FILOSOFÍA DE LAS PALABRAS
por Ángel Coronado

Entre Almazán y Tajueco

 

 

En el periódico de la mañana. Bien temprano y buenas, recias, gordas, grandes letras: ¡La provincia de Soria se ha roto!

Bien cosida con lañas solo resta una cicatriz que cruza su cara de parte a parte. De volverse a caer se romperá por otro lugar. Y se nos ha vuelto a caer. Y se nos ha vuelto a romper. A la provincia de Soria le pasa como a los  continentes del Planeta, que se rompen y entrechocan. Como al continente africano, que se nos rompe. Al principio fué la India. Salió despedida en dirección nordeste y se incrustó en Asia. Al choque se levantó una muralla de cascotes, el Himalaya, y toda una llanura, una rígida placa, se levantó también sin romperse. Y allí en la meseta, más cerca del cielo que de la tierra, en ese Tibet altivo se ha sentado el Buda, señor de oriente, sentado a lo buda en esa meseta, pedestal terrestre, ara de Buda

Madagascar ya va de camino. Y otro pedazo de África se nos está resquebrajando desde más arriba, río Jordán, Mar Muerto, errático cauce del Nilo, Mar Rojo, Grandes Lagos... El lago Tanganica es una grieta profundísima. Cuatro mil metros. Se nos rompe. África se nos está rompiendo.

En pequeño, a Soria le pasa igual. Y en mediano a la península ibérica. La geografía se nos rompe como si fuese un plato.. Pero cuidado, una cosa es un plato que se rompe y otra es la rotura del dibujo de un plato que se rompe. Porque aún siendo la misma rotura son dos cosas que se rompen. O por lo menos así lo parece.

Analizando esto mejor hemos llegado a ciertas conclusiones. Y nos parece que después de tanto ruido no se ha roto nada que no lo estuviese ya.

Sobre un cacharro con lañas se ha trazado un dibujo. Sobre algo predispuesto, dispuesto previamente de cierta manera, manera en la que no entramos por ahora excepto para decir que roto de alguna manera, se han trazado unas lineas de otra clase y de otra manera y por diferentes manos y diferentes caminos y diferentes motivos, decimos, se han trazado unas fronteras. Y ahora venimos nosotros diciendo que dichas fronteras se nos han roto. Como si decimos que los meridianos y los paralelos de la tierra se nos han roto por el contorno de los continentes y el complejo litoral de los mares y de los lagos. Es el vicio del periodista malo que vocea una noticia con gancho para enganchar a la gente con sus voces, voces llenas de cualquier contenido. Soria no se rompe. Sobre algo complejo, heterogéneo, compuesto, se han trazado unos paralelos y unos meridianos y unos términos municipales y unas provincias y unas fronteras, y unas delimitaciones de propiedades, las ha trazado un señor, a cuenta de un señor, de un señor que conquista, un señor que descubre, un señor que coloniza, un señor que parte y reparte, un señor que delimita y traza sobre la tierra un surco, que dice, solo dice que desde un mojón a otro podrá parecer que no hay nada pero hay algo, un señor que cuenta con ese algo, paño con el que cuenta el sastre para cortar, pan con el que cuenta el panadero para partir, madera con la que cuenta el carpintero para serrar, territorio con el que cuenta el conquistador, el militar, el colonizador, el chino que traza la Gran Muralla o el emperador, Adriano, que traza en Escocia  su particular muralla en nombre del Imperio Romano.

