, como todas las cosas de palacio.

Me aclaró que había elevado un escrito a La Suprema y esperaba una respuesta que trajera la amnistía a los culpados, porque ya era hora de mostrar la cara benigna del Santo Oficio, idea por la que siempre había batallado.

Pero aquellos meses de los que me hablara don Alonso se dilataron más de la cuenta pues  pasaron dos años largos hasta que recibiera respuesta oficial de Toledo. Durante todo este tiempo, la ilusión inicial de que las cárceles iban a verse aliviadas se me fue marchitando, aunque como decía don Juan Tenorio en una comedia ¹ recién estrenada en la corte: No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, de manera que un día, de forma inesperada, llegó un correo oficial con el lacre del Santo Oficio que llevaba el pomposo título de Cautela Inquisitorial; o dicho en román paladino: Edicto de Gracia.

Recuerdo que aquella tarde hubo convocatoria urgente en el salón de audiencias. Se reunió el tribunal en pleno: inquisidores, letrados, notarios, calificadores, acusadores, secretarios…; entre sus reverencias se notaba un cierto desasosiego porque se iba a dar lectura a los papeles venidos de Toledo y  se comentaba que traían fuertes sorpresas…

Don Ferrando fue el encargado de leer los pliegos del perdón. Ciertamente, la sesión no fue tan agitada como en otras ocasiones; más de uno agradeció la ausencia de fray Veremundo —el religioso que fuera agriamente reprendido la vez anterior por don Alonso Becerra había muerto hacía dos meses de unas tercianas en su monasterio de Valvanera, descanse en paz—, aunque a la salida, en torno al brocal del pozo, resultó inevitable que se enzarzaran en una acalorada disputa los partidarios de fray Alonso y don Juan —“los justicieros”, como les llamaba el vulgo—, con los de don Alonso de Salazar —“el canónigo”— por una cuestión de principios que versaba sobre si el poder diabólico de los brujos era real o se trataba de pura ficción; y frente a la mayoría, don Alonso de Salazar defendía rotundamente lo segundo.

Cuando abandonaron el tribunal era ya noche cerrada.  

Don Alonso me hizo llegar por manos de don Zacarías Covaleda  una copia de estos papeles  para que obrara en consecuencia, pues había una parte muy importante en ellos que me atañía.  Cuando los tuve en mi poder, no pude evitar el acordarme del resplandor de aquellas malditas hogueras: «Todavía el aire me huele a chamusquina —le dije mirándole a los ojos—. ¿Y ahora quién va a devolver la vida a los quemados, lo sabe vuestra merced?»; don Zacarías me miró con cara de pasmo y, tras saludarme cortésmente, se fue.

Esto decía la famosa Cautela Inquisitorial:

¹ El burlador de Servilla y convidado de piedra. Tirso de Molina

© Pedro Sanz Lallana

• El resplandor de las hogueras - Prólogo •
• Capítulo 1º: Yo, el verdugo •
• Capítulo 2º: De mis orígenes •
• Capítulo 3º: De mi condición y oficio de verdugo •
• Capítulo 4º: De mazmorras y otros menesteres •
• Capítulo 5º: A la caza del pecador •
• Capítulo 6º: Alcaide de las Secretas •
• Capítulo 7º: De nuevo ante el tribunal •
• Capítulo 8º: El Cuaderno del Alcaide •
• Capítulo 9º: Los presos de Zugarramurdi •
• Capítulo 10º: Sobre brujos y brujerías •
• Capítulo 11º: Muestrario de horrores •
• Capítulo 12º: Las confesiones brujas •
• Capítulo 13º: Concluyen las confesiones brujas •
• Capítulo 14º: Vísperas de un Auto de Fe •
• Capítulo 15º: Relato verídico del Auto de Fe •
• Capítulo 16º: Edicto de Gracia •
• Capítulo 17º: Conclusiones absolutorias •
• Epílogo •
• Adenda •

16.- EL RESPLANDOR DE LAS HOGUERAS, Pedro Sanz Lallana

 

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