Soria Siglo XX

Soria de Ayer y Hoy (10)

© Joaquín Alcalde

 

Multas gubernativas

 

Multas gubernativas

 

Resulta cuando menos curioso y enriquecedor aparcar de vez en cuando la rutina diaria y acudir a la hemeroteca, que se hace con menos frecuencia que la que debiéramos. Es un ejercicio recomendable que permite tener perspectiva y una visión más amplia de determinados hechos, circunstancias y acontecimientos que el inexorable transcurrir del tiempo se ha encargado desdibujar cuando no de enterrar hasta el punto de que rescatados de los archivos transmiten la impresión de haber sucedido en épocas pretéritas que quedan muy alejadas en el recuerdo; es más, hay que hacer un verdadero esfuerzo intelectual para cuando menos intentar aproximarse a la realidad de un momento determinado y contextualizarlos porque a la luz de la actualidad hay momentos que dan la impresión de estar rayando con la ficción. Pero no, ocurrieron y quedó constancia fehaciente.

Durante una larga etapa de nuestra historia reciente el Gobernador hacía y deshacía; era algo así como la conciencia de los ciudadanos, el que arropado por los poderes fácticos y otras instancias del lugar decía, más bien ordenaba investido de la autoridad que le confería el cargo, lo que se podía y lo que no se podía hacer, eso sí, en todo momento con la “estaca” bien a mano para corregir de inmediato cualquier desmán o salida de tono por irrelevante que fuera.

En esta línea de actuación de la primera autoridad de la provincia era práctica habitual encontrarse cíclicamente primero en el periódico Campo –más tarde con el añadido de Soriano-, por ser el único que se editaba entonces en la ciudad, y pasado un tiempo también en la emisora local Radio Soria de la Cadena Azul del Frente de Juventudes y en el histórico Hogar y Pueblo –luego con el Soria por delante- con escuetas notas oficiales, pero no por ello menos ilustrativas, del primer centro de poder de la provincia, a las que por lo general se les dispensaba un tratamiento preferente, sobre todo en el primero de los medios citados, acaso por la condición de oficialista que en aquellos años tenía o por lo menos le otorgaba la ciudadanía, dando cuenta con pelos y señales, es decir con nombre y apellidos (nada de iniciales), profesión –a veces hasta la marca comercial de la empresa en la que trabajaba el sancionado- y domicilio para que no hubiera lugar a dudas, de haber sido multados con veinticinco pesetas cada uno de los vecinos de la ciudad por haber promovido escándalo a las diez de la noche de un domingo de primeros diciembre de 1953 en la confluencia de la calle del Instituto con la del General Mola (Collado), junto al bar Torcuato, vamos, con motivo de reñir y originar que la gente se aglomerarse, promoviendo escándalo. O que a los pocos días a un conocido joven residente en la ciudad –del que para no ser menos se indicaban sus datos personales-, pintor de brocha gorda de oficio, la autoridad le impusiera tres días de arresto por promover un escándalo, en estado de embriaguez, una noche de domingo de finales de aquel mismo mes también en la calle del General Mola (el Collado). Cinco duros (25 pesetas de los primeros años cincuenta) tuvieron que pagar de multa dos muchachos –uno de ellos llegó a ser portero del Numancia- por dedicarse a la reventa de localidades (cabe suponer que fueran de cine) por unos hechos cometidos en enero de 1954.

De los “garrotazos” del Gobernador no se libraba absolutamente nadie pues lo mismo imponía la multa de 3.000 pesetas a un acreditado fotógrafo por producir en su taller tarjetas pornográficas, y 2.000 al intermediario que las distribuía, por otra parte persona suficientemente conocida también en la ciudad, que incluso el que curiosamente al cabo de los años llegó a ser presidente de la Diputación Provincial –un soriano de los de toda la vida- fue sancionado con diez mil pesetas –una fortuna en la época- el 12 de mayo de 1954 bajo la acusación de haber “dado un desdichado ejemplo, al olvidar que el cargo que ostenta y la posición social que tiene le obligan a extremar la corrección de su conducta en sus relaciones ciudadanas y en el respeto que la Autoridad debe”.

El listado podría seguirse con la multa de 200 pesetas acordada al final de la década de los cincuenta por el Gobernador civil interino –soriano para más señas, cuyo nombre no viene al caso- a un vecino de la calle de San Pelegrín “por propasarse a molestar a una señora que transitaba por la plaza del Generalísimo (la Plaza Mayor), de forma intolerable, demostrando con su comportamiento una falta de convivencia social”; con las 500 pesetas a un oficial de imprenta y a otro de un taller mecánico de la capital por derribar los bancos en la Alameda de Cervantes, cuando no a quienes durante las horas de paseo de una tarde de finales de verano de mediados de los sesenta se dedicaban en el Collado “a molestar a las jovencitas de un modo incorrecto e incivil”. Y todavía en el ecuador de los sesenta a un electricista de profesión, habitual y por consiguiente suficientemente conocido en las dependencias de la Comisaría de Policía, y no precisamente por su actividad, “en vista de su recalcitrante conducta agresiva, incivil y antisoriana”. Algo parecido a lo que les ocurrió a tres jóvenes amantes de la diversión, sin más, de sobra conocidos en los ambientes capitalinos, sancionados “ejemplarmente” por la primera autoridad un verano en el ecuador de los sesenta (alguno de ellos lo sigue recordando al cabo de los años).

En fin, la casuística lejos de agotarse podría ampliarse y daría para unas cuantas entregas más del tenor de esta. Aunque sí merece una simple reflexión final que acaso pueda causar extrañeza, pero el hecho cierto es que no consta, o por lo menos no trascendió, que se sancionara a mujer alguna. Los multados siempre fueron hombres. ¿Curioso, no?

© Joaquín Alcalde, 2020

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