Imagino, Adriano, que para levantar tu cerca, o Chino, para trazar tu Gran Muralla, hubísteis  de conquistar un poco más allá. Nunca es la muralla la que marca la conquista sino que sobre lo conquistado, dentro de lo conquistado, al interior de lo conquistado, antes de trazar esa muralla y contando con territorio propio a un lado y otro de la línea que un Adriano, chino, cualquier señor, antes de que cualquier señor pudiese trazar ese cimiento de la futura muralla, hubo de haber algo que cortar, pan, paño, madera, territorio del chino conquistador, territorio del escocés expoliado, del romano invasor. Nunca es la muralla la que marca la conquista ni tampoco es la conquista  la que marca la muralla. Siempre hay un resto más allá de la futura cerca para que pueda cumplirse la gravísima ley que no responde a ningún legislador ni menos a ningún conquistador. Y si Adriano, una vez llevada su conquista más allá de la cerca que levantase después, hubiese marcado como en efecto marcó el límite de su imperio trazando sobre la tierra hoyada la cerca, hubo de ceder a escocia parte de su conquista. Y lo que intentamos decir es que no se diga ni que Adriano pueda merecer el nombre de “El Magnánimo”, que no, que de ninguna manera, ni que frontera, límite, muralla o cuerda pueda coincidir con nada sino consigo misma porque para trazarse necesita de algo sobre lo que trazar, como el lápiz necesita de algo sobre lo que dibujar. Ningún lápiz, jamás, podrá trazar una línea sin que a un lado y otro de la misma sea y exista la misma cosa. Paño, pan, madera, conquista, papel, cualquier material o cosa que se deje tatuar, piel que se deje tatuar para que tatuaje pueda dejar a un lado y otro de su dibujo piel. El tatuaje nunca podrá contornear como lo hace un hombro, los límites de la piel. Ningún bisturí podrá marcar límite alguno de la propia piel sino ya dentro, en ella y con sangre. Ya está dicho: ningún conquistador podrá levantar murallas que marquen a la vez los límites de su conquista.

Sólo así cuando echando un pulso se pacta un armisticio. Y ni aún así, porque las partes que pactan, pactan. Y la posibilidad de pactar descansa en eso, en esa misma posibilidad de negociar el pacto, ceder aquí para imponer allá. En armonía perfecta para ello, ambos bandos disponen de un tablero cuyos confines nada tienen que ver con el trazado final de su acuerdo.

Soria no se rompe. Cuando los escoceses reconquistaron su territorio, la muralla de Adriano quedó. Todavía hoy se puede ver, ya vieja, rendida por los años, imperio romano fósil. Escocia tampoco se rompe. Y si lo hace no será porque la muralla de Adriano sí o no. Soria no se rompe. Y si lo hace no será por ninguna de las razones que vocea ese periodista engañoso.

Imagino al mismo dando las mismas voces pero en los tiempos de Adriano para decirnos que las conquistas del emperador se habían roto por culpa de la cerca, o que la cerca estaba rota, pero no de piedras caídas sino porque Adriano había ido más allá, conquistando. Yo que Adriano hubiese metido a ese periodista en el foso de los leones. O quizá no, porque pensándolo bien, ese pobre periodista, y a su manera, eso sí, no hacía sino denunciar lo que nosotros intentamos, a la nuestra, denunciar ahora: que ni la criatura no nacida en relación al vientre que le acoge ni el niño a la cuna en la que duerme ni el joven o la joven a su amada/o por lo que se le viene de pronto encima, ni el sastre por lo que corta en relación a la propia tela, ni el agrimensor en relación a la superficie de la tierra en la que mide lo que mide, que nadie puede hacer nada en relación a la potencia sin el acto. Antes ingenuo que malo, nuestro periodista confunde al agrimensor midiendo terreno y al satre cortando tela, o mejor, al terreno medido  y al trozo de tela cortada, con esa tierra o tela inconclusa e intacta. No es extraño que lo confunda. A nosotros nos pasa cuando hablamos de Soria. Porque Soria, señores, al igual que Teruel o Guadalajara, o es una cerca recia que no se rompe tan fácil o no es nada que se pueda romper como si esa cerca fuese débil o mala.

Dicho todo lo cual pasaremos a decir lo que ya se podría entender sin más.

En el oeste soriano nadie conoce la Calle Mayor de su pueblo porque no hay ninguna Calle Mayor. Sólo hay Calles Reales, mientras que la mitad oriental se desvive por tener esa Calle Mayor a toda costa, despreciando  la Real. ¡Soria se nos ha partido en dos! diría nuestro periodista. Y sin decir nada, silenciosa y eficaz, la capital soriana nos da fe de saber de todo esto como nadie. Soria, ciudad fronteriza, tiene la calle mayor más chica (corta si bien ancha) y la real bien larga, como queriendo dar fe de su postura rayana entre Castilla y Aragón. 

