Soria Siglo XX

Soria de Ayer y Hoy (12)

© Joaquín Alcalde

Los veranos sorianos de antaño

El Mercado semanal

Los veranos sorianos de antaño

Los veranos sorianos estuvieron tradicionalmente asociados a un conjunto de hábitos y actividades acordes con las costumbres dominantes en cada uno de los tiempos bien diferentes de las que se llevaban a cabo en los interminables y duros inviernos. De manera que durante los meses estivales la ciudad y sus gentes parecían, acabadas las fiestas de San Juan, quedar necesariamente sujetas a un proceso de metamorfosis, que las convertía de hecho en otras, aún conscientes de la duración efectiva que solían tener en esta tierra lo que llamamos coloquialmente “buen tiempo”. Porque el ritmo del día a día decaía y no se recuperaba hasta pasadas las fiestas de San Saturio, que es cuando efectivamente se retomaba la normalidad no perdida pero sí aparcada en la práctica desde la víspera del Pregón con el mes de julio a las puertas si es que no metido ya de lleno en él.

Ahora, la oferta de ocio durante todo el año, y de manera especial en el verano, es lo suficientemente atractiva, amplia y diversa como para poder disfrutar de la época estival al extremo de que apenas queda tiempo para la ociosidad, incluso por mucho empeño que se ponga para que no sea así, porque al final malamente puede resistirse uno a dejar de lado las prácticas de la sociedad de consumo que terminan arrastrándole.

Antaño ocurría algo parecido si bien en un ámbito bastante más modesto que el que marca la pauta en estos tiempos modernos que corren. Claro que aquella era una Soria que poco, más bien nada, tenía que ver con la de ahora. Era la Soria de los veraneantes –término acuñado y muy de moda en la época además de odiado por los nativos- en la que una de las notas de distinción era la excursión dominguera – "ir de campo"- a alguno de los parajes próximos a la ciudad como pudieran ser Maltoso o la Sequilla, a los que el desplazamiento podía realizarse andando, a no ser que viajando en el tren mañanero, por cierto muy utilizado por los cazadores particularmente el mes de agosto durante la desveda de la codorniz que se daban el madrugón -salía no más tarde de las seis de la estación del Cañuelo (la estación nueva para diferenciarla de la otra, la de San Francisco) y regresaba en torno a las diez de la noche- con el fin de estar temprano en las fincas de cualquiera de los pueblos del Campo de Gómara, se prefiriera hacerlo a la dehesa del cercano Martialay, en este caso para pasar, sin más, el día en el campo. Quedaba asimismo la posibilidad de utilizar el autobús que cubría la línea regular entre la capital y Calahorra en el supuesto de que el destino fuera Garray, a los pies del yacimiento arqueológico de Numancia, exactamente en la arboleda situada aguas abajo del puente sobre los ríos Duero y Tera, cerca de su confluencia. No obstante quedaba otra opción más sin necesidad de salir de la ciudad, pues el Perejinal –en la zona de la fábrica de harinas- también tenía su clientela y garantizada, sobre todo, la pesca de cangrejos, a mano, con que acompañar la paella.

Lo hasta aquí dicho pudiera servir, con carácter general, para los domingos y fiestas de guardar, que era cuando únicamente podían permitirse este tipo, pudiera decirse, de excesos. De hecho así era, porque durante la semana el acontecer diario pasaba, en el mejor de los casos, por la rutina del baño diario en el río, según las preferencias pero sobre todo la pericia de los bañistas, en parajes tan sorianos y frecuentados como el Peñón, Los tres escalones y el mismo Perejinal, en su parte más alta, aprovechando la enorme balsa a modo de estanque con agua corriente formada por la presa –derruida después de años inservible-, a los que más tarde hubo que añadir el Soto Playa, sobre todo a raíz de la puesta en servicio de las instalaciones que durante unos años gozaron de la general aceptación de los sorianos, cuando el caudal del río no era ni de largo el que alcanzó tras la construcción del embalse de Los Rábanos; en cualquiera de los casos, con el riesgo probable de que la corriente se cobrara alguna víctima, como desgraciadamente solía ocurrir cada año. Para entenderlo mejor, no debe perderse de vista que en la ciudad no sólo no había una piscina en la ciudad sino que la primera aún tardaría en construirse y entrar en funcionamiento algo así como dos décadas. El paseo en barca, en el Augusto, desde el puente de piedra hasta la ya citada fábrica de harinas, era otra de las posibilidades que ofrecían las largas tardes de verano. Porque otros parajes, incluso fuera de la ciudad, a los que en el mejor de los casos cabía la posibilidad de poder salir de excursión y bañarse, como pudiera ser el pantano de la Cuerda del Pozo, y no muchos más, la verdad, eran desconocidos si es que no estaban por descubrirse, además de las dificultades de todo tipo que había que superar para poder efectuar el desplazamiento pues, por ejemplo, el uso del coche particular era un lujo que no estaba precisamente al alcance de la mayoría.

