FILOSOFÍA DE LAS PALABRAS
por Ángel Coronado

El libro de citas

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Ningún pensamiento nace nunca de la nada. Y aquello que un día fuese recién nacido y reclamase tal nombre podríamos, en efecto, llamarlo así. Pero no sería pensamiento. Y sin embargo nunca se puede pensar lo mismo una y otra vez. Siempre se dan pequeñas (o grandes) diferencias entre unos pensamientos y otros. Que sean estas diferencias (o puedan ser) consideradas ficticias, modos diversos de pensar lo mismo, sea cierto. Pero no siempre ocurre así. Por ejemplo cuando se tiene lo que se dice una feliz idea o cuando despiertas como de un sueño en el que todo antes de despertar era cotidiano pero después todo nuevo, y también al revés, como en un sueño en el que vuelves al día tras día después de un agitado soñar. También así cuando conversas, lees, piensas, te asalta como de fuera eso a lo que me refiero, un pensamiento que parece que nace, que viene de la nada.

Sea esto como quiera, lo cierto es que resulta difícil, cuando expones tu pensamiento, dar una cita, reconocer, distinguir lo ajeno en contraste con lo propio. Considero indiscernible, imposible de saber si a esa nueva idea se debe  uno mismo, de una parte, o es a éste, a uno mismo a quien se debe aquélla. Imposible de saber en último extremo si ese pensamiento es nuestro, es obra nuestra o por el contrario ajena.

Pero citar justificadamente supone al menos tomar postura en esto. Citar sería, por lo tanto, distribuir arbitrariamente paternidad a los pensamientos, distribuir éstos entre uno mismo y el otro antes que atribuirlos con fundamento. En suma, decir así: como este pensamiento no es mío cito a su autor, o contrariamente (de considerarlo propio), me limito a exponerlo sin más. Difícil tarea.

Pese a todo, la cita es siempre necesaria. Siendo esto así, ¿por qué, poeta, no interrumpes el poema? ¿por qué no interrumpes, cantando cantaor el canto? Por qué no interrumpes tu risa riendo, tu cuento contando. ¿Por qué no interrumpes la vigilia durmiendo, el sueño despertando? Perdóneseme lo que sigue: ¿Por qué no interrumpes tanto gerundio gerundeando? ¡Atrévete! ¡Gerundea gerundeando!

Me gustaría muchísimo acertar de lleno en la cita, pero no sé hacerlo. Aunque sepa por otra parte (algo es siempre más que nada) que detesto una cosa.

Odio esto:

Coge una idea de otro. Sin hacerla tuya pero agarrada con la mano y la mano en el bolsillo, como viniendo a ella (porque la citas) pero desde ningún sitio salvo ese de tu bolsillo, como afirmando con ella lo que no puedes afirmar por ti mismo, como comprometiéndote sin comprometerte, como pensando desde otro sitio que no es el tuyo, como si todo eso pero sin eso, anda, cítala.

Detesto citar así. Detesto citar diciendo “como dice tal (y aquí sigue siempre, de cierto, el nombre ilustre porque da lustre) o como dice cual (y aquí otro nombre que da lustre por ser ilustre)”, porque no se sabe si dices como (como el que citas) o citas como (como el que dices). No se sabe a quien citas porque pareciendo que citas al otro aprovechas al otro para citarte. Como viajar en coche ajeno pero presumiendo de coche. 

Por eso me parece bueno decir que nunca digas “como dice” otro. Dilo como dices tú, pero deja en paz al otro. Y si le pides ayuda, pídesela. Tan fácil decirlo como difícil hacerlo, “como dice” un amigo que no cito porque no sé si lo digo yo, él, o lo decimos ambos.

Algo más, y es esto a lo que vamos.

Cuando se oye una palabra extraña, una palabra que no entiendes, cítala. Ésa es la buena, la mejor ocasión para citar algo. Cuando sucede que una palabra nueva se posa en tu oreja, eso es algo, lo más parecido, a una verdadera creación. Es el momento de la creación. No de la recreación sino de la misma creación. No de una revelación, porque nada velado antes se descubre, nada creado antes se recrea. Cuando eso, todo el mundo se hace tuyo y tú mismo te diluyes en el mundo. Cuando eso, solo cabe anunciar la buena nueva. Citar. 