Los continentes se rompen. Ellos. Nadie los parte. Soria se rompe, ella. Nadie la parte. No se trata, es cierto, de pura geología. El subsuelo soriano parece sólido aunque no te puedas fiar. Ni es la corteza de la tierra soriana lo que se rompe ni queremos tampoco poner las fuerzas de la naturaleza de frente (o en paralelo) a otras, a las fuerzas de la cultura por ejemplo, por más que todo, a fin de cuentas, se ha de rendir al suelo, a la tierra. Con algo de agua será barro, venga barro, amasemos barro, sólo barro. Y si seco, polvo, solo polvo, nada de polvo enamorado. Lo dirá Quevedo en su célebre soneto, pero nada de polvo enamorado. Alguien ha dibujado sobre la tierra una cosa, como un tatuaje, a lo que llama “ provincia”, “provincia de Soria”. Sobre una tierra cruzada de geológicas cicatrices. Sobre una tierra marcada por las pezuñas de los rebaños y por las huellas digitales de los hombres y de sus afanes y sudores. Y entre unos y otros (todos somos agrimensores), hemos trazado unas lindes que dejan a un lado y otro Soria y Soria, provincia y provincia. Entre unos y otros hemos hecho del territorio una red inerte pero repleta de pescaditos vivos y coleando dentro. Algunos escapan. Las gaviotas van a por ellos. Pero la red, bien cosida, nunca se rompe

En definitiva, Soria se nos rompe pero como si no se rompiese. Por otra parte lo que nos pasa con Soria les pasa con otras provincias a los suyos. Me da igual Almería que A Coruña, Huelva que Girona.

Desde luego podemos contar con que la idea que hoy tenemos de lo que sea o pueda ser “naturaleza” no es la de siempre. El sentido de la voz “naturaleza” de hoy (hoy tiene varios sentidos) no tiene nada que ver con el que tuvo ayer o antes de ayer o tendrá pasado mañana. Tampoco lo que hoy entendemos por “cultura” es lo mismo que se pudo entender en el pasado, en cada era, edad o tiempo del pasado. Y podemos contar también con esto: el sentido que al día de hoy tiene cada una de ambas voces indica oposición entre las mismas, encontrada diferencia, o mejor dicho, plantea de cierto modo su enfrentamiento, su ruptura, dejando bien sentado que al final todo será ceniza, todo polvo pero nada de polvo enamorado. También esperanza de algún encuentro en reposo y armonía. Dice Quevedo que sí. Del alma dice Quevedo que sí, que dejará en abandono al cuerpo, pero que algo quedará entre las cenizas, que polvo será, mas polvo enamorado.

“El cuerpo dejará, no su cuidado

Serán cenizas, mas tendrá sentido

Polvo será, mas polvo enamorado”

Lo dirá Quevedo pero no. Naturaleza y cultura, según entendemos hoy una y otra, se dan de la mano y ésta, la cultura, acabará rendida sin más, hecha polvo ante la gran señora de las noches y de los días. Esa señora. La Naturaleza

Por eso digo. Aún tratándose como se trata de cosas de cultura, Soria se nos parte. Vamos, que ya se nos ha partido de varias formas y por diversos sitios. Se nos ha partido culturalmente hablando, esto es, naturalmente, naturalmente hablando... Otra cosa es que sus límites, sus fronteras, el capricho de sus delimitaciones municipio a municipio haya permanecido intacta y haya de seguir permaneciendo igual por los siglos de los siglos. Y no digo amén porque me da igual que así sea, que haya sido así o, por el contrario, que deje de serlo algún día, aunque también diría que a las razones para que así fuese, o fuese lo contrario, se podrían exponer otras en sentido rigurosamente opuesto pero igualmente dignas de consideración y respeto.

En definitiva, que como todo se rompe sin remedio pero queremos que no, hacemos como si no. Y también: como nada se rompe, como verdaderamente hablando nada se rompe de verdad, porque hay cosas (y no sólo los átomos, queremos decir las partículas elementales que no se parten) ) que resisten de forma increíble a la rotura y el desgaste, como por ejemplo los límites de las provincias municipio a municipio, entonces inventamos cosas y hacemos como si todo se rompiese. Excepto esos límites inquebrantables, yo veo que todo se nos rompe, literalmente todo.

Está bien, pero lo que no entendemos es el por qué, la razón de que, la causa o el motivo en virtud del cual Soria se rompa pero como si no se rompiese o no se rompa pero saltando en añicos verdaderamente. No somos ni estamos en que se rompa o no, pero no queremos estar al tiempo en ambas cosas. Eso es. Queremos estar solo en una. Y ahora (ya veremos mañana) estamos en que Soria se rompe. Ya está rota. Siempre lo estuvo desde que Soria es Soria. Y por lo demás, exactamente igual que Albacete o Salamanca.

