Soria Siglo XX

Soria de Ayer y Hoy (7)

© Joaquín Alcalde

Símbolos de una época

El monumento a los caídos

Las visitas del Generalísimo

 

Símbolos de una época

Elaborar un inventario de las actuaciones encaminadas a suprimir los vestigios del régimen político anterior no resulta tarea fácil pues si algunas intervenciones han tenido notoriedad suficiente, la repercusión de otras en la opinión pública fue más bien escasa si es que no irrelevante

En una especie de arrebato, es decir, de la noche a la mañana, después de un montón de años sin que nadie hubiera dicho ni media palabra, o cuando menos sin mayor repercusión mediática, y eso que siempre estuvo bien a la vista, el ayuntamiento procedía a la retirada del busto del general Juan Yagüe ubicado en el jardín existente en la llamada plaza del Marqués de San Leonardo -título que le concedió el General Franco a título póstumo-, frente a la iglesia de la Barriada, por cierto, desde hace algún tiempo, esta última, la Barriada, sin el apellido de su artífice e impulsor, que fue el que promovió la actuación en los años cuarenta y supuso una revolución urbanística en la Soria de entonces. De este modo, siguiendo la argumentación del primer edil, se cumple con lo establecido por la Ley de la Memoria Histórica. No obstante, este último capítulo que acaba de escribirse de la historia moderna de la ciudad no es sino la continuación del que comenzara a pergeñarse en la transición democrática porque, bien es verdad que aunque cada vez menos, siguen dándose episodios como el de la escultura que nos ocupa u otros parecidos, que aún quedan.

Llevar a cabo, después de tantos años, un inventario de las actuaciones encaminadas a suprimir los vestigios del régimen político anterior no es trabajo fácil sobre todo si se pretende llevarlo a cabo con rigurosidad, pues si algunas intervenciones han tenido suficiente notoriedad otras, por el contrario, pasaron desapercibidas para el gran público, hasta el punto de que en bastantes casos resultan incluso desconocidas salvo para quienes estaban al tanto de lo que se cocía, como pudo ocurrir, por ejemplo, con la lápida adosada a una de las paredes del portal del Instituto –el actual Antonio Machado- en la que figuraban, con nombre y apellidos, los ex alumnos del centro muertos durante la Guerra Civil, que según todos los indicios fue desmontada en fechas inmediatas posteriores a la muerte de Franco. No mucho después, en el mes de septiembre de 1991, fue retirada la que desde mediados los años cuarenta estuvo colocada en la fachada principal de la Concatedral, que no en vano excedía los límites del colectivo estudiantil.

Sea como fuere, la realidad es que en muy corto espacio de tiempo la calle del General Mola –su denominación oficial a veces inducía a error- pasó a ser de nuevo el Collado; otro tanto sucedió con la plaza del Generalísimo, que recuperó el de Plaza Mayor. La misma suerte corrió, aunque en la práctica el cambio pasó inadvertido, el Paseo del General Yagüe, en realidad el primer tramo, el comprendido entre Marqués del Vadillo y el final del Museo Numantino, porque el siguiente era la calle Burgo de Osma hasta su confluencia con la avenida de Valladolid (ambos conforman, en la actualidad, el Paseo del Espolón). Todavía menor trascendencia tuvo la sustitución del nombre de la calle Almirante Carrero Blanco, en las inmediaciones de la Residencia Sanitaria de la Seguridad Social, por el originario de Paseo de Santa Bárbara, al final de la década de los ochenta. Aún con todo, pasado el furor inicial transcurrió bastante tiempo para que en una especie de oleada se produjeran nuevas actuaciones más o menos espaciadas que iban a afectar a lo estético de la ciudad pues suponían, ni más ni menos, que el desmontaje en el verano del año 1999 del monumento al General Yagüe, en la céntrica plaza de Mariano Granados, con el tripartito PSOE-ASI-IU recién instalado en el Consistorio, y exactamente cuatro años después, en noviembre de 2003, tras volver el PP al gobierno municipal, el erigido los Caídos, en el alto de la Dehesa, por más que hiciera ya tiempo que en virtud de un acuerdo plenario se hubiera decidido que la construcción fuera en memoria de todos los muertos en la Guerra y no sólo de los de un bando como había venido sucediendo hasta entonces.

