Soria Siglo XX

Soria de Ayer y Hoy (11)

© Joaquín Alcalde

Las pasaderas y el puente de los soldados

La última vez que Soria tuvo guarnición militar

 

Las pasaderas y el puente de los soldados

Dos actuaciones novedosas en su momento para cruzar el río en el entorno de San Saturio

Desde que el 13 de septiembre de 1964 se inaugurara la conocida como presa de Los Rábanos para dar servicio a la eléctrica Saltos Unidos del Jalón, el río Duero a su paso por la ciudad cambió radicalmente de imagen, a la que, con el paso del tiempo, los sorianos maduros ya hace tiempo tuvieron necesariamente que acostumbrarse, no sin resignación, ante lo irremediable. Las generaciones posteriores, que no han conocido otra cosa, lo ven como lo más natural y, si se quiere, lo dan por bueno y hasta lo agradecen. Pero qué duda cabe que con la perspectiva que otorga el paso del tiempo se está ante una de las actuaciones realizadas porque sí, que de la noche a la mañana cambió radicalmente gran parte del paisaje de una de las zonas importantes de esparcimiento de la ciudad ante la que, no es de extrañar situados en la época, ni dios fue capaz de decir absolutamente nada. El acondicionamiento de las márgenes del Duero aguas abajo del puente de piedra, que posibilitó recuperar algún espacio que desde hacía décadas se daba por perdido, posibilitó, hasta cierto punto, la revitalización de un tramo, a bastantes de cuyos parajes ni siquiera era precisamente fácil acceder. Algo semejante ocurrió con las denominadas obras de rehabilitación de la orilla derecha del Duero, desde San Juan de Duero hasta el Perejinal, que ante lo que había no dejan de ser una bendición, con perdón. Han pasado, en cualquier caso, casi 60 años desde que las huertas de la Rumba y otras fincas colindantes quedaron anegadas; tal es así que de la noche a la mañana desapareció el flamante Soto Playa, con aquellas instalaciones novedosas inauguradas a bombo y platillo un 18 de Julio por el sindicato vertical, perdiendo el encanto que tenía, como igualmente los lugares tradicionales de baño junto a la fábrica de harinas y el modesto entorno para el esparcimiento festivo de las familias sorianas cuando salir de la ciudad no estaba al alcance de la mayoría.

De aquel tramo de río, inundado de poesía y de evocaciones líricas y amorosas, qué duda cabe que cada cual conserva su particular recuerdo. En cualquier caso, una de las referencias más modernas del río Duero a su paso por la ciudad es la pasarela construida desde el Paseo de San Prudencio hasta los pies de la ermita del Santo y su antecedente remoto las pasaderas que se construyeron en 1943 y se estrenaron el 29 de agosto de ese mismo año con motivo de las fiestas del Segundo Centenario de la Canonización del patrón de la ciudad, que venía a evitar el paso por el puente de hierro con el riesgo que entrañaba, porque no hay que olvidar que entonces pasaban trenes por él. Por cierto, las pasaderas –en realidad, unas losas sobre el lecho del río para poder cruzarlo sin necesidad de descalzarse y, por supuesto, mojarse- se encuentran todavía, en su mayor parte, bajo las aguas y han podido verse en las contadas ocasiones en que se ha abierto la presa y la corriente ha recuperado temporalmente el nivel que tenía con anterioridad a la entrada en funcionamiento el embalse.

No obstante, el procedimiento tan rudimentario y casero para cruzar el río iba a tener un complemento de lujo con posterioridad porque, efectivamente, a raíz de que se estableciera en Soria, en el viejo cuartel de Santa Clara, el Batallón de Minadores-Zapadores en los primeros días de diciembre de 1950, efectivos de la guarnición iban a construir una coqueta pasarela de madera, conocida por los sorianos de aquella generación como el puente de los soldados, que no dejó de suscitar la consiguiente curiosidad, además de facilitar y mejorar notablemente la comunicación de orilla a orilla del río, es decir desde el paseo de San Prudencio hasta la ermita, posibilitando su utilización sin restricción alguna, y, lo que es más importante, sin necesidad de correr el menor riesgo.

La pasarela, de todas formas, tuvo una vida efímera porque no muchos años después se la llevó por delante una riada dejando únicamente la imagen del recuerdo al tiempo que se privaba a los sorianos de un paso al que ya se habían acostumbrado. Más tarde, ya en los sesenta, coincidiendo con la construcción del aludido al comienzo embalse de Los Rábanos, se retomó la idea de construir un puente peatonal de acceso a San Saturio, que finalmente no llegó a materializarse, por más que a cambio sí quedaran para la posteridad los pilares de hormigón en medio del río sobre los que se construyó el puente actual entre el mes de julio de 1993 y el de agosto de 1994, notablemente revalorizado tras la actuación en las márgenes a que también se ha hecho referencia.