Será que solo lo enterizo se puede romper. Será que lo roto hubo de ser en su día entero. Será culpa del tiempo entonces. El tiempo mismo será eso. Buena definición del tiempo. El tiempo es aquello que lo rompe todo. La ruptura exige tiempo. Todo el pensamiento antiguo y clásico y griego gira en torno a esto. El temible nombre de Aristóteles se deshace, como la cera con el calor de los dedos, como la ruda potencia se disuelve con el menor acto, con el más pequeño y miserable de los acontecimientos.

¡Ah! ¡Otra cosa! ¡Que no se crea que Soria se rompe de una forma y Guadalajara de otra! Sobre un conjunto de tiestos rotos y medio cosidos con lañas se posa como una especie de malla, eso, una cota de malla de hilos de acero inoxidable irrompible invulnerable. Dos dibujos diferentes. Dos dibujos superpuestos. Sobre la grieta que rompe Soria porque viene de Burgos y se marcha por Guadalajara, o sobre otra que diese un muerdo por otro sitio, y otra y otra, se abate la cota de malla de los mil mojones de las mil heredades y los mil municipios y las cincuenta y tantas provincias y no sé cuántas diócesis y partidos judiciales, barrios, calles, manzanas. Sin contar los meridianos a gajos y paralelos a rodajas que hacen del planeta una naranja.

Cuando tienes en la mano media manzana... Corazón abierto de un tajo su corazón de manzana, de un tajo semilla negra de blanco corazón, solo tienes en tu mano una cosa, una cosa, que no solo media. Una cosa, solo una. Se detuvo el tiempo. Falló la memoria. Solo tienes una cosa. Es preciso comprender que solo tienes una cosa. La idea de una cosa es otra cosa. La idea de una manzana es otra cosa. Es una idea. La idea de media manzana es otra cosa. Es otra idea. Pero lo que ahora tienes en la mano no es una idea. Corazón abierto. Negra semilla de blanco corazón. Eso es lo que tienes. En la mano. Porque lo que tienes en la cabeza es otra cosa. Como digo yo porque lo habré aprendido de otros, como dice Conrad según traduzco de su texto:

“La conquista de la Tierra, lo que tantas veces significa suprimir al extraño, desprenderse del que  tiene tan solo la nariz más aplastada que la nuestra, no es una cosa hermosa cuando se mira de cerca.

Lo que redime todo eso es tan solo la idea, una idea bajo todo eso. Ningún sentimiento, solo una idea en la que depositar algo, acaso nuestra fe u otra cosa, algo a lo que ofrecer algún sacrificio.” (CONRAD, Joseph.  Heart of Darkness. London. Penguin Books (p – 10)

Lo que tienes en la cabeza es una idea. Para fiarse de las ideas. Tengo una idea en la cabeza. La provincia de Soria. Y otras. La de cada uno de sus municipios. Tengo la idea de unos límites. Yo no sé si hay más ideas que cosas o más cosas que ideas pero “puedo asegurar y aseguro” (parafraseando la frase famosa, tan retórica, de un político que acaba de abandonar el mundo) que ideas se tienen muchas. Todo el mundo las tiene y yo por mi parte también. Y ahora me viene una que quiero exponer, como entre paréntesis. Prefiero hacerlo así, de palabra en lugar de utilizar el propio paréntesis porque como tardaré un poco en exponer esta idea, para cuando haya de cerrar ese paréntesis ya no se acordará nadie de cuando se abrió. Ese cierre parecerá entonces una errata. Y se corregirá. Pero entonces la errata reaparecerá en el paréntesis de apertura, lo que no importaría tanto porque, por otra parte, para entonces nadie se acordaría tampoco. Y además lo quiero hacer así porque lo que dejo dentro del paréntesis no tiene nada que ver con la cerámica, el motivo inmediato de todo esto, aunque sí con el anuncio de que la provincia de Soria se rompe. Por si acaso lo haré como entre paréntesis pero sin paréntesis.

