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EL ALMA DE SORIA 

César Sanz Marcos

SORIA 2010

 

He aquí una nueva y hermosa publicación del fotógrafo soriano César Sanz Marcos. Fue recientemente presentada en el Salón Gerardo Diego, del Casino Amistad. Se encargaron de ello César Millán, librero de los de verdad; Abel Hernández, autor también del prólogo; y el propio César Sanz. Participaron en el acto Pepe Sanz, a través de su voz, y el joven compositor y pianista soriano Rubén Romero, que interpretó, en el histórico piano del Casino “Ya se van los pastores”.

Tenemos ante nosotras quinientas páginas que muestran unas mil fotografías, más o menos, y que una no sabe qué decir sobre ellas, sólo se le ocurren adjetivos, y de esos andarán los oídos del artista bien nutridos.

Creemos que no se trata, solamente, de estar en el lugar que se va a inmortalizar en el momento oportuno, o de buscar ese momento, cuando la luz es la ideal. Es necesario saber mirar y tener la suficiente sensibilidad, el sentido de la estética afinado y la paciencia del cazador, para captar el reflejo de la iglesia en el charco y que en lugar de charco parezca río, mar u océano. Esperar que la cigüeña alce el vuelo a contraluz, o que las ovejas beban en la fuente, idénticas, o que la mariposa extienda sus alas. Una mezcla de todo, con el poso del buen hacer.

La provincia toda está en esta publicación, todas las estaciones, las tierras, los árboles, y está de tal forma y manera, que una se pregunta, como si no conociera suficiente esta tierra ¿de verdad es esto Soria?

¿Son las tierras de Sarnago las que aparecen en la página 99? ¿Estaba ahí esa masa de pinos que aparece en la página 110, queriendo engullir a El Vallejo, cuando lo visitamos? ¿Y esos bancales de Valdenegrillos, página 112, donde todavía resisten Romana y su marido? ¿Y esa tierra rojo fuego de Las Vicarías, en la página 207, ha sido siempre así? ¿Caerá la roca sobre San Esteban, o es sólo efecto óptico de la página 340?

Cada foto sugiere un comentario, la vía del tren, los gatos de Caltojar que “bailan chacona a compás”, como escribiría Gerardo Diego, las tainas, las mujeres enlutadas, y esa doble página fantasmagórica con los chopos desnudos, por donde una piensa que puede salir el fantasma de la amada de Bécquer, que sólo era un rayo de luna.

Mención aparte y especial merecen quince fotos, quince rostros de hombres y mujeres ancianos de esta tierra. Esas personas tan sabias, tan acogedoras, a veces lacónicas, siempre certeras, que nos acompañan e ilustran en las cosas sencillas y auténticas de esta tierra nuestra.

César Sanz se ha hecho acompañar de escritores sorianos quienes, junto con el prólogo de Abel Hernández, han puesto el toque literario a su obra: Juan Antonio Gómez Barrera, José María Martínez Laseca, Silvano Andrés de la Morena, Juan Carlos Atienza, Miguel Moreno y Moreno, Isabel Goig Soler, Paulino e Inocente García de Andrés, César Millán, Teresa Ordinas, Julio Llamazares, y Mercedes Molina Ibáñez.

Si a César no le quitan la publicación de las manos, tenemos en Soria el mejor regalo para hacer a nuestros amigos.

soria-goig.com

 

SORIA, PARAÍSO PERDIDO

Abel  HERNÁNDEZ

Llegaron las máquinas y ahuyentaron a los hombres. El campo no daba más de sí y por Soria pasó de largo la revolución industrial. No se instalaron telares en su día, la lana fue perdiendo valor, nadie quería ir pastor y se vendieron las ovejas. La Unión Europea empujó a vender también las vacas. Dejó de fabricarse en el Valle la famosa mantequilla de Soria. En unos años cerró la escuela, cerró la casa del médico, cerró la carnicería, y no hacía falta veterinario, ni botica, ni secretario de Ayuntamiento. Todo se servía fríamente, funcionarialmente, en horas contadas, desde la distancia. Hasta el pan. En el pueblo dejó de oler a pan y dejó de oírse el alegre griterío  de los niños. Hasta las urracas huyeron. Sólo se veían viejos sentados en los poyos de la plaza o renqueando con su cachava calle arriba, calle abajo.  El cura,  ya sin sotana ni alzacuellos ni coronilla, fue haciéndose también viejo mientras tenía que encargarse cada vez de más parroquias, donde oficiaba, rutinariamente, muchos más entierros que bodas y bautizos. Cada vez se veían más campanarios sin campanas y más pueblos despoblados, dos paradojas tristes. 