En cualquier caso, el verano tenía una serie de hábitos que pasaban desde la asistencia a la misa de la mañana dominical en la ermita San Saturio –la mayoría andando, otros utilizando el servicio de aquel obsoleto y diminuto autobús que partía del centro de la ciudad poco antes del inicio del oficio religioso- hasta la tertulia nocturna diaria en los barrios, después de cenar, con la excusa de “salir a tomar el fresco”, y alguna otra si bien de composición más restrictiva, y por qué no, elitista, como pudiera ser la conocida al cabo de los años como de “los cráneos” que se formaba en la Dehesa, en la terraza del “orejas”, después de comer, en torno a un grupo de intelectuales y eruditos, unos nativos, otros que estaban pasando aquí el verano, como Julián Marías, José Tudela, Teodoro del Olmo, Enrique García Carrilero, José Antonio Pérez Rioja, Heliodoro Carpintero, Jesús Calvo, Gervasio Manrique, Anselmo Romero Marín, Teógenes Ortego, Clemente Sáenz García, Agustín Pérez Tomás y Ricardo Apraiz, entre otros que se recuerden –es posible que se haya quedado alguno-, de la que pasaban los habituales del parque municipal soriano, en el que los jueves al atardecer y los domingos al mediodía no faltaba el habitual concierto de la banda municipal desde el árbol de la música, amén de alguna otra celebración puntual que no solía faltar.

Había, por otra parte, unas cuantas fechas inamovibles en el particular calendario de los sorianos con celebraciones programadas que venían a romper la monotonía del día a día si es que no a poner una nota de singularidad en tan especial época del año. Era el caso de las fiestas de los barrios que se circunscribían, por lo general, a la celebración religiosa y a la verbena de la noche, en realidad un baile público, sin más, eso sí, con las calles convenientemente adornadas con cintas, cadenetas y algunas otras figuras confeccionadas con papelillos de colores. Entre ellas la de San Lorenzo (10 de agosto), el Carmen (16 de julio) pero sobre todo la de la calle Santa María (6 de agosto) eran las que gozaban de mayor aceptación que quedaba reflejada en la concurrencia que registraban, de manera especial cuando coincidían con el fin de semana o víspera de festivo.

De todos modos, referencias obligadas de los veranos capitalinos eran igualmente la fiesta del patrón de los chóferes –San Cristóbal-, en realidad la continuación de los sanjuanes particularmente cuando caían tarde y, por lo tanto, una celebración más de la ciudad, y al final de ese mismo mes de julio, la de los camareros, por Santa Marta, ambas con una notable incidencia en la sociedad soriana. Y por supuesto la de San Roque que tenía lugar cada 16 de agosto en la iglesia del Salvador con asistencia del ayuntamiento bajo mazas que se desplazaba en corporación hasta el templo cruzando a pie el Collado a media mañana, en una estampa de tipismo inolvidable, para asistir al oficio religioso y suplicar al santo misericordia con los apestados y protección de la ciudad; la ceremonia, a la que el Cabildo de la concatedral acudía en calidad de invitado, dejó celebrarse al comienzo de los años noventa ante las dificultades de la corporación para asistir como tal. Durante bastantes años estuvo celebrándose el festejo vespertino de la suelta de vaquillas en la plaza de toros, con que se completaba la jornada. De todo ello solo queda el recuerdo de los más mayores.

La temporada estival, en fin, vinieron a enriquecerla años más tarde los Festivales de Verano -luego de España, pero en definitiva lo mismo- para concluir con la tradicional feria de ganado de mediados de septiembre que durante unos días llenaba la ciudad. Casi sin solución de continuidad llegaba la novena de San Saturio y con ella las fiestas del patrón que a su finalización era cuando verdaderamente se daba por terminado el ciclo estival por más que el calor hiciera ya algunas fechas –a veces semanas- que nos había abandonado.

© Joaquín Alcalde, junio 2022

El Mercado semanal

De unos cuantos años a esta parte los mercados medievales proliferan como las setas en otoño. En realidad se trata de mercadillos al uso. Y lo que empezó constituyendo una singularidad y no dejaba de llamar la atención ha terminado por convertirse en rutina hasta perder buena parte del encanto con que nacieron y el público los recibió.

