A Pie por Soria

La Sierra del Norte o Tierras Altas
2.- Palacio de San Pedro - Ventosa de San Pedro

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(incluye sendero GR 86)

Perdidos por los recovecos naturales de la cara Norte de las sierras de Montes Claros, Alba y Alcarama, aparecen pueblos eclipsados por el antiguo esplendor mesteño de San Pedro Manrique. Enclaves que muestran en la actualidad apenas unas casas de piedra abiertas, y unas calles sin niños. En lo que se llama ahora comarca de Tierras Altas, y en su día conformó la Comunidad de Villa y Tierra de San Pedro Manrique, la vida ha ido transcurriendo según han marcado las pautas de la trashumancia. Y esta actividad se halla en fase de pasar a la historia. Tal es así, que a punto de abrir sus puertas está el Museo Pastoril de Oncala. Cuando algo finaliza la categoría de vivo, ya se sabe, se convierte en pieza de museo.

Ventosa de San PedroY allí, formando parte de esa comarca, a escasos tres kilómetros uno del otro, los lugares de Ventosa y Palacio, ambos con el apellido de San Pedro, todavía acogen a trece habitantes el primero y nueve el segundo, más o menos, aunque esta expresión coloquial e inexacta supone, para esta población, mermar o aumentar –casi siempre lo primero- el veinte o el treinta por ciento de los habitantes.

 


Ventosa de San PedroAdemás de la proximidad, la tradición de trashumantes, la altura –1.154 metros para Ventosa y 1.174 para Palacio- y el apellido, comparten estos dos lugares el río Ventosa, que nace en el alto de la Dehesa, a más de mil quinientos metros de altura y desemboca en el Linares o Mayor para discurrir ya juntos por término de la villa sampedrana. Antes de salir de nuestra provincia hacia La Rioja, este río alimentó en su día un buen número de molinos harineros y sus aguas lavaron muchas ropas, muchas tripas para embutir con el picadillo o el bodrio, y oyeron cantares y ocurrencias de las gentes que habitaron una zona ya casi vaciada: Vea, Peñazcurna, Villarijo, Armejún…

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Palacio de San PedroPero también les une otra cosa más humana que la altitud y el río. En cada uno de estos dos pueblecitos vive una señora de aquellas que, cuando recorremos la provincia, nos redimen de tal manera que es necesario creer en la justicia distributiva.

En Ventosa reside Marcelina y en Palacio, Mercedes y ellas fueron las que, con esa sencillez y generosidad que da la tierra, el río, los animales, nos hicieron revivir, en sendas tardes, una época reciente, pero ya inevitablemente perdida.

Mercedes Fernández Sáenz de Casas, entre ofrecimientos de que tomáramos algo, nos sorprendió diciendo que todavía, en Palacio, dos vecinos se dedican a la trashumancia; si tenemos en cuenta que son tres "las casas abiertas", el porcentaje es esperanzador. Esa tarde Mercedes recordó para nosotros los juegos de su infancia, los saltos de comba, la segala o esconderite, la afición de los hombres a la pelota a mano y el pobre juego del caracol, que consistía, sencillamente, en intentar meter los caracoles vacios por agujeros. Despiertos los chavales de la posguerra, con esa viveza que otorga la necesidad de inventar sus propios juegos y distraer sus ocios, recuerda Mercedes, sobre todo, el deseo de los chavales de la época de ir a charlar con los pobres que pernoctaban en Palacio, sabedores de que llegaban de otros lugares, habían conocido a otras gentes y podrían contarles sabrosas anécdotas. Se cobijaban estos pobres en casa del vecino que tenía la cruz -la tenían unos ocho días cada vecino lo que da idea de la cantidad de pobres que había por aquel entonces- y este vecino tenía la obligación de darles de comer, generalmente sopas de ajo y torreznos. En otros pueblos de la provincia existían las pobreras, cobertizos algo apartados del caserío y que servían de reunión de unos vagamundos que se entretenían recitando los mandamientos del pobre y contándose mutuamente los acontecimientos de su vida por esas tierras recorridas.

Después, con los años y mientras los hombres bajaban a extremo con los animales, llegarían los trasnochos en locales habilitados para ello, mientras cosían, tejían o hilaban. Sin olvidar el horno común, otro lugar de reunión social de la época, mientras se cocía el pan, las tortas de chicharrones o los roscos que todavía le cuelgan al santo en las fiestas que celebran en su honor, el 24 de agosto, y que lucen orgullosos junto con el ramo vestido con pañuelos.


Palacio de San PedroNos acompañó Mercedes a visitar la iglesia, un edificio sencillo, de piedra, pero cuidado con esmero por los pocos vecinos. El pequeño templo está dedicado a San Bartolomé, el cual comparte recinto con una talla de la virgen que llaman "la Maristela", como la del lejano pueblo de Espejón, un ara romana, un cuadro de San Serapio y un retablo dorado donado por los Cuesta como nos dicen sus armas.