Hay lugares en los que las gentes que los habitan tienen una idea muy particular de los límites de los términos municipales en los que habitan. Si vas con ellos por el campo, locuaces y orgullosos de que al fin alguien se interese por ese cerro, esa fuente o (seamos francos),  por esa mierda de montón de sirle, porque nada sino mierda (usted perdone) de oveja es sirle, qué se yo (¿sirle? Ésta es otra.), sigamos, de que alguien extraño, extranjero se interese por ese corral lleno de sirle, por esa ermita..., puede ocurrir que de pronto, como si alguna droga o sopor acallase su verborrea, como si algo le afectase, algún aviso, y se tornase reservado, ausente, medio mudo, puede ocurrir que hinque de pronto el pico, abatido.

Lo pude saber después y por eso lo digo ahora. Ocurrió que andando andando dimos en cruzar una frontera, un límite. De Alcubilla de Avellaneda nos habíamos metido en Matanza, o al revés. No lo recuerdo. Buscábamos como sabuesos los restos de la vía romana en el tramo que se dibuja entre La Venta Nueva y La Cuesta del Temeroso cerca de La Mercadera (Voluce), de un lado, y del otro Coruña del Conde (antigua Clunia). Y los íbamos encontrando. Ya entre Alcubilla y Matanza. Pero cruzar esa frontera y mudarse la color de un semblante y el calor de una cháchara que te cháchara, sin más congelarse, y el afán de participarte nombres de caminos, incluso de árboles, desaparecer congelado también, todo suspendido, enmudecido, aplazado, cruzar esa frontera y mudarse la color todo fue uno.

En otros lugares ocurre lo contrario. O mejor dicho, ocurre lo mismo, pero no lejos del pueblo, no en el campo, no al punto de cruzar esa línea imaginaria que no es el río aunque coincida con él, que no el camino aunque lo mismo, que no es la cuerda entre dos mojones que ni se ven aunque lo mismo. En estos lugares lo que ocurre se puede decir así: apenas rebasas la última casa del pueblo comienza lo desconocido, el ancho mundo, el ancho resto del mundo, el más allá, el campo, el infierno, el paraíso, las américas o las filipinas.

Se trata ni más ni menos de lo mismo, pero en otro formato. En ambos casos se dibuja una frontera, un límite, pero en el primero se traza por el campo. En el segundo es el pueblo, el caserío, el límite que de alguna forma  marca el poblado, su muralla, su ronda. Siempre recuerdo las murallas de Rello, de Peñalcázar, de tantas y tantas ciudades, de Lugo, Ávila y también el nombre, antes el nombre que nada, el nombre de Madrigal de las Altas Torres que además tiene murallas con torres y almenadas. Ese nombre será bonito, pero es complejo y amanerado, retórico y empachoso como una tarta de chocolate y nata- Y pesa más que una vaca en brazos.

Recuerdo ahora el rito clásico, ya ritual en Roma, de la pareja de bueyes trazando con el arado un surco, el perímetro de la ciudad. Se podría decir que todavía pervive la memoria de aquél mágico surco en esos lugares en los que, apenas rebasas la última casa del pueblo, comienza el espacio indiscriminado del más allá.

Sin poder realizar a lápiz una sospecha con la debida precisión de un mapa o siquiera un dibujo (simple falta de datos), estoy seguro de que las dos formas anteriormente indicadas de percibir esos límites o fronteras no se distribuyen de cualquier forma por la geografía sino que vienen a ocupar, cada una, su lugar.  De forma ordenada. Sin duda obediente a determinadas causas. Concretamente: una determinada región se caracteriza porque no marca, no atiende ni entiende frontera o límite alguno entre caserío y campo abierto. Y esta región viene a ser o coincidir en más o menos con la regíón conocida como tierra “de pinares”. Pero no porque tenga pinares, que también. Como tantas otras que tampoco, excepto la nuestra, se llaman “de pinares” como la nuestra.

