FILOSOFÍA DE LAS PALABRAS
por Ángel Coronado

El Corral

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Hay quien dice haber palabras o expresiones imposibles de utilizar literariamente y en determinados contextos. Por ejemplo: “ácido acetil salicílico” en un soneto, “ecuación de segundo grado” en el momento tenso en que se masca la tragedia, o “pato Donald” en la boca del héroe que muere como Romeo, pero no “que muere” sino muriendo, loco de amor, muerta Julieta (o al revés, da igual, ya no recuerdo). Otros dirán que no, que la imposibilidad es supuesta y quien la supone, incapaz de superarla. Y otros navegarían entre dos aguas confesando inpotencia de hacerlo pero reconociendo la posibilidad de que alguien venga, bienvenido, y lo haga. Y siempre habrá un resto que le importe un pimiento saber nada con respecto a esta cuestión. Y entre dicho resto, que será mucho mayor de lo supuesto (siendo entonces una immensa mayoría más que resto), distinguiremos entre aquéllos que les parezca cosa tonta, sin interés, interesante pero inútil, gana de marear la perdiz, no tengo tiempo y lo pensaré mañana, o aquéllos otros de los que dicen siempre tendré algo más importante que pensar aunque me parece interesantísimo esto.

Puesto que consideramos toda este abanico, ¡qué abanico!, cola de pavo real de posibilidades, será porque de alguna forma pensamos en lo más o menos plausible de cada una.

Por nuestra parte afirmamos no poder garantizar nada en tal sentido. Porque nunca se nos ha ocurrido pensar en esto al mismo tiempo de que un violento dolor de muelas o alguna pena grande arreciase, ni tampoco nunca, en ese trance, se nos ha ocurrido decir “pato Donald”. En todo caso haber dicho :“¡aspirina, por favor!”, que tampoco es lo mismo a estos efectos que pedir “ácido acetil salicílico”.

De cualquier forma ocurre que, a cuenta de todo esto, podemos señalar una diferencia notable. Una diferencia más que notable, una diferencia profunda, una diferencia (que voy a llamar sin dudarlo) abisal.

Padecer un violento dolor, una pena excesiva, el merodeo de una muerte próxima es lo que es. En el fondo algo indecible, incomparable, indescriptible, único. Indecible porque la pena o el dolor se imponen. Y se imponen impidiendo el habla. Cuando el poeta no encuentra su palabra, me río yo del mal inefable que le aqueja. No me río del mal inefable que aqueja cuando la muerte, la pena o el dolor se hacen presentes o acechan. En este sentido, y sólo en éste, digo que no sé, porque no puedo saber aunque me interese, si a la vista del dolor, de la pena o de la muerte se puede o no decir “pato Donald”. Yo creo que no. Y si asistiendo al último suspiro de alguien le oyese decir algo así como pato Donald o incluso buenas noches, pensaría que bendito de Dios, ni se ha dado cuenta.

Pero si no tengo a la vista ni dolor ni pena ni muerte ni pena de muerte, y estoy escribiendo novela, ensayo, memorias, diario, teatro, poesía o simple correspondencia, entonces sí, creo que se puede decir que se dice “pato Donald” en cualquier otra circunstancia excepto esa: la de tener a la vista la cosa tenebrosa, el tenebro. Habrá que ser Faulkner para decirlo, pero se puede decir. Imagino a cualquier hombre o mujer del condado de “Yoknapatawpha” diciendo lo que fuere que Faulkner dice que dijo.

Y me pregunto:

¿Cómo se mide la estatura de un escritor?

Pues sabiendo escribir que alguien dice “pato Donald” en el momento en que tenebro acecha, no siendo el acechado (esto es esencial) el escritor puesto a prueba. Estoy seguro deque se mide así, o de que dicha medida no puede faltar entre otras.