© Joaquín Alcalde, marzo 2021

 

La última vez que Soria tuvo guarnición militar

Si hoy el futuro de Soria se cree a pies juntillas que pasa por disponer de una buena red de infraestructuras, en el sentido más amplio, y así se viene reivindicando por los organismos e instituciones y, desde luego por la ciudadanía, hace años la palabra industrialización era el aldabonazo que percutía a diario en la conciencia de los sorianos. Es más, paradójicamente se alardeaba no sin una autosatisfacción malamente disimulada del buen estado de la red de carreteras a su paso por la provincia, especialmente respecto de las de su entorno. Las preocupaciones de entonces en materia de progreso iban por senderos diferentes. Se pensaba, por ejemplo, en el ejército como elemento dinamizador. De tal manera que cuando lo que había al final de la actual avenida de Valladolid, en la margen izquierda, no eran más que fincas de labor, ya hacía años que se había levantado allí la estructura de lo que en Soria se conoció como “nuevos cuarteles”. Uno de los ayuntamientos de finales de la década de los cuarenta acordó solicitar del entonces Ministerio de la Guerra el envío de guarnición y la continuación de las obras, paralizadas desde hacía tiempo. Pero los barracones, sin ningún tipo de uso que se recuerde y deteriorándose pese a la sólida construcción, permanecieron en pie hasta su demolición en la década de los setenta cuando la zona comenzó a perfilarse para alcanzar la configuración que ofrece en la actualidad.

Pero las fuerzas vivas lejos de resignarse, es de suponer que con un tinte de desilusión, no cejaron en el empeño de que Soria contase con guarnición. Y efectivamente, lo consiguieron, aunque para ello hubiera que echar mano de las viejas y destartaladas dependencias del cuartel de Santa Clara. En los primeros días del mes de diciembre del año mil novecientos cincuenta llegaba a Soria en tren a la Estación Vieja, el batallón de Zapadores Minadores, en medio de la expectación general. La noche era fría pero la ciudad se echó a la calle. La unidad tenía su base en Guadalajara y entonces la capital alcarreña pertenecía, como Soria, a la misma región militar. Es posible que de ahí derivara en buena parte que la guarnición pudiera establecerse aquí.

El batallón, como se le conocía, no estuvo muchos años y la mayor parte puede que en la fase del desmantelamiento progresivo que terminó con él algún tiempo después. Pero en todo caso la ciudad experimentó un cambio notable en el discurrir de la vida cotidiana, lo que no resulta difícil de entender teniendo en cuenta que de la noche a la mañana el raquítico censo de la capital que apenas registraba movimiento se veía incrementado con un número de hombres, dicho en el término militar de la época, que podría estar en torno a los seiscientos o quizá alguno más, con lo que suponía para una población que malamente andaría por los dieciséis mil habitantes, o sea, bastantes menos de la mitad que la estadística oficial que se maneja ahora.

Los militares dejaron naturalmente el sello de lo personal en el ámbito puramente humano. De manera que bastantes de los que sucesivamente fueron llegando bien destinados por tratarse de profesionales bien como soldados de reemplazo terminaron quedándose por las más diversas circunstancias personales y profesionales, fácilmente comprensibles.

En lo estrictamente castrense las manifestaciones externas eran frecuentes. Desde la escolta al Santísimo y otras imágenes en las procesiones hasta la participación activa en las cabalgatas de Reyes en las que al utilizar los caballos de la cuadra, eran los propios militares los que encarnaban la figura de los Magos. En días señalados la guarnición desfilaba por el centro de la ciudad, normalmente desde el Espolón hacia El Collado.

Pero la solemnidad más importante tenía lugar el día de San Fernando, el 30 de mayo. Se celebraba la fiesta del batallón y solían jurar bandera los reclutas del reemplazo en un acto que tenía lugar en la Dehesa donde se montaba junto al desaparecido y añorado árbol de la música el altar para la celebración religiosa y el resto de la infraestructura necesaria. Finalizada la jura de bandera tenía lugar una parada militar y el posterior desfile por el Collado que no dejaba indiferente a nadie.

Ello con independencia de actos lúdicos entre los que no faltaba un espectáculo taurino en el que los actuantes eran los propios militares pues en sus filas no faltaban desde toreros, o al menos aficionados, alguno de Soria, hasta futbolistas que llegaron a jugar y destacar en el Numancia.

En el ámbito de lo rutinario la asistencia a la misa dominical en la iglesia de Santo Domingo suponía una nota de color en el discurrir monótono de la vida ciudadana. Los soldados llegaban en formación a las inmediaciones del templo, el único de la ciudad que por su capacidad podía albergar a la totalidad de los efectivos, para lo cual era necesario retirar previamente los bancos corridos que utilizaban los fieles en la celebración del culto ordinario en tiempos en que las monjas rezaban los oficios en el coro, no en el crucero, delante del presbiterio como ahora, de modo que el templo tuviera más capacidad.

Como siempre solían llegar con antelación, la tropa aguardaba el turno de espera sin romper la formación en el tramo comprendido entre la plaza del Rosario, junto a la iglesia, y la calle de la Tejera en su confluencia con la del Campo ocupando la totalidad de la calzada, sin que el tráfico se viera afectado porque si de ordinario apenas tenía relevancia la mañana de domingo la circulación en el centro de la ciudad era escasa y en esa zona inexistente. Finalizada la misa, vuelta al cuartel, también en formación.

Y del paso del batallón queda asimismo el recuerdo de las maniobras en el cerro de los Moros y en las inmediaciones de San Saturio, cuando el paseo de San Prudencio era intransitable, con la construcción de aquel pequeño pero coqueto y funcional puente de madera, arrastrado por una riada, que vino a sustituir a las antiguas pasarelas, anegadas cuando subió el nivel del río al entrar en servicio la presa de Los Rábanos. Además de tantos y tantos otros cuya impronta permanece fresca en el recuerdo de quienes fueron testigo de aquella inolvidable etapa, que contada bien entrado el siglo veintiuno puede sonar a ficción.

© Joaquín Alcalde, enero 2021

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