  ¿Qué podían hacer ellos? Los campesinos sorianos fueron cerrando sus casas y huyeron a la ciudad. Muchos se sacudieron el polvo de las abarcas y prefirieron no volver la cabeza cuando, en la traspuesta del camino, el pueblo se perdía de vista definitivamente. Hicieron un esfuerzo y lograron contener las lágrimas mientras su mano encallecida seguía acariciando en el bolsillo la gruesa  llave de la puerta cerrada. Algunos se quedaron en la capital, pero la mayoría pasó de largo y se fue lejos: al Norte, a Aragón, a Barcelona, a Madrid, a Andalucía... Los más intrépidos cruzaron el charco y se fueron a  América. En los últimos años el flujo migratorio viene de allá para acá y este fruto bendito del mestizaje puede ayudar a recuperar la vida en nuestra tierra. 

Asistimos al momento final de una civilización rural que ha durado más de mil años. Es posible, incluso probable, que muchos pueblos ahora deshabitados vuelvan a repoblarse, como espacio de ocio, de segunda vivienda o incluso como apacible lugar de trabajo con un ordenador en la mano. Pero, aunque es verdad que donde hubo un árbol puede crecer otro, nada será ya lo que fue y hasta se irá perdiendo el nombre de las cosas por falta de uso, y eso que  de la cultura rural brotó toda o casi toda la narrativa española y lo mejor de nuestra historia cultural. El agua que se va por debajo del puente no vuelve más. 

Por si sirve de consuelo, los vacíos, según ley física, tienden siempre a llenarse, y Soria es hoy un inmenso vacío demográfico en el corazón de España, cargado de belleza natural, de arte y de historia, preservado aún en gran manera -no hay mal que por bien no venga- de la sucia vorágine del desarrollo industrial. Basta ojear este hermoso libro de César Sanz, que deja constancia abrumadoramente, minuciosamente, luminosamente de esta tierra de Soria, que descubre en cuerpo y alma. Es un milagro de la luz y del sentimiento, el prodigioso descubrimiento de un artista, ante el que hay que descubrirse. Los de la capital, que se quiten el sombrero y los que queden en el pueblo, que se quiten la boina. Que todos sientan en el pecho, estén donde estén, el orgullo de pertenecer a esta tierra bendita, que parecía dejada de la mano de Dios, y que todos se juramenten a que esta gran herencia, insospechada para muchos, no se dilapide en aras de falsos progresos. 

Esto es lo que tenemos. Nuestro paisaje aún virgen y variado, nuestros campos pardos, rojizos, blanquecinos, nuestros ríos y humedales, nuestros monumentos, nuestras viejas casas, nuestras iglesias, nuestros bosques – los pinares, los encinares, los robledales, los sabinares, los hayedos, las fresnedas, los álamos de la ribera y los olmos del camino- nuestros ecosistemas, nuestros parajes históricos, nuestras aves, nuestras fuentes, nuestros puentes, nuestras cañadas y hasta la belleza pintoresca de nuestras ruinas... Es un deber sagrado de todo soriano conservar esta herencia incontaminada. Sobran las elegías, pero, como he escrito en otra ocasión, ¿se puede saber qué nos está pasando para que se despueble el paraíso? ¿Aún podemos soñar? 

Dejadme que parodie aquí, aplicándolo a la ocasión, al gran poeta inglés W. B. Yeats: 

                        Si tuviera yo, como César Sanz, los paños del cielo,

                        bordados de dorada y plateada luz,

                        los azules, los mates y los oscuros paños,

                        si yo los tuviera, los pondría, lector, a tus pies:

                        pero, como soy pobre, sólo tengo mis sueños;

                        y tan sólo mis sueños he puesto yo a tus pies;

                        pisa con tiento entonces, porque pisas mis sueños,

                        y los sueños de César y los de tantos otros...

Abel Hernández

 

César Sanz en nuestro web:

Río Duero, río Duero (comentario del libro)
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Campos de Castilla y otros universos machadianos (comentario del libro)
Soria a cuatro luces (comentario del libro)
La pingada del Mayo en San Leonardo (comentario del libro)
Soria retratada (comentario del libro)
Una mirada al pueblo saharaui (comentario del libro y fotos)
Viaje a Tierras Altas (comentario del libro y fotos)
Mercado Tradicional de San Pedro Manrique (fotos)

César Sanz

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