El caso es que, aprendices en esto de la escritura, y hablando de los corrales, encontramos dificultad en emplear expresiones propias de una disciplina escabrosa y árida que se llama “geometría analítica” en la cual se cruzan entre sí conceptos tan áridos como el de “punto”, “recta”, “plano” (o espacio de dos dimensiones), “volumen” (espacio de tres), incluso espacios de “n” dimensiones, se cruzan con otras cosas a las que ya no sé si llamar conceptos o qué, con otras cosas como sistemas de ecuaciones de primer, segundo y más grados.  

O mejor dicho, no se cruzan entre sí estos conceptos sino que los mismos se dejan expresar de diferentes maneras.

Sea la superficie del mar. Sea el plano. Y sea lo mismo pero dicho en términos de geometría: sea el cruce de dos rectas, o más aún, dicho en términos de geometría analítica: sean dos sistemas de ecuaciones de primer grado. Se trata siempre de lo mismo. De un espacio plano. Se trata siempre casi de lo mismo. Decimos “casi” porque nunca la superficie del mar carece de olas.

Sea una estrella. Sea un punto. Sea el cruce de dos rectas. Sea la solución de un sistema de dos ecuaciones de primer grado. Se trata siempre de casi lo mismo, porque nunca una estrella dejará de tintinear y distinguirse por eso del punto que nunca tintinea.

Recuerdo las inmensas pizarras de la universidad llenas de signos que salían de la punta de la tiza del cura Botella, clérigo exhuberante de signos algebráicos y sabio de cátedra, de grata pero temible memoria, con gafas.

Encuentro dificultades en decir que los corrales son plano y los edificios volúmen. Porque nunca la superficie del mar carece de olas ni los corrales de ovejas carecen de ovejas o los corrales de trastos y gallinas carecen de trastos y de gallinas.

Encuentro dificultad en decir que ni el corral es puro plano ni arquitectura volumen puro, encuentro dificultad en decir las diferentes razones por las cuales sucede que corral no es arquitectura ni arquitectura corral, o por las cuales sucede una especie de curiosa dependencia entre una cosa y otra.

Encuentro dificultades en saber la razón por la cual se considera (o considero) al corral como algo independiente y dependiente a la vez de arquitectura, pero siempre supeditado a ella, y me intriga de forma singular el hecho de que los corrales de ovejas del sistema ibérico desdicen esa primacía de arquitectura con respecto a corral para establecerla justo al revés. En el corral ibérico de ovejas es arquitectura la supeditada o dependiente con respecto al corral.

En pocas palabras, a propósito de hablar sobre los corrales de ovejas del sistema ibérico encuentro las dificultades que por otra parte ya se habían encontrado, advertido desde siempre, desde los dos “siempres” que siempre se confunden en uno. El “siempre” de la historia que nos habla de los afanes de tantos pensadores durante tantos siglos para poner acuerdo entre cabeza y corazón, y el “siempre” nuestro que tan sólo alcanza, y ni aún eso, la fecha de nuestro nacimiento y que tan solo llegará hasta la fecha de nuestra muerte. Este último “siempre”, el más nuestro, el más personalmente nuestro, el que parece más humilde y discretamente dispuesto siempre a dejarle a usted, tiempo de la historia de los hombres, a dejarle a usted pasar primero, es a la postre principal, primero, primero aunque solo fuese por esa primera fecha, la de nuestro nacimiento, y definitivo también, gozosa o dramáticamente último aunque solo fuese por la segunda.

Hablar de los corrales, en consecuencia, se presenta como una empresa difícil, comprometida, destinada según parece a moverse sobre arenas movedizas, a ser ella misma considerada sospechosa de darse importancia sin tenerla.