Y es aquí precisamente, pero no porque haya pinares, que también, donde domina una estructura muy particular en sus poblados, en los lugares en los que se agrupa el caserío. En ellos se diría que no existe la calle. Entre casa y casa solo hay un espacio, el que fuere, y aire. No existe acuerdo entre casa y casa. La calle nace del acuerdo entre casa y casa. Aquí no hay acuerdo que valga. Cada una se planta sin tener en cuenta las de su entorno. Cada una es dueña de su propia orientación. Cada una dueña también de sus cuatro fachadas. Cada una plantada en el suelo como podría estar un dado arrojado sobre una mesa, uno y otro y otro y otro más, todos cercanos entre sí, todos juntos pero mirando cada uno para su lado, independientes, aislados aunque no dispersos. A veces, entre dos casas, solo cabe un gato. Aún siendo un puñado de dados arrojados en el campo, aún formando un conjunto compacto, un caserío, un pueblo, lo que se dice un pueblo, aún así, parece mentira, cada una de sus casas permanece obstinadamente aislada. ¡Qué resistencia en unirse unas con otras para formar una manzana! ¡Qué vocación de aislamiento y a la vez de proximidad! Autistas en grupo. Tertulia de silencio. Esa es la zona de pinares. Esa es la casona pinariega. La casona carretera. Esa es, curiosamente, la tierra donde se crían las orondas chimeneas de barda

En el resto de la provincia, y sobre todo allí donde los vientos culturales de Aragón soplan con mayor fuerza, esto es, en su mitad oriental y de forma más notable al centro, libre del tirón de La Rioja por el norte y del territorio molinense y alcarreño por el sur, parece dominar esa memoria milenaria de la oposición entre la ciudad y el campo.

Un eco. Un poso. Restos de un sedimento. De una idea. Clásica y antigua, grecolatina. La ciudad lo es todo. Más allá de la ciudad no hay nada. Más allá del madrigal y de las altas torres almenadas no hay nada. Eso por un lado y en ese lado tanto Almazán como Tajueco. Y por el otro hay otro eco, poso, resto de otra idea de otro mundo. El campo abierto lo es todo. Y sobre lo abierto, como un bando de pájaros un grupo de casas, de apriscos, de pajares y de cuadras.

Bueno, pues aquí cerraría este desmesurado paréntesis en el caso de haberlo abierto. Prosigamos después, pero sin olvidarlo. Prosigamos después de haber intentado dibujar esa clase de frontera que se teje de forma tan sutil sobre cualquier territorio. Sutil, matizada. Porque no se trata de ninguna escarpadura ni acantilado. Que no hay peligro. ¡Que no se rompe Soria! ¡Que jueguen correteando libres los niños!

Prosigamos pero siempre teniendo en cuenta eso de que al lado de cada cosa reaparece la inquietante distinción entre la cosa y la idea de la cosa y no solo entre la casa y la idea de que se acaba el mundo, de que otro mundo comienza más allá de las últimas casas de un pueblo, más allá de la frontera de su término. De que Soria se parte, la idea de que Soria se nos parte de mil maneras. La Rioja se lleva todo al norte de los Montes Claros y Los Cameros a Montenegro de Cameros pero no al de Ágreda. Junto a cada cosa se abre una idea, la idea de la cosa. porque, ¿cómo es posible que Almazán y Tajueco, tan sorianos ambos, estando tan de acuerdo en otras cosas, hagan esas cazuelas y esos platos (los de Almazán) mientras se hacen esos pucheros y esos botijos de gallo y esos cántaros (los de Tajueco)? ¡Almazán y Tajueco, casi a tiro de piedra del uno al otro! ¡Ambos pasajeros en la cubierta del mismo barco! Tan cercanos.

Estarán cercanos. Serán pasajeros del mismo barco, pero entre Almazán y Tajueco se abre otro espacio, otra grieta que no es posible pasar por alto. Vamos a ver unos cacharros. Y no vamos a ponerlos a un lado y otro de la nueva frontera que decimos se abre, de la cesura que, como a las voces de un verso, verso a verso, separa Tajueco de Almazán. No haremos que la frontera los separe. Serán ellos, unos frente a otros, los que la marquen. Ellos solos.

Estamos en Almazán. Diría que lo que más abunda entre la cacharrería de Almazán son las cazuelas. Pero “cazuela” no es aquí tanto un cacharro de cocina como un recipiente de mesa, casi como un plato sopero, porque tampoco entre los platos se dio nunca, en el entorno rural, lo que se dice rural, la diferencia entre plato sopero y llano. Y es que plato, lo que se dice plato de cada uno, no era de uso. En eso Almazán con Tajueco y con la provincia entera y más provincias, qué se yo, forman un bloque continental sin fisuras pero con excepciones. Una excepción: Almazán. En Almazán, señorío de por medio, siempre hubo platos. Aunque solo fuera en palacio, con excepciones también y a pesar de tanta cazuela.

