"El Tío Chupina" organiza el robo de Beratón

 

Bandolero de Gustav DoréFamoso en verdad en la época, y todavía recordado, fue el robo de Beratón. Nos dice el autor del "Memorándum de un ochentón" (ver el artículo de "Isabelita") que en aquellos tiempos había por los pueblos mucha afición al vivio o juego de la banca, y aprovechaban varios individuos, viciosos, holgazanes y sinvergüenzas las fiestas y las ferias para sus manejos. Un grupo de estos saltatumbas (entre los cuales - no crean - había secretarios de ayuntamientos, veterinarios, mariscales, etc.) decidió formar sociedad. Acostumbraban, tras las timbas, a embaular ingentes cantidades de comida, tras lo cual se ponían tifos de beber y acababan así, como las motos, en ese estado de incontinencia y desarreglo de los sentidos que tan bien describe el Marqués de Sade, y en el que, al parecer, nada se pone por delante y el monte se puebla todo él de orégano en una Castilla de dimensiones descomunales. Vamos, que como diría Sánchez Dragó, te pones el Mundo por Montera.

Borrachos como cubas y entre hipidos y regüeldos acordaron poner sistema a su locura, redactando al efecto una relación de cosas o casas susceptibles de ser asaltadas y robadas. Doce viviendas en varios pueblos, formaron el hit-parade de sus preferencias y con su contenido planeaban ya los muy sinvergüenzas pegarse la gran vida. Hay que comprenderlos, en aquellos tiempos no había recalificaciones urbanas, tráfico de influencias ni otras trapisondas contemporáneas. Si alguien quería hacerse con el pecuño ajeno no tenía más remedio que tirar de naranjero y a lomos de mula o garañón batirse el cobre del bandidaje y eso si no acababas achicarrado en un encontronazo con los civiles o al extremo de una soga de cáñamo de la plaza pública de alguna Villa et Tierra. Eran otros tiempos...

Una vez elaborada la lista y leída que fue por el menos beodo de la compañía estamparon en ella unos una x temblorosa, otros la huella del pulgar untada en tintorro y el secretario y el veterinario sus números de colegiado; el jefe del clan remetió el pringoso papelucho en uno de los bolsillos de su gabán y gritó: ¡En marcha!. Por la terrible estepa castellana, curda, merluza y melopea, el tío "Chupina" (que así se llamaba el jefe de aquél grupo de santos varones) cabalgaba...

El tío "Chupina" era bien conocido en la zona y su triste fama le precedía donde fuera. Nacido en Serón de Nájima, y como tal rayano perdió, acabó sus días vendiendo pelotas por los pueblos, no sin antes saldar su cuenta con la sociedad mediante una larga temporada a la sombra, de su vida de crápula conservó para siempre una cojera, secuela mal curada de un disparo.

De altón, robusto y con unas barbas que nos daban miedo lo define el autor del "Memorándum". Un domingo, a la hora de la misa, la siniestra hueste se dirigió a Beratón. Lo de la misa estaba pensado mejor que bien ya que en aquellos tiempos nadie faltaba, salvo los enfermos graves con lo que toda la grey se agolpaba en los bancos de la parroquia. Y en éstas que llegaron, con un fondo musical de Ennio Morricone, a las inmediaciones del templo.

Cuatro sombras canallescas se recortaron en la altura de la puerta... iban enmascarados con pañuelos y empuñaban trabucos de repetición, Lee Van Cleef... (digo el tío "Chupina") tronó: Nadie se mueva, todo el mundo quieto, y el que intente salir será muerto por mis compañeros que están en la puerta armados.

El método estaba urdido con diabólica habilidad, lo que demuestra que el razonamiento de los malhechores no se embotaba con el alcohol sino todo lo contrario, se afilaba más y más. Se trataba de ir sacando uno por uno a cada feligrés de la parroquia y acompañarlo a su casa. Una vez allí se le saqueaba amablemente y se devolvía al cuidado al templo, donde debería hacer verdaderos esfuerzos para no mancillar su dignidad con lamentos e imprecaciones en arameo o hebreo. Para mayor escarnio, ludibrio y puro recochineo el "Chupina" los llamaba por su nombre y apellidos para que fueran saliendo.