Correspondiendo al corral el paradigma del plano y siendo el volumen paradigma de arquitectura, resulta que la dependencia del plano con respecto al volumen viene a denunciar un error de perspectiva que conviene señalar. Porque ni el volumen depende del plano ni al revés, como el dos no depende del tres aunque la sucesión natural de los números pretenda imponer su criterio. Ni el dos depende del tres ni el tres del dos, como el corral no depende de arquitectura ni arquitectura de corral. El misterio radica en el “uno”, me parece. Me parece que no en el único. Y en esto, en la diferencia entre “uno” y “único” la geometría analítica (definiendo el punto como la intersección de dos rectas) nos da una lección, una lección a la que no sé cómo llamar, pero que de alguna forma viene a querer colmar esa grieta que se abre negra entre cabeza y corazón. Porque ni una ni otro rechazan esta máxima que tengo por fundamental:

Sea lo “uno” pero nunca lo “único”.

Y ahora una historieta que nos gusta recordar, sobre todo cuando la grave cuestión de la que hablamos de alguna forma lo impone.

Érase una vez en la que todos los dioses del Olimpo estaban reunidos en el Olimpo. Y de pronto uno alza la voz (yo creo que Júpiter) y puesto en pié y dándose golpes de pecho pero no contrito sino con otra cosa, como afirmándose a sí mismo, como hacen siempre los gorilas, va y dice: ¡Yo soy el más poderoso! ¡Soy el Dios de todos los dioses, el amo de todos vosotros! ¡Yo soy el único Dios!

A lo cual, de pronto con atención y luego con risas. responden todos a una. Risas y más risas. Luego más. Unas risas riéndose de las otras. Puro contagio entre risas. Y a tanto llegaron las risas, a tanto y tanto que todos, todos menos el gorila cayeron primero rendidos y luego muertos. Muertos de risa pero muertos. Y el gorila seguía cabezón dándose golpes de pecho de un lado para otro, pisando cadáveres.

Sea lo “uno” pero nunca lo “único”. Cabeza y corazón nunca se podrían integrar.

La primacía de plano sobre volumen solo descansa en nustra doméstica y particular manera en la que nuestros primeros afanes y nuestos intentos iniciales de conocer el mundo así lo disponen.

La magnitud “volumen” parece superior a la magnitud “plano”. Pero solo lo parece. Como el espacio de más de tres dimensiones parece superior al espacio nuestro, al familiar de tres.

Hablando de los corrales y pensando en los corrales hemos aprendido que no. Pero no que no, sino que hablando de los corrales no lo parece o lo parece al revés. O también que una cosa es “superior” y otra es “anterior”, aunque nadie sabrá nunca si “superior” es más o menos que “anterior”, como nadie sabrá nunca si “más” es mejor que “menos” o al revés, o incluso si “bien” es mejor que “mal”, porque “bien mal” es peor sin duda que “mal que bien”. Ni lo sabremos nunca ni nunca podremos integrar mal y bien, o más y menos.

Y ya está bien. Corral es plano pese a sus muros. Y arquitectura volumen aunque no los tenga. Su historia es la de cómo se acercan uno y otra, otra y uno. Para el uno, para el corral, esta historia es dramática. Para la otra es lúdica, gozosa. No hay nada más enternecedor que ver arquitectura merodeando y acercándose a corral, incorporando y asimilando suelo sin techar, haciendo patios, claustros, atrios, anexionando corrales, luciendo jardines, vallas, queriéndonos engañar con pérgolas, quioscos, parterres, y sobre todo verla jugar con algo de lo que no puede prescindir: la cubierta. No hay nada más enternecedor que ver a un niño jugando con sus muñecos, nada más encantador que ver la suprema gracia con que la cella de un templo rompe su cubierta para que asome sobre la misma la cabeza de la diosa.

Para el corral, sin embargo, esta historia es dramática. Lo que comienza siendo también un juego acaba siendo letal. Ya lo veremos más tarde.

Esta es la historia que ahora interesa contar. Y lo haremos de trecho en trecho, de allá para cuando, de forma recurrente y acaso repetitiva, más acorde con Sherezade noche a noche o con el Decamerón, que con ese ladrillo al que Tomás, el santo, quiso poner tan grave nombre: la Summa Telógica de Santo Tomás.

© Ángel Coronado, 2014

 

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