Y, sin pretender agotar el listado, los casos más recientes, ya con la Ley de la Memoria Histórica en vigor, o quizá anticipándose a su aprobación, se dio el nombre de Avenida de los Duques de Soria a la que inicialmente y durante años fue de la Victoria; la Plaza de José Antonio –así llamada desde su nacimiento- ha pasado a ser de Odón Alonso, y la calle Alférez Provisional, de Bienvenido Calvo, en este último caso tras una agria controversia que estuvo en los medios aunque sin la aspereza con que se desarrolló entre bambalinas. Claro que habrá nombres y símbolos que por mucho empeño que se ponga para quitarlos de la circulación será únicamente el paso del tiempo el que acabe con ellos. Es el caso del grupo de viviendas (el de las fachadas pintadas de blanco) próximo al remodelado San Andrés que sigue siendo conocido como las Casas de Falange, del mismo modo que la Residencia Juvenil Antonio Machado no ha podido despojarse del de Casa de la Sección Femenina, su verdadero nombre de pila.

© Joaquín Alcalde

 

El monumento a los caídos

El 30 de noviembre de 1949 el ayuntamiento de la ciudad celebró sesión doble. Se reunía primero la Comisión Municipal Permanente, el equivalente a lo que es hoy la Junta de Gobierno Local, y a las ocho y media de la tarde, el Pleno de la Corporación que presidía el alcalde Mariano Íñiguez García. En el Orden del Día de este último, junto al presupuesto municipal para 1950 por un importe ligeramente inferior a los cinco millones de pesetas (30.000 euros), se adoptaba un acuerdo que una vez materializado cinco años después iba a suponer uno de los acontecimientos de la Soria de la época. Porque, en efecto, varios concejales (cabe suponer que fueran la totalidad o cuando menos la mayoría) suscribieron y presentaron al máximo órgano del ayuntamiento una moción proponiendo se erigiera “un monumento en memoria de los Caídos en la pasada Guerra de Liberación” y se fijara su emplazamiento en una de las plazas de la ciudad. Propuesta que, como no podía ser de otra forma, se aprobó por unanimidad con el acuerdo de encargar el oportuno estudio al arquitecto municipal.

De momento ahí quedó todo porque hasta dos años y medio bien cumplidos después no se volvió a tener noticias de la iniciativa, curiosamente cuando tras el cese de Jesús Posada Cacho como Gobernador y la incorporación del coronel Luis López Pando se produjo el relevo del alcalde Mariano Íñiguez García. Fue en otro pleno de la Corporación, el celebrado el 21 de junio de 1952, cuando el flamante primer edil Eusebio Fernández de Velasco anunció que se había reunido con la Junta señalada para designar el emplazamiento del Monumento a los Caídos y que el lugar elegido era el que ocupaba la fuente de los Leones en el alto de la Dehesa. Pero el proyecto iba más allá porque en la misma sesión plenaria se habló de reformar la Rosaleda y de colocar en ella el errático monumento, de manera que una vez instalado se aprovecharía el agua de las fuentes para regar las plantas. Y por lo que se refiere específicamente al Monumento a los Caídos se acordó que en una de las cláusulas del concurso figurase la construcción de un estanque, como así fue. Aun con todo tuvieron que transcurrir otros dos años y medio para que la obra fuera una realidad y se inaugurara, pues además de realizar la tramitación administrativa hubo que desmontar previamente la fuente de los Leones, que no se produjo hasta el mes de marzo de 1954, sin que se conociera su nueva ubicación, y abordar seguidamente la construcción del proyectado en su lugar.

Sea como fuere, la tarde del viernes 19 de noviembre de ese mismo año 1954 era bendecido el Monumento a los Caídos por Dios y por España como preparación del “Día del Dolor” y decimoctavo aniversario del asesinato de José Antonio Primo de Rivera, una fecha emblemática del Régimen. La Jefatura Provincial del Movimiento desplegó un amplio operativo en el que no dejó absolutamente nada a la improvisación. Publicó una “orden de servicio” estableciendo el protocolo a seguir que contemplaba con escrupulosa minuciosidad desde la hora y el lugar de concentración en el Palacio de los Condes de Gómara de las autoridades, corporaciones y “camaradas encuadrados en las diferentes Delegaciones de Servicios del Movimiento [y] demás afiliados” y el puesto asignado a cada uno en la comitiva que se organizaría, hasta el itinerario a seguir por el centro de la capital con destino al alto de la Dehesa y, por supuesto, el desarrollo de la ceremonia en el Altar de los Caídos, que era un componente más de la instalación. El propio Alcalde de Soria hizo público un bando invitando al vecindario a unirse a la celebración.

Y así fue. Camaradas del Frente de Juventudes con antorchas encendidas flanquearon a la amplia y heterogénea comitiva que cerraban los gobernadores civil y militar, Luis López Pando y Gabriel Palacios, respectivamente. Al desfile, calificado de “impresionante en extremo”, siguió la bendición del Monumento, que corrió a cargo del Abad de la Colegiata (Segundo Jimeno Recacha) “ayudado por el reverendo señor don Demetrio Gómez Aguilar, en medio de un silencio sepulcral”, según las crónicas. Más tarde, las primeras autoridades hicieron la ofrenda de coronas, se recitó la oración por los Caídos y tras recordar a estos y al fundador de Falange Española todos los asistentes “refrendaron tan emocionado recuerdo con el ¡Presente! de ritual”.