La bonhomía del "Chupina" y su saber estar no tenían límites, pues, al parecer, cuando entró en el templo con sus desesperados el cura se volvió alarmado y el "Chupina", colón él, le dijo: Siga usted con la misa, que todos somos cristianos, con lo cual vecino habría que fuera echando cuentas de hacerse judío o mahometano.

Los de Beratón, en cuanto que se veían solos con la canalla y puestos en el lado malo del naranjero, no tenían más remedio que confesar donde tenían los dineros - de tenerlos - y el golpe resultó redondo y perfecto.

Al acabar todo el vecindario de hacer la declaración de sus rentas los inspectores cerraron las puertas a cal y canto, dejándolos abandonados a pensamientos que poco debían de tener de piadosos y ellos, por su parte, se metieron en una casa donde habían ya localizado manduca y bebercio en cantidad y calidad suficiente y, como suele decirse, se pusieron como el Quico, agarrando un cebollón colectivo de padre y muy señor mío, hasta casi perder el sentido.

Esta falta de profesionalidad y dejación de la deontología choriziles trajo consecuencias muy graves. Porque los de la iglesia, con un encabrone encima de mucho cuidado, se prepararon para ir descolgándose por el campanario con cuerdas, fajas, cintos, etc. Una vez libres andaron a toda prisa hasta los pueblos cercanos donde reclutaron a varios vecinos y se pertrecharon de armas. Volviendo a eso de las cuatro de la tarde, cuando los ladrones se despertaban de la siesta de carnero y bamboleantes y con mal sabor de boca salían de la casa. Así, sin avisar, trabóse batalla campal, pues unos y otros se enzarzaron a disparos. Los salteadores, con el cuelgue encima, no atinaban a nadie, pero los otros, con una mala uva de aquí te espero, les causaron cuatro o cinco bajas.

Entre ellos estaba el "Chupina" y el "Monsiú" - su lugarteniente - lo que provocó la desbandada dejando tirado casi todo lo que habían rapiñado poco antes. entre los bandoleros había gente de Noviercas, de Buberos, muchos fueron apresados y algunos murieron.

© María Villanañe

(publicado en Soria Semanal, marzo de 1990)


 

Romance de beratón

Sobre un hecho acaecido en Beratón, el 8 de febrero de 1872

 

Salve, Reina de los Cielos,
Amparo del afligido.
Dadme luz para explicar
el nuevo caso ocurrido,
en este presente año,
con diez facciosos bandidos.
En el pueblo de Beratón
situado al pie del Moncayo
en territorio muy frío,
pero que habitan en él
algunos ricachoncillos,
cuyos bienes codiciaron
los desalmados bandidos.
El día ocho de febrero
domingo, fiesta y festivo,
se plañeron las campanas
llamando a aquellos vecinos
al Santo Templo de Dios
a oír el divino oficio.
Y cuando todos estaban
en el templo reunidos,
el párroco dio comienzo
al divino sacrificio.
Se encajaron en la iglesia
varios de los forajidos,
quedando los otros fuera
como tenían previsto.
A las mujeres asustan,
amedrentan a los niños,
a los hombres boca abajo
mandan ponerse allí mismo.
Requiriendo los trabucos,
empuñando los cuchillos,
"Nadie se mueva -gritaban
teniendo puñal el mano-
si no quieren obedecer
pronto irá un arcabuzazo".
Hubo uno que se hizo fuerte
y no se echó boca abajo,
le dieron con un cuchillo
y le rompieron un labio.
Se aproximan al altar
donde estaba celebrando
el cura de la parroquia
y el sacristán ayudando.
"Prosiga usted con su misa
que todos somos cristianos".
"¿Cómo yo he de proseguir si,
como estáis observando,
los dos niños que ayudaban
se fueron amedrentados,
y hasta a mí el sagrado lienzo
se me cayó de las manos?".
Entonces el capitán
o jefe de los malvados,
se retiró del altar,
coge a dos hombres del brazo
y los lleva hasta el altar
para que ayuden al párroco.
¿Qué sabían de ayudar
aquellos pobres ancianos,
que habían estado siempre
con ganado en el Moncayo?
Pero a esto los bandidos
los tenía sin cuidado.