Junto a estas manifestaciones extraordinarias, que generalmente tienen por costumbre incluir los ayuntamientos en los programas de fiestas patronales o de verano, muy de moda ahora, hay algunas en la provincia que aun teniendo lugar también una sola vez al año pretenden, en la medida de lo posible, recrear lo más fielmente los antiguos mercados semanales que se celebraban en las cabeceras de comarca y en la propia capital, muchos de ellos desaparecidos. San Pedro Manrique, Ágreda, Gómara, Arcos de Jalón, Rioseco, Almazán, San Leonardo de Yagüe, El Burgo de Osma, Almarza, San Esteban de Gormaz, Ólvega, Berlanga de Duero y Soria –alguno se habrá quedado a buen seguro- eran referencias obligadas en el transcurso de la semana. Algunos continúan celebrándose aunque, como no puede ser de otra forma, con el tinte de modernidad de los tiempos que corren.

En Soria capital, el mercado era –y sigue siendo- los jueves, por más que el mercado como tal ha desparecido. Lo que queda es una mayor afluencia que de ordinario de vendedores foráneos a la plaza de abastos y como consecuencia derivada la de quienes se resisten a dejar pasar la oportunidad de acudir a ella cada semana, producto de la rutina adquirida y de la fuerza de la costumbre que se traducía en el deambular de las gentes por el centro de la ciudad pero, sobre todo, en la nutrida concurrencia a media mañana delante del Torcuato en el buen tiempo o en la plaza de San Esteban los días de frío si es que no en alguna de las nuevas cafeterías del entorno de la Plaza de Herradores, cuando llovía, de quienes desde nuestros pueblos habían venido a la capital siguiendo la costumbre que en la mayoría de los casos habían heredado de sus antepasados. Es esto último lo que, efectivamente, denota que el jueves no es un día más. En la ciudad se respira un ambiente diferente al habitual. Pudiera decirse que es el punto de inflexión de la semana.

En los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo XX sí había mercado y estaba muy concurrido. Claro que en la provincia había gente y predominantemente joven, al contrario que ahora en que muchos de los pueblos se han quedado vacíos y los pocos que quedan ya no están para la danza semanal que supone viajar a la capital, además de no resultar tan imprescindible hacerlo como antaño.

Entonces, además del mercado de verduras en la plaza de abastos, funcionaba también el de cochinos, que se colocaba en las traseras de Correos y del Museo Numantino, en la actual calle de Sagunto, cuando el entorno estaba sin urbanizar y las escasas edificaciones que existían eran menores, para trasladarse más tarde a Las Pedrizas, obligado por las necesidades que planteaba el ensanche de la zona. Era el verdadero mercado. Más tarde, el Ayuntamiento quiso recuperar el antiguo mercado de cereales en la plaza Mayor y de hecho se celebró durante algún tiempo, también los jueves, en las inmediaciones del actual Palacio de la Audiencia, entonces todavía sede de las tétricas y destartaladas dependencias judiciales y la no menos cochambrosa cárcel. Pero el mercado de cereales de la Plaza Mayor apenas tuvo recorrido y terminó extinguiéndose por sí mismo.

Los jueves, también el de La Saca, que entonces todavía no era fiesta local y por lo tanto a efectos comerciales uno más, o los miércoles en el supuesto de que fuera festivo, la ciudad rompía con la rutina diaria y adquiría un colorido especial. La Plaza de Abastos y la calle Estudios, en la que también se colocaban puestos de venta huevos, gallinas, conejos…, eran un hervidero. Los comercios –las tiendas-, que durante la semana abrían a las nueve de la mañana y “echaban los tableros” a las siete de la tarde –incluso los sábados-, no cerraban al mediodía, como a diario, hora ésta en la que por cierto registraban una concurrencia importante de quienes acudían a comprar lo que necesitaban, desde abarcas, una gorra, un traje de pana y mantas para el invierno hasta bacalao seco, tocino bien gordo y salado –de aquel que venía en grandes cajas de madera- o jabón, arenques en los ultramarinos, y pintura que hacían a la carta en la misma droguería. El jueves anterior al Domingo de Ramos –por señalar una cita puntual-, no faltaban los manojos de romero. El horario continuado que se dice hoy permitía atender las necesidades de las gentes desplazadas desde muchos puntos de la provincia y especialmente de los pueblos cercanos, de manera que podían regresar a una hora prudente a sus localidades de origen bien en los coches de línea o en el tren y naturalmente quienes por la proximidad preferían hacer el desplazamiento en caballería y algunos incluso andando, que también los había. Porque el viaje a la capital en coche particular –eran contados los que había- además de ser un lujo reservado a unos pocos no se llevaba, y hablar de parque de vehículos era un eufemismo y en según qué casos hasta una burla. Eso sí, antes se había comido a base de bien en La Oficina, La Apolonia o Casa Félix y los más distinguidos en el Hotel Comercio.

La evolución de la sociedad acabó como con otras tantas cosas con el día de mercado semanal. El que sigue denominándose así y continúa celebrándose cada jueves –a veces miércoles, según se ha dicho- tiene que ver muy poco, casi nada siendo generosos, con el de aquella época.

© Joaquín Alcalde, primavera 2022

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