El Catastro de la Ensenada nos viene a decir algo más de este entrañable pueblo de Palacio de San Pedro, para una época más remota, a finales del siglo XVIII. Entonces era una aldea del Señorío del duque de Arcos –como casi toda la zona- el cual percibía los diezmos, alcabalas y pedido, impuestos todos ellos. Contaba con 32 vecinos –6 de ellos viudas- que se repartían en 41 casas. No había pobres de solemnidad. El molino harinero, de una rueda, pertenecía a la cofradía de las Ánimas, pero no funcionaba y en el momento de contestar a las preguntas del funcionario, no existían rentas para poder arreglarlo. Había mesón y taberna; esta funcionaba por adra. El Común tenía la propiedad de la casa de juntas del Consejo, la fragua y una dehesa de secano. Además contaban con panadería, médico, cura párroco y un tenedor de cordellates.

Marcelina y Mercedes en el horno de Ventosa de San Pedro Más de ochenta animales para trabajar la tierra y casi cincuenta cerdos, tenían entre todos los vecinos. Pero la riqueza estaba en el ganado lanar. Casi trescientas cincuenta churras, alrededor de doscientas cabezas de cabrío y casi cuatro mil merinas.

Entre los vecinos destacaba don Bernardo Fernández, noble, y propietario de unas 1600 cabezas de ganado y cuatro casas. Y Francisco de la Cuesta, del estado general, pero gran hacendado. Debió ser este señor De la Cuesta el propietario del palacio que da nombre al pueblo y que todavía se mantiene en buen estado de conservación, con las armas en la fachada. En la familia de este apellido se ha mantenido la edificación hasta hace unos seis años. Y también en esta familia se mantiene el vizcondado de Burguillos. Tal vez fue una historia entre la hija de un gran propietario de tierras y el noble, pues todavía la vizcondesa viuda lleva ese apellido: Diodora Cuesta de Quirós. El actual vizconde es Joaquín Murillo de Saavedra Cuesta y reside en Olivenza (Badajoz), algo frecuente en la nobleza que ha estado relacionada con Soria. En Cáceres tienen casa los Abrantes y los Camerana. Un vizconde de Burguillos, como nos afirmó el actual por teléfono, fundó la capilla de la iglesia, donde están sus armas, pero no recordaba nada más de la historia soriana.


Palacio de San PedroHasta despoblado en su término tiene Palacio, de nombre La Losa, del cual era, Palacio de San Pedro, un barrio o anejo sito unos 300 m al Sur, como señala don Miguel Martínez en una reseña histórica de San Pedro Manrique datada el 26-VI-1796, y recoge Gonzalo Martínez en su libro "Las Comunidades de Villa y Tierra Castellana".

Como se ve, cualquier lugar, por pequeño que sea, tiene una historia tan grande como la gente que lo habita.

Móndidas de Ventosa de San Pedro También Ventosa de San Pedro fue del señorío del duque de Arcos, el cual percibía los derechos de alcabala y pedido. Contaba con molino harinero de una sola muela. Y muy parecido número de ganado: 360 churros, 230 cabrío y 3.500 merinas, las cuales pastaban "en invierno en Estremadura y en verano a sus aventuras o aventureras". Era mayor el número de casas habitadas, 70 y también algo más rico el Concejo: casa para las Juntas, fragua, tierras, un prado de regadío por acequia, el aprovechamiento de las rastrojeras y dehesa boyal. Contaba con mesón, panadería y taberna por adra. Y aquí sí había pobres de solemnidad, seis. Tal vez por eso daban la caridad tres veces al año: el día de la Santísima Trinidad, San Juan Bautista y San Roque.

Marcelina recordó también los juegos de su infancia, el esconderite, el ratón y el gato, el jeroba, la afición al juego de pelota a mano de los hombres, el bote-bote, el calderón y el pinga la coja. Nos explicó detenidamente la celebración de las móndidas, que todavía celebran y que serán objeto de otro próximo trabajo.

Despoblado de Rabanera (Ventosa de San Pedro) Y algo más triste, referido al despoblado de Rabanera, muy próximo al pueblo, donde todavía se conserva en pie la espadaña de la ermita y donde ocurrieron uno de tantos hechos lamentables de la guerra civil: el asesinato de unos hombres de San Pedro Manrique. Aunque, en el propio Ventosa, como diría Marcelina, "no se hizo sangre".

 La señora Marcelina

© Isabel Goig

 

La iglesia de Palacio de San Pedro
Iglesia Palacio de San Pedro (Soria)

La ermita de Nuestra Señora de la Concepción, en Ventosa de San Pedro
Ermita de Nuestra Señora de la Concepción, Ventosa de San Pedro (Soria)

Móndidas de Ventosa de San Pedro, 2014
Las Móndidas de La Ventosa de San Pedro, 2014

 

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