Sin ningún temor de Dios
se pasean por el templo,
haciendo mofa y escarnio
del divino sacramento.
Para aquellos bandoleros
aquél Dios de las alturas
sólo está en el firmamento
y olvidan los anatemas
al menos, por el momento.
Ya se concluye la Misa,
y comienza el saqueo,
ya se cuadra el capitán,
muy valiente y muy severo:
"Salgan de aquí esos pudientes,
el Angel, el Molinero,
los del barrio de la Plaza
que tienen mucho dinero,
y si pronto no lo entregan
van a pagar con el cuello".

Tipos de la provincia de Soria de Isidro Gil. (Recuerdo de Soria, 1896)

Tres fueron los que se echaron
desde el campanario abajo
con peligro de sus vidas
y al cementerio cayeron.
¡Oh qué acción tan prodigiosa
esos valientes hicieron,
al dar aviso a otros pueblos
como lo verá el lector
si procura estar atento!
Uno se marchó a La Cueva
otro fuese a Purujosa
y un hijo del Molinero
a la villa de Borobia.
Los tres se fueron corriendo
como el caso requería
a buscar un buen auxilio
en los pueblos convencinos,
mientras que los sitiadores
regustraban los bolsillos.
A cuántos de Beratón
les quitaron sus ahorrillos.
Sacaron la Marinola
la mujer del Marianillo,
la mayor contribuyente
de todo este pueblecillo.

La llevaron a su casa
y mandaron degollarla
como se hace a un cabrito,
hasta arrancarle el postrero
cuarto, de los escondidos.
Y así sucesivamente
hicieron a otros vecinos,
después de desvalijados
los llevaron a la iglesia
y los dejaron atados
pa sumarlos al martirio.
Terminada la tarea
los ladrones reunidos
llenos de satisfacción
y con regocijo henchido
metiéronse en una casa
a atracarse de chorizo.
Muy pronto los de la iglesia
salieron pegando gritos.
Se querían escapar
pero no les fue preciso
sufrir o morir han dicho.
Tal fue un Lucio, que armado,
los vio por una calleja
y tuvo tal advertencia
de bajarse y esconderse
tras la pared de una era.
Los ladrones allí estaban
haciendo muy buenas cuentas
sobre la repartición
de unas robadas monedas.
Igual Lucio las arregla.
Yo puedo matar a uno
se dice, con honda pena,
pero, yo muero también,
que venga lo que Dios quiera.
Se santigua y dispara,
y fue su suerte tan buena
que atravesó al capitán
de lado a lado una pierna.
Con otros diez trabucazos
los bandidos le contestan
y a la Virgen de los Santos,
cuyo escapulario lleva,
les saca y les da a correr
hacia el Valle como ciervas,
y pronto los purujusanos
asómanse a la cuesta,
cargados de hoces y aplos
y otras ofensivas armas
que junto con los del pueblo
y otros que de lejos llegan
dan alcance a los bandidos
en las cercanas laderas,
y obligánles a rendirse
después de brutal pelea
dando por resultado
de estos tristes episodios
tres muertos tendidos quedan,
dos heridos, cinco presos,
los conducen al poblado
cruzados en cinco bestias
y pueblo y autoridades
piden a los cinco vivos
que se hagan los responsables.

 

Recogido por la señora Dorotea Serrano de Beratón

(Publicado en Soria pueblo a pueblo de Goig Soler)


Con Dorotea de Beratón por el río Isuela
Beratón

 

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