Sólo entiendo el diccionario como una sucesión de citas. Nunca de normas, advertencias, recomendaciones, nunca definiciones. Entiendo el diccionario como el museo de las citas, como la casa de las citas, en el mejor de los sentidos la “casa de citas”, la casa de las citas como Dios manda, de las novedades, de las conversaciones. No se trata de un burdel sino de un ateneo, ágora, de un casino de tertulia.

Lo malo es que hay diccionarios, y a más autorizados más, que no dando más que citas nunca dicen que las da. Recogen palabras pero sin decir de dónde ni de quién. Libro hecho a medida del curioso, del que tiene hambre de saber, en lugar de darle comida le dice lo que tiene que comer. Como una tienda sin escaparate a la cual entrases no para comprar esto en lugar de aquello (cómo saberlo sin haberlo visto),  sino simple y llanamente para comprar. Debido a lo cual ni  compras ni vendes sino que después de haber entrado sin saber lo que comprar, sales comprado. Estás vendido.

En otros diccionarios por el contrario, y sobre todo en los llamados locales, vernáculos,  menos cercanos a las academias, más coloquiales y familiares, con mayor sabor a la tierruca de que se trate, sin tanto afán de ortodoxia, de cátedra, universidad y tanto universo, de programa programático y gramática programada, sin tanto dogma, con ese ingenuo apego a la cita, el informe, la noticia, con ese sabor a tocino del tocino, a hogaza de pan el pan, ese olor a ropa limpia de ropa limpia y a gloria de la gloria, mierda de la mierda y, ¡santo cielo!,  a semen del amor, en esos diccionarios decía, la cita encuentra su mejor lugar. 

Cada palabra del diccionario, de cualquier diccionario, es en sí misma la invitación a una cita. Qué digo la invitación, el compromiso ineludible de hacerla. El diccionario es por sí mismo el paraíso de las citas. Pero cuidado, toda cita debe precisar aquí, no ya su autor con la enorme dificultad de conocerlo (el habla no tiene autor), sino algo más, algo en sustitución. Lo que se debe citar aquí, en el diccionario, y sobre todo en el diccionario local, en el diccionario a ras de suelo, es un tiempo y un lugar.

Y en esto nos volvemos a enredar en una madeja inextricable. Un laberinto. Si difícil por no decir imposible resulta reconocer paternidad o autoría de un pensamiento, la misma dificultad reaparece cuando se trata de saber el tiempo y lugar de uso de una palabra. El diccionario, sobre todo el que tiene sabor a la tierruca, el terruño, suele salir de allí por alguna puerta falsa. Porque, ¿de quién es la idea, digo yo, de quién es la idea o el sentido de cualquier palabra?

De nadie, particularmente de nadie.

Y así nos volvemos a enredar. El tiempo es el de ahora. No somos filólogos. No podemos entrar, de la mano de las palabras, en el túnel del tiempo. Pero el espacio, la geografía, el lugar...Todo lugar es nuestro. A todo lugar podemos llegar. Iremos a donde haga falta, pero ¿a dónde ir?. Podemos ir a cualquier lugar pero, ¿a cuál? ¿Qué cita podremos hacer desconociendo el lugar?

¿A qué cosa llamamos lugar? ¿Es Talveila un lugar?

En un lugar de la provincia de Soria de cuyo nombre conservo memoria imborrable, Talveila, se me vino a las manos el citar unas cuantas palabras. Me vinieron, como golpes de viento, unas cuantas palabras. Digo que unas cuantas palabras, como pequeños cofres cerrados, celosos, con llave, se metieron por mi oreja cerrando con llave todo lo que se cierra bajo llave de cualquier palabra que no entiendes. Y citas la palabra, seguro de que con ella, repito, va todo aquello que se cierra bajo llave dentro de cualquier palabra que no es tuya y que por eso no entiendes y que por eso citas. Esta es la ocasión. Nunca hubo una ocasión como ésta para ejercitar con fundamento el difícil arte de la cita.

¿Es Talveila un lugar? Verdaderamente no lo sé, pero estoy seguro de que ninguna de tales palabras se detiene y cae al suelo por el hecho de cruzar las fronteras del término municipal de Talveila como pájaros que, volando por ese cielo, cerrasen las alas al punto de cruzar esas fronteras. Desconozco, lo confieso, los aires por los que vuelan esos pájaros. Solo sé que se ven, volando y con sus alas abiertas, por ese cielo, el de Talveila, tan azul cuando no llueve como gris, de color de plomo, cuando la tormenta.

