FILOSOFÍA DE LAS PALABRAS
por Ángel Coronado

"VECERA"

 

La cabra es animal, que al contrario de la oveja, prima hermana, se tiene por listo, vivo, independiente, agresivo si la ocasión lo merece. Y más aún el carnero que, como el cabrón, a veces topa. Nunca he visto al atajo de las cabras en compañía de alguna oveja. No siempre, pero con harta frecuencia, el rebaño de ovejas se ve honrado con esas cuatro cabras que lo dignifican y ensalzan. Algo habrá. Será la leche. No lo sé, pero el queso cabrales me parece que no se hace con la leche de las cabras. La cabra tiene mala leche, mala fama pero leche tan buena que no lo entiendo. ¿Cabrales hecho con leche de vaca, de cabra o de oveja? Vale de cabra, pero ¿qué hacen aquí las ovejas y las vacas?

Pues eso, eso parece. A lo que habría de aplicarse y entender es el hecho de que Cabrales pueblo se llame así por el queso, de una parte, o de otra el otro hecho, el hecho de que Cabrales queso se llame así por el pueblo. Y en ambos casos cabría preguntarse si, tanto queso como pueblo, puedan deber su nombre a la leche de las cabras o a las mismas cabras. Seguramente Cabrales pueblo deba su nombre a la cabra y Cabrales queso a la leche de cabra con la que primitiva y originalmente se hiciese, aunque lo más seguro es que tanto la cabra como la oveja o la vaca, el pueblo y el mismo queso, junto con los otros quesos hermanos, el Picón y el Valdeón, se hayan puesto de acuerdo para impedir que nadie, nunca, pueda poner en claro ese lío. Hay cosas que mejor están liadas, y con toda probabilidad estamos ante una cosa liada.

Aunque no acostumbro a consumir quesos tan fuertes estoy seguro de que no hay alimentos que, como el queso, nos presenten esa cara que nos presenta el queso.  Y no me refiero al corte, al interior (que también), graso, migoso, manchado, compacto, con agujeros gruyere, blanco, crema, ocre, carne, tetilla, redondo, abultado, aplastado. Tampoco al olor, a veces inconfesable. Es la corteza y sobre todo esas hojas del picón y del cabrales que lo envuelven. Si fuesen hojas de laurel y el queso la pelota medio calva de César, en lugar de un cabrales o de un picón tendríamos delante la cabeza laureada de un emperador. Me sobrecoge la inmediatez artesanal de un queso envuelto en hojas. Empecé a fumar, tiempo ha, sobrecogido en la inmediatez artesanal de un cigarro hecho a mano, tabaco picadura, caldo de gallina se llamaba, librillo de papel Jean o Abadie da igual, petaca y “menchero” de “mencha” encendido a fuerza de manotazos, y ese olor de la yesca, de la “mencha” en brasa puesta en sazón a soplidos, heraldo del otro, anuncio del verdadero, del propio, prohibido, cómo describir aquél olor a tabaco, “tabaco, verdadero tabaco” que dijo Pencroff en la “Isla Misteriosa”, Julio Verne, justo al tiempo de ser tocado en gracia por ese olor a tabaco verdadero tabaco. Todavía el tabaco no era veneno ni el misterioso Capitán Nemo envenenador sino al contrario, misterioso benefactor.

Me habla mi amigo Evelio, Covaleda, de la viva inteligencia de las cabras. No de vuelta pero sí de ida. La vecera se disuelve de vuelta. Con el vecero hasta el punto en el que cuida  vecera, vencido el día, caído en la tarde, cada cabra coge su rumbo y se dirige a casa. También para esto es viva la cabra. Sin semáforos, sin autobuses, tranvías ni metro, cada cabra vuelve sola y sin dudarlo a su majada, su aprisco, en este caso a su casa. Estamos en Covaleda. Pero es a la mañana, Evelio lo dice, cuando la cabra, sin duda libre de telarañas, reparada en el descanso y el sueño de la majada, demuestra su mejor inteligencia. El amo la lleva (el ojo del amo engorda el caballo) hasta el punto en el que, sola, debe llegar al vecero que a la sazón espera. Y para ello ha de girar en algún punto a la derecha o izquierda. Y lo hace cumplidamente según costumbre. Pero si ese día es preciso que la cabra gire hacia el otro lado (ayer tocó derecha, hoy toca izquierda), el amo emite un silbido especial, convenido, santo y seña entre amo y cabra. y al punto ésta gira con la seguridad y aplomo con que gira un planeta. Y el vecero, con la vecera detrás a su cargo, se dirige al monte por la izquierda.

VECERA: atajo comunal de cabras que pastea bajo el cuidado y vigilancia del VECERO, todo ello dicho y hecho en Covaleda y por lo menos en los pueblos limítrofes de Duruelo de la Sierra (en dirección noroeste según el valle primero que conduce al río Duero recién nacido) y de Salduero y Molinos de Duero hacia el sureste según el mismo valle. Preguntaré también en Regumiel y en Vinuesa, la perla de los pinares según se dice de forma tan descaradamente publicitaria que más bien desdice de un pueblo como Vinuesa que, bien mirado, merece ser comparado con una perla, y como perlas solo hay en los mares y Vinuesa está entre pinares, esa perla sería de los pinares más que de los mares.

Y digo que la voz “vecera” será de uso también en Duruelo, por una parte, y en Salduero y Molinos por otra, porque tengo comprobado que no hay término municipal en que se use una voz y deje de hacerlo, con igual, mayor o menor propiedad, eso sí, en los términos vecinos, con lo cual, y a la hora de patear el campo dibujando fronteras, me ahorro preguntar en un cincuenta por ciento de los pueblos al menos. Por una razón: estas voces son todavía de uso, aún enfermas y viejas, pero era entonces, cuando el mayor viaje que imaginarse pueda era ir en burro al pueblo de al lado (que otro más allá era imposible de pensar siquiera), era entonces cuando, lozanas y frescas, voces como “vecera” iban en burro, cómo si no, hasta Molinos, Salduero, Duruelo, desde Covaleda. 

Y esto es, de momento, todo.     

© Ángel Coronado, 2016

 

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