Pero el Monumento a los Caídos y su entorno no tardaron en languidecer hasta acabar convirtiéndose en mingitorio público cuando no en lugar habitual de otro tipo de prácticas relacionadas con actividades que nada tenían que ver con la construcción. Al comienzo de la legislatura (2003-2007) el equipo de gobierno municipal que siguió al del tripartito en el consistorio, o sea, la mezcolanza Partido Popular-Iniciativa para el Desarrollo de Soria (PP-IDES), ese extraño maridaje que allanó el camino a los populares y posibilitó que éstos recuperaran la alcaldía cuatro años después para terminar como el rosario de la aurora, acordó tirarlo con lo que la zona, que estaba hecha unos zorros, se recuperó felizmente.

© Joaquín Alcalde, 20.06.2010

 

Las visitas del Generalísimo

 

El General Franco en el salón de plenos de la Diputación Provincial cuando visitó oficialmente la capital el 23 de agosto de 1948; a su derecha, con chaquetilla blanca, el Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento, Jesús Posada Cacho; en la fila de atrás, a la derecha, el General Juan Yagüe (Archivo Diputación Provincial)

Estuvo dos veces, ambas por motivos bien diferentes, y pasó bastantes veces más, lo mismo por Soria capital que por la provincia.

La reciente visita del presidente del gobierno socialista José Luís Rodríguez Zapatero a la factoría Norma de San Leonardo de Yagüe, a la que volvemos a referirnos, ha dado juego a la clase política y a la opinión pública para, entre otras cosas, recapitular las veces que el Jefe del Estado o el presidente del ejecutivo de España, como dicen los políticos del momento, se han acercado a esta tierra. El Rey Juan Carlos, visitó en una ocasión de ex profeso, o sea oficialmente, la provincia. Fue el 2 de abril de 1984. Llegó en helicóptero a Vinuesa, donde la esperaban las primeras autoridades provinciales y autonómicas. Una vez allí, el mal tiempo obligó a modificar sobre la marcha el programa de la visita. Estuvo en Soria y por la tarde viajó a El Royo y después a El Burgo de Osma, donde dio por concluido el viaje y regresó a Madrid. Después ha asistido en alguna otra ocasión a actos puntuales, casi siempre culturales y académicos, que por su propia naturaleza no encontraron un amplio eco, pasando por lo tanto casi desapercibidos en la calle.

El anterior Jefe del Estado, el General Franco, el Generalísimo, tampoco es que anduviera demasiado por tierras sorianas, al menos en viaje oficial. Que se recuerde, estuvo un par de veces, ambas por motivos bien diferentes. De todos modos pasó, al menos que trascendiera, bastantes veces más, lo mismo por Soria capital que por la provincia. Pero simplemente pasó, aunque la gente no dejara de echarse a la calle y hecho tan anecdótico terminara por constituir un acontecimiento que recogieran los periódicos como información destacada en el acontecer de la rutina diaria.

Visita como tal de Franco a Soria, o sea institucional que se dice en el lenguaje político al uso, se recuerda la que realizó a la capital el lunes 23 de agosto de 1948. Fue una fecha histórica, al menos es lo que se escribió de ella. El alcalde [Mariano Íñiguez García] publicada un bando en el que dejaba constancia de la seguridad que tenía de que “esta Noble, Leal y Hospitalaria Ciudad de Soria, sabrá corresponder con todo entusiasmo al honor que nos dispensa al Jefe del Estado al visitarnos, y le hará el recibimiento que se merece por la gratitud que todos le debemos, por ser el primero de los patriotas, el más infatigable trabajador en beneficio de España y modelo de los ciudadanos”. El Gobernador [Jesús Posada Cacho] también se dirigió a los sorianos haciéndoles saber  que “se acerca el momento en que ha de honrarnos con su egregia visita el más ilustre e hidalgo Caballero”. No faltó tampoco el mensaje subliminal a los sorianos pidiéndoles que “con el fin de  de dar mayor brillantez a la entrada de nuestro Caudillo en Soria se os ruega cumpláis fielmente las órdenes de los Agentes de la Autoridad y cooperéis a dar mayor realce a dicho acto”. Y hasta un periódico recordó que “En la alborada del Movimiento Nacional, nuestra ciudad demostró viril españolismo. Enérgica actuación de un pundonoroso Jefe de la Guardia Civil. El 18 de Julio, Soria fue de Franco”.