Porque conversando en Talveila sobre carros y carretas se decía que allí no había carros de varas sino tan sólo de pértiga. Ni noticia del carro chillón. Del carro chillón solo se sabe más al norte, por la cornisa cantábrica y por ahí. Hubo de haber algún día en el que aquí también los hubiese, pero ese día ya lejano se ha perdido y no lo encontramos ni en la memoria. Perdura medio escondido por las montañas del norte, pero aquí no. El de varas es otra cosa. Carro también pero como de otro mundo más nuevo pero no del nuevo mundo. El carro de varas es a la mula como el chillón o el de pértiga es a las vacas o los bueyes. La vara, como la tijera, la pinza o la tenaza, nunca va sola. Varas, pinzas, tijeras, tenazas, gafas, pantalones, callos a la madrileña, migas de pastor, sesos, pasas y piñones, y más cosas como casi las narices y los mocos porque valen también para este caso concreto los singulares nariz y moco, y muchas, muchas más, son al tiempo singulares y plurales, extraña cosa que tiene perpleja y en permanente suspenso a la gramática entera. Menos mal que a sus manos, a las manos de la gramática, salieron callos y no se duele ante ninguna excepción de ninguna regla, porque no existe la regla gramatical sin excepción. Hasta el punto casi de poderse decir que la gramática es pura excepción. Es excepcional. Solo a veces, excepcionalmente, se cumple la regla.

Mientras el único animal de tiro del carro de varas se ubica entre las dos (varas) que tiene y es la mula, los dos animales de tiro del carro de pértiga suelen ser bueyes (hay otros vehículos con pértiga más ligeros o veloces que demandan caballos o mulas) y se ubican a un lado y otro de la única (pértiga) que tiene. En Talveila solo hay carros de pértiga, lo que se dice carretas. Y al hilo de aquélla conversación fueron saliendo estas palabras que cito:

Y ahora viene lo inevitable. Porque coleccionar conjuntos de letras y ordenarlos según nos dice y nos da hecho el alfabeto, no es cosa de mérito. Lo peor es cuando ese cofre se abre, cuando nos lo abren, porque nosotros no tenemos la llave. Entonces, como cuando se frota la lámpara de Aladino, aparece un genio. Cuando nos dicen que “aimón” es esto y “colonda” es aquéllo y así, cuando aparece un genio que nos pregunta lo que queremos y contestanos, a ver qué, lo que Ud. nos diga, a mandar que para eso estamos, cuando el genio se pone acto seguido a parlotear, grabamos su parloteo, a ver qué si no, porque nosotros callando y escuchando, y según lo vamos grabando lo citamos. Citamos lo que nos dice un genio en un lugar del que no sabemos sino que pertenece a otro lugar que no conocemos. Reconozcamos esto, porque si no vamos a enredarnos.

Daremos a ustedes unas cuantas citas, pero reconozcámoslo, a cambio de saber que siendo tales, siendo verdaderas citas, apenas acabamos de saber lo que citamos. ¡Qué saber! Apenas aprender a repetir, apuntándolo con prisa...¿cómo dice....? ¿Escalera?

Repítamelo, por favor. Cada palabra una creación, un acontecimiento, una cita.

Y al hilo de aquélla conversación fueron saliendo unas palabras que por sí solas ni ponían ni quitaban nada, pero al calor de las preguntas y al buen tono de las respuestas se fueron ubicando cada una en su lugar. Creo que de la memoria más que del entendimiento, pero no lo sé. Se consumó la velada sin que nadie la cerrase o apagase. Se hizo la noche y con ella la hora en la que, cada olivo, acoge a su correspondiente mochuelo. Y las palabras que anoté fueron éstas: 

Aimón:

Voz recogida en Talveila. Madero ubicado a cada lado de la pértiga que, junto a ésta y entre los tres, forman la  parte principal y resistente de la escalera o plataforma de carga del carro de pértiga. Provistos de huecos o barrenos practicados en su cara superior, sirven para fijar en ellos las colondas. A su vez sirven igualmente para recibir palmillas y palotes que completan el cuajado de la escalera.