Pero dejemos ahora las cazuelas. Antes de la cazuela de barro el plato, pero no el plato de barro, que también, sino primero el de loza. El plato de loza es el emperador de toda la cacharrería de Almazán. Y sin embargo emperador de segundas. Lo sentimos pero es así. Es lo que dicen los expertos. Me refiero al estudio de la cerámica de Almazán hecho por Teógenes Ortego, al catálogo de cerámica Española que tengo en algún sitio, a la tienda de antiguedades en la que adquirí el plato representado en la figura uno, y al propio Almazán que lo dice también, antes barbacana de Castilla en Aragón que al revés.Todo en la loza de Almazán respira oriente y al oriente de Almazán soplan aires de Aragón. Concretamente Villafeliche. Almazán es un satélite de Villafeliche como La Tierra es un satélite del Sol. ¡Pero qué satélite! Me quedo en la Tierra mejor que tostado en El Sol. Pese a todo un respeto por El Sol. En la citada figura uno mostramos un sol, esto es, un plato de loza de Villafeliche.


figura uno

Aprecio Villafeliche a través de Almazán, como aprecio el Sol visto desde La Tierra, pero prefiero ésta. Sin embargo el Sol, amigo, ese Sol que solo es el que vemos desde La Tierra porque de otro no tenemos ni noticia, es El Sol, el Rey, soberano sobre todos los planetas, una estrella, una bola de hidrógeno incandescente que a unos cuantos millones de kilómetros de la playa, me parece que seis, sirve para tomar el sol en la playa y para decir que un plato de loza de Villafeliche, como el sol, es redondo y maravilloso.

Tengo colgados en casa tres platos juntos como las tres marías de la constelación de Orión o como las tres gracias de Rubens en El Prado. Y a saber porqué, parece que la maría o la gracia del centro ha de ser la mejor. Quizá por el peso de las tres cruces del Gólgota o por simples razones de simetría. El caso es que la nave central de un templo es la mayor y la mejor y el plato central de los tres que digo no es el sol de Villafeliche. En el centro he puesto ese plato bárbaro de Almazán (figura dos). Bárbaro, tosco, de chocolate bruto, sin refinar. Como un juramento airado, casi una blasfemia, ruido destemplado, trueno seco. ¿No está hecho a martillazos?  Se parece a Júpiter de mal humor.


figura dos

A su derecha (la izquierda según miramos) el sol de Villafeliche, el buen ladrón, parece sufrir un eclipse, un eclipse de sol

Y a su izquierda, derecha según se contempla ese trío fastuoso, otro plato de loza de Almazán. Ladrón malo. Como debe ser. Fiel a sí mismo hasta el final. Nada de soles apagados, basta ya de chocolate bruto. Humilde, confeso, soy ladrón, parece decir este plato, lo siento, ahora no puedo pero de poder robaría de nuevo. Se olvidó de robar el pájaro. Roba de Villafeliche lo que puede. No hay más que verlo. Y el color. Quiere ser azul pero se queda en el medio, como la Cenicienta, en campo medio azul medio ceniza. Toca en este plato eclipse de Luna. Yo no sé lo que tiene, pero este plato a la izquierda, ladrón malo y cenizo, luna lunera cascabelera, es el preferido entre los tres. Almazán en estado de pura gracia, lo aprecio especialmente. Se lo debo a Inés Tudela. Figura tres


figura tres

En la figura cuatro este Gólgota cerámico. Todo un mundo. El de Tajueco es otro mundo. Por eso digo que Soria se parte. Se parte por muchos sitios pero Soria cerámica se arpa, se parte por la mitad como un cántaro de Tajueco en la fuente, como un plato de Almazán en el suelo.


figura cuatro

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© Ángel Coronado, 2014

 

Entre Almazán y Tajueco
"VECERA"
Cayendo "PICES"
El sonido y el sentido. "CALLÍN"
El libro de citas
El Corral
"ALAR"
"CARACOLERA"
"TEDA"
Sinonimia
El Diccionario
Lengua y Habla
Vocabulario de la MATANZA
Sobre la palabra "LUGAR" en el Quijote

 

 

 

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