Para la visita del Generalísimo, que llegó procedente de San Leonardo de Yagüe, se levantó un Arco de Triunfo en la puerta de la Alameda adornado con banderas y gallardetes por el que pasó el coche que lo traía antes de encontrarse con las calles engalanadas y abarrotadas de público. Llegó al ayuntamiento, a cuyo balcón principal se asomó “pronunciando un vibrante y patriótico discurso”;  entró bajo palio en la todavía Colegiata de San Pedro, donde se cantó una “solemne salve”, después de que el Prelado [Saturnino Rubio Montiel] le diera a besar el Lignum Crucis, y visitó los Claustros. Luego recorrió las instalaciones del Museo Numantino, más tarde fue al Campo de Deportes [de San Andrés] y llegó a la Diputación Provincial, en la que se le impuso la Medalla de Oro de la Provincia y “pronunció un elocuente discurso”.

En los salones del propio Palacio Provincial “fue servido un banquete a su Excelencia, séquito y autoridades”. Ya por la tarde se desplazó al Campamento Nacional “Francisco Franco” de Covaleda, para asistir a la ceremonia de bendición e inauguración de la capilla de Santa María de la Fe, y abandonó la provincia siguiendo viaje a Burgos. Pero la visita de Franco iba a continuar en la capital pues por la noche se celebraron “animadas verbenas” en la plaza Mayor, que entonces llevaba su nombre, y en la Alameda de Cervantes.

Once años después el Jefe del Estado y Generalísimo volvió a Soria, ahora a la provincia. Fue el 4 de julio de 1959 para inaugurar el túnel ferroviario de Horna (Guadalajara) y la nueva estación de Torralba [del Moral], una de las grandes obras de entonces, “donde se habían dado cita los habitantes de Esteras, Benamira, Ambrona, Miño [de Medinaceli], Fuencaliente [de Medina], Medinaceli, Salinas [de Medinaceli], Azcamellas, Arbujuelo... y algunos más”, dijo el periódico oficialista. En esta ocasión la visita fue más breve en el tiempo pero ello no fue obstáculo para “afirmar que la muchedumbre congregada era imponente y supo aplaudir con el máximo entusiasmo al Caudillo y su esposa”, escribió el mismo medio.

Pero, como se ha señalado, el entonces Jefe del Estado transitó varias veces más por la provincia, sobre todo si viajaba a Zaragoza por carretera en cuyo caso tenía que cubrir necesariamente el trayecto entre Esteras de Medinaceli y Santa María de Huerta.

El hecho de que se tratara de pasadas fugaces no era inconveniente para que se ofreciera información puntual exhortando a la gente a salir a la calle. Así ocurrió en una ocasión tomada al azar, a su regreso desde Logroño a Madrid, por más que para las costumbres de la época fuera a deshora, si por tal, que desde luego lo era, se entiende que se anunciara la llegada a las dos y media de la tarde y lo hiciera casi dos horas después. Pues ni aquel día, como fácilmente se supondrá, el público le dio la espalda espoleado porque “Soria, la ciudad siempre hidalga, la tierra en la cual nacen hombres cumplidores exactos del deber, hoy debe situarse en las calles del trayecto para tributar su enardecido aplauso, a nuestro Caudillo y Generalísimo Franco”, se proclamó desde el Poder. Y claro que lo hizo.

Esa tarde “en las proximidades del Hogar Infantil (traseras del Convento de La Merced), se reunieron  para esperar la llegada del Caudillo, el Ilmo. Sr. Alcalde y Corporaciones municipal y provincial; Ilmos. Sres. Delegado de Hacienda y Abad de la Colegiata; Secretario provincial de Tasas en representación del Ilmo. Sr. Fiscal; Comisario Jefe de Policía; Directores de los distintos Bancos y Caja de Ahorros, y representaciones militares, centros oficiales y docentes de la ciudad, Cabildo Colegial. Delegado provincial de Sindicatos, jerarquías del Movimiento, Centuria del Frente de Juventudes con guión, niños de las Escuelas y Colegios [que no tuvieron –no tuvimos- clase y además se les regaló banderitas para agitarlas al paso del coche de Franco] así como numeroso público”. Toda una movida para un momento. El recorrido dentro de la ciudad lo hizo por la carretera de Logroño, calles de Santo Tomé, Tejera y San Benito, y carretera de Valladolid para continuar desde los cocherones de Obras Públicas a la carretera de Madrid.

Y en otra, elegida asimismo aleatoriamente, se presentó en el centro de Soria, donde saludó a las autoridades que le esperaban delante de la puerta principal de la Alameda de Cervantes. La Banda Municipal interpretó el Himno Nacional, “que el público escuchó brazo en alto”,  y se dispararon cohetes para anunciar su llegada. Tras una breve parada continuó el viaje a Madrid.

© Joaquín Alcalde, Publicado en El Mundo-Diario de Soria
domingo 19.11.06
 

 

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