 Colonda:

 Voz recogida en Talveila. Palos verticales puestos sobre los aimones. Aplicación al caso particular del carro de una idea más general en la que “colonda” sería toda pieza de madera y vertical de cualquier estructura secundaria, liviana o auxiliar. En este caso los laterales del carro, como en la casa los tabiques o en La China y El Japón los biombos.

Escalera:

Voz recogida en Talveila. Plataforma de carga del carro de pértiga

Palmilla:

Voz recogida en Talveila. Pieza de madera dispuesta perpendicularmente a la pértiga y los aimones, sujeta a los mismos en escopladura y formando así, como a su vez el palote, la estructura de la escalera.

Palote:

Voz recogida en Talveila. Pieza de madera parecida en forma y función a la palmilla, pero unida a la pértiga y los aimones mediante orificios o barrenos practicados en los mismos

 

Pértiga: Ya está bien. Ya está bien de que aparezca el genio envuelto en todo el misterio de su lámpara maravillosa, pero no de primeras. Porque de primeras “pértiga”, lo sé desde que nací, como “escalera” lo sé también desde siempre, significa lo que desde que nací me dijeron lo que significaba y por mi parte utilicé, pértiga, ese palo largo de madera de chopo y consecuentemente ligero, de unos cuatro metros o más de longitud y usado como remo para embarcaciones de zonas lacustres, de aguas poco profundas a cuyo fondo se llega con el extremo inferior de dicho palo para empujar la barquichuela que se desliza ligera como cáscara de nuez o, sencillamente, como se deslizan las barcas valencianas por el agua dulce, parece mentira, tan cerca del mar, por el agua dulce de la Albufera. Escalera igual, todo el mundo sabe que una escalera es una escalera. Si alguna palabra se pudiese quitar del diccionario, ésa sería “escalera”. Pero no se puede. No conozco ninguno tan osado que lo haya hecho. Esto es otro misterio al que habremos de volver.

Pértiga. Escalera. Es como si al frotar esa lámpara maravillosa en lugar de salir un genio saliese tu amigo, tu amigo Pepe, pero que al irle a saludar, hombre Pepe, qué haces tú por aquí, al punto de tocarle la mano, Pepe desapareciese y en su lugar, por fin, la misteriosa epifanía del genio de la lámpara. El mismo genio. La misma lámpara, la de Aladino. ¿El mismo? ¿La misma? ¿Las mismas palabras?

El sentido es otro y con eso basta. Se acabó la discusión.

Esto es normal. Se trata de un simple fenómeno llamado “sinonimia”, fenómeno al que por otra parte debe su vida el diccionario. Gracias a él respira. Sin su ayuda, el diccionario caería herido de muerte. No tendría tiempo ni para decir ¡Ay!, ¡Ay Carmela!, suponiendo que fuese Carmela quien le ayudase a morir.

Pértiga:

Voz recogida en Talveila. Pieza fundamental del carro de nombre homónimo. De mayor longitud que los “aimones” los rebasa por su parte delantera para formar la pieza fundamental de tiro, al que se aplica la fuerza de tiro animal, el “motor” del carro

Tapial:

Voz recogida en Talveila. Piezas de madera o cuerda en posición horizontal que, junto a las colondas terminan de cuajar los laterales del carro de “pértiga”

Y ahora otras cinco voces que se refieren a la rueda del carro, pero no específicamente al de pértiga sino al de varas también. O mejor dicho, puesto que ambas clases de carro tienen el mismo tipo de rueda (de radios o “rayos”), esto es, eje de giro solidario al carro e independiente de la rueda, desconozco qué voces o qué otras (e incluso si hay alguna) pertenecen a qué clase de carro, de una parte, o cuáles pertenecen a los dos.

Cubo:

Voz recogida en Talveila. Pieza central del carro con rueda de radios, esto es, con giro independiente a su eje de rotación y en el cual se unen todos los radios de la rueda.

Pina:

Voz recogida en Talveila. Segmento circular y periférico en la rueda de radios a la que se fijan éstos en su extremo exterior o perimetral del círculo en que consiste la rueda.

 Morrión:

Voz recogida en Talveila. Pasador de hierro que atraviesa el eje de rotación de las ruedas del carro impidiendo que éstas se salgan del mismo.

