Soria Siglo XX

Soria de Ayer y Hoy (12)

© Joaquín Alcalde

El Mercado semanal

 

El Mercado semanal

De unos cuantos años a esta parte los mercados medievales proliferan como las setas en otoño. En realidad se trata de mercadillos al uso. Y lo que empezó constituyendo una singularidad y no dejaba de llamar la atención ha terminado por convertirse en rutina hasta perder buena parte del encanto con que nacieron y el público los recibió.

Junto a estas manifestaciones extraordinarias, que generalmente tienen por costumbre incluir los ayuntamientos en los programas de fiestas patronales o de verano, muy de moda ahora, hay algunas en la provincia que aun teniendo lugar también una sola vez al año pretenden, en la medida de lo posible, recrear lo más fielmente los antiguos mercados semanales que se celebraban en las cabeceras de comarca y en la propia capital, muchos de ellos desaparecidos. San Pedro Manrique, Ágreda, Gómara, Arcos de Jalón, Rioseco, Almazán, San Leonardo de Yagüe, El Burgo de Osma, Almarza, San Esteban de Gormaz, Ólvega, Berlanga de Duero y Soria –alguno se habrá quedado a buen seguro- eran referencias obligadas en el transcurso de la semana. Algunos continúan celebrándose aunque, como no puede ser de otra forma, con el tinte de modernidad de los tiempos que corren.

En Soria capital, el mercado era –y sigue siendo- los jueves, por más que el mercado como tal ha desparecido. Lo que queda es una mayor afluencia que de ordinario de vendedores foráneos a la plaza de abastos y como consecuencia derivada la de quienes se resisten a dejar pasar la oportunidad de acudir a ella cada semana, producto de la rutina adquirida y de la fuerza de la costumbre que se traducía en el deambular de las gentes por el centro de la ciudad pero, sobre todo, en la nutrida concurrencia a media mañana delante del Torcuato en el buen tiempo o en la plaza de San Esteban los días de frío si es que no en alguna de las nuevas cafeterías del entorno de la Plaza de Herradores, cuando llovía, de quienes desde nuestros pueblos habían venido a la capital siguiendo la costumbre que en la mayoría de los casos habían heredado de sus antepasados. Es esto último lo que, efectivamente, denota que el jueves no es un día más. En la ciudad se respira un ambiente diferente al habitual. Pudiera decirse que es el punto de inflexión de la semana.

En los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo XX sí había mercado y estaba muy concurrido. Claro que en la provincia había gente y predominantemente joven, al contrario que ahora en que muchos de los pueblos se han quedado vacíos y los pocos que quedan ya no están para la danza semanal que supone viajar a la capital, además de no resultar tan imprescindible hacerlo como antaño.

Entonces, además del mercado de verduras en la plaza de abastos, funcionaba también el de cochinos, que se colocaba en las traseras de Correos y del Museo Numantino, en la actual calle de Sagunto, cuando el entorno estaba sin urbanizar y las escasas edificaciones que existían eran menores, para trasladarse más tarde a Las Pedrizas, obligado por las necesidades que planteaba el ensanche de la zona. Era el verdadero mercado. Más tarde, el Ayuntamiento quiso recuperar el antiguo mercado de cereales en la plaza Mayor y de hecho se celebró durante algún tiempo, también los jueves, en las inmediaciones del actual Palacio de la Audiencia, entonces todavía sede de las tétricas y destartaladas dependencias judiciales y la no menos cochambrosa cárcel. Pero el mercado de cereales de la Plaza Mayor apenas tuvo recorrido y terminó extinguiéndose por sí mismo.

Los jueves, también el de La Saca, que entonces todavía no era fiesta local y por lo tanto a efectos comerciales uno más, o los miércoles en el supuesto de que fuera festivo, la ciudad rompía con la rutina diaria y adquiría un colorido especial. La Plaza de Abastos y la calle Estudios, en la que también se colocaban puestos de venta huevos, gallinas, conejos…, eran un hervidero. Los comercios –las tiendas-, que durante la semana abrían a las nueve de la mañana y “echaban los tableros” a las siete de la tarde –incluso los sábados-, no cerraban al mediodía, como a diario, hora ésta en la que por cierto registraban una concurrencia importante de quienes acudían a comprar lo que necesitaban, desde abarcas, una gorra, un traje de pana y mantas para el invierno hasta bacalao seco, tocino bien gordo y salado –de aquel que venía en grandes cajas de madera- o jabón, arenques en los ultramarinos, y pintura que hacían a la carta en la misma droguería. El jueves anterior al Domingo de Ramos –por señalar una cita puntual-, no faltaban los manojos de romero. El horario continuado que se dice hoy permitía atender las necesidades de las gentes desplazadas desde muchos puntos de la provincia y especialmente de los pueblos cercanos, de manera que podían regresar a una hora prudente a sus localidades de origen bien en los coches de línea o en el tren y naturalmente quienes por la proximidad preferían hacer el desplazamiento en caballería y algunos incluso andando, que también los había. Porque el viaje a la capital en coche particular –eran contados los que había- además de ser un lujo reservado a unos pocos no se llevaba, y hablar de parque de vehículos era un eufemismo y en según qué casos hasta una burla. Eso sí, antes se había comido a base de bien en La Oficina, La Apolonia o Casa Félix y los más distinguidos en el Hotel Comercio.

La evolución de la sociedad acabó como con otras tantas cosas con el día de mercado semanal. El que sigue denominándose así y continúa celebrándose cada jueves –a veces miércoles, según se ha dicho- tiene que ver muy poco, casi nada siendo generosos, con el de aquella época.

© Joaquín Alcalde, primavera 2022

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