Rayo. Rayos y truenos, de nuevo la sinonimia. De nuevo aquí aparece también lo indiscernible. Otra vez vez a cuestas con este comprometido asunto. De nuevo al desnudo la contingencia gramatical. Porque si este “rayo” acaso fuese “rallo”, podríamos tener confusión fonética, depende, pero nunca escrita del mismo lado sino de otro, porque “rallo” es también  botijo, instrumento para desmenuzar algo como alimentos (cebollas, ajos, zanahorias, nunca carne, porque la carne no se ralla sino que se pica), y quén sabe cuántas cosas más aunque DRAE no las cite. Como no es probable que ningún señor usuario de la carreta se ponga en sus ratos libres a escribir sobre la misma, y aún siendo así, tan extraño, aún quedaría la duda de si la ortografía es o no es, dice o no, estaríamos entonces en el mismo punto en el que nos encontrábamos antes, nos encontramos ahora y siempre nos encontraremos: ante una cuestión de rigurosa incertidumbre. Elijo “rayo” sin saber porqué. Al amparo de la incertidumbre. De ningún modo desafiando a nadie y menos a la gramática. Nunca vacilando con ella, jugando a su mismo juego ni haciendo gala de contingente autoridad. Así, porque pudo hacerlo, Juan Ramón Jiménez.

Rayo:

Voz recogida en Talveila. Radio de la rueda del carro que unen las pinas al cubo haciendo de la misma, esto es, de la rueda, pieza independiente del eje de giro. Esto es sustancial. En ello se cifra la singularidad del carro “chillón” en el que rueda y eje son la misma y única cosa que, girando, chilla, suena, chirría, canta.

Nunca he tenido la ocasión de oír esa clase de instrumento. Dicen los que lo han oído que no se olvida. El genio de nuestra lámpara maravillosa dice que no se olvida. Pero no importa. Tengo la certeza de que oírlo no se diferencia del oír cualquier palabra nueva de las que ahora cito.

Recazón:

Voz recogida en Talveila. Pieza curva de madera dura que recoge las pinas por su cara interna y recibe la llanta de hierro por la externa. Parece lógico suponer que hubo tiempos en los que, ausente la llanta de hierro y suplida ésta por el propio, éste fuese de madera resistente y dura.

 Y con esto hemos llegado al final. En la figura uno se ubican estas voces al amparo de un esquema que quiere representar el esqueleto de una carreta.

Acerca de la voz “Aimón” podemos citar el sentido que el DRAE da, en una de sus acepciones de la voz “limón” como derivada del francés, diciendo: “Limón: cada una de las varas de un coche de caballos.” Corominas lo ratifica

Tan solo añadiremos que aquí se refleja una vez más la difusión  de diversas corrientes de cultura, (porque la cultura, como los ríos, circula como lo hacen las corrientes de agua de los ríos) culturales que del norte nos llegan a través de los Pirineos. Y no se trata tan solo del románico y del gótico con todo su ornamento y aparato, sino de más cosas. Por ejemplo la sustitución de la vaca o el buey por el caballo (caballo bretón, caballo de fuerza, nunca pura sangre, jamás corcel) y sobre todo la mula, todo ello por amplias regiones del norte de  la península. 

De Francia nos vino el románico y el gótico con todos sus capiteles y florido adorno, pero también el mulo. Mejor dicho, también la sustitución de la vaca y el buey por el mulo. Del borrico sabemos que anduvo metido en todos estos líos. Yo creo que los borricos, desde siempre, rebuznaron a su gusto por medio mundo. Por eso románico, gótico, mulas, bueyes, vacas y burros juntos campean tan solo por el norte de la península mientras de todo ello tan solo mulas y burros señorean sin discusión el sur.

Y también nos habla este parentesco fonético entre las voces “aimón” y “limón”. Me parece que de forma cristalina. Franca y clara. Nos habla de una evolución general del carro que, según la hipertrofia del madero central o de los laterales (siempre ahí como elementos esenciales de la plataforma de carga o escalera), habría dado lugar respectivamente al carro de pértiga o al de varas.

Pero cuidado con esto. Ni descendemos de los neandertales ni dejamos de tener, como ellos, un par de ojos en la cara. Uno a cada lado de la nariz. Cuidado con esto.

© Ángel Coronado, 2014

 

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