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  Sarnago

   Recuerdos de Sarnago

por José Carrascosa Calvo

Sarnago

El zorro y el pato

 

   A partir de los años 40 del pasado siglo, que yo recuerde y antes sería lo mismo, se perseguí con bastante ahínco a toda clase de depredadores y las autoridades abonaban por su captura.

   Veamos algunos de ellos. Los topos eran animales del tamaño de las ratas, pero ciegos y sin cola, estaban siempre bajo tierra, haciendo galerías y sacando la tierra al exterior, para comer raíces y tubérculos, por lo que destrozaban los prados. El Ayuntamiento pagaba 2 reales por la captura de cada uno, mutilándole una pata, para que no pudieses entregarlo de segundas. Por los huevos de urraca un real, que estos, para destruirlos, los chavales los cascábamos en un plato y con ayuda de alguno de gallina nos hacíamos una tortilla. Por las crías de urraca, 2 reales y las urracas adultas 3 reales. Por los cuervos abonaban el doble que por las urracas. Estos animales había que eliminarlos, se comían los huevos de las perdices y los pollos de las gallinas que estaban sueltos y que con sus madres iban a la “errañes” a picotear el verde y alguna defecación de los vecinos, que ese era el cuarto de baño. Los zorros se perseguían de varias formas. Con cepos, lazos, cavando las madrigueras y con estricnina. Para este uso, el Ayuntamiento pedía permiso al Excelentísismo Sr. Gobernador Civil y siempre poniéndolo en conocimiento de los pueblos limítrofes y extremando las máximas precauciones con los animales domésticos. El cebo se colocaba por las noches y el que no había sido consumido era retirado por la mañana temprano. El zorro que lo consumía no andaba más de 15 o 20 metros. Una vez recogido, el animal tenía que ser incinerado para evitar contaminaciones y peligro que pudiese ocurrir. Aunque la piel de zorro era muy apreciada, en los ejemplares capturados por este método no se guardaba ni se vendía, si no que era quemada junto al resto del animal.

   Una vez terminada la campaña, el veneno sobrante era quemado en presencia de la Guardia Civil.

   Cuando al pastor se le quedaba alguna cabra u oveja parida en el campo, la posibilidad de encontrar con vida la cría era muy escasa, ya que la barruntaban con mucha facilidad. La cabra, como tenía cuernos, aún se defendía, no así la oveja que en la mayoría de las ocasiones también era víctima.

   Una de las ocasiones, la víctima fue el propio zorro. Tras pelear con una cabra, metió la cabeza entre los cuernos, quedando atrapado y sin poder soltarse. A la mañana siguiente, fue fácil de localizar la cabra debido a los enormes chillidos que lanzaba el animal al verse con el peso del zorro ya muerto, que con el meneo del uno y de la otra fue desnucado. En las inmediaciones se vieron otros zorros que no se atrevían a intervenir viendo en la situación que había quedado su compadre, que se supone actuaron por separado al llegar estos más tarde. De haber actuado todos juntos no hubiese quedado ni cabra ni cabrito.

   Cuando uno de los cabreros, pastoreaba por las inmediaciones del “cantarral de los Portillejos”, observó restos de pieles de conejo, liebre así como plumas de perdices y un fuerte olor zorruno, buscando por una y otra parte encontró la entrada por donde entraba la madre a alimentar a sus crías. A la mañana siguiente, nos reunimos 6 u 8 mozos y fuimos a su captura. Después de retirar varias piedras, que no fueron pocas, llegamos a ver los cachorros, capturando los 3 que había, aunque la camada suele ser mayor, las distribuyen en varios lugares y de esta forma logran salvar alguno. Después de capturar las crías se apostaron, ocultos y con escopetas, tirándoles de las orejas a las crías para que llamaran a su madre, que no tardó mucho en acudir sigilosamente, siendo abatida por las escopetas.

   Una vez en el pueblo se hizo la correspondiente presentación en el Ayuntamiento para obtener la recompensa prometida.

   Como los mozos estábamos con ganas de juerga, se realizó el correspondiente paseillo, pidiendo por las casas y con lo recaudado organizar una merienda. El que más como el que menos todos daban, al mismo tiempo que agradecían su captura. Las capturas fueron paseadas con el mismo fin por los pueblos de El Vallejo, Castillejo, Las Fuesas y Valdelavilla. En este último pueblo había un pequeño arroyo a al entrada del mismo, en el nadaban unos hermosos patos que todos nos quedamos mirándolos y pensábamos que a la naranja o en pepitoria estarían mucho mejor que en el agua. Al pueblo solo entramos unos pocos, los demás se quedaron junto al humedal, que después de hacer la faena marcharon con el recado para no ser descubiertos. Quedaron un par de mozos para darnos la noticia y no hiciésemos requisa otra vez.

  A la salida del pueblo, camino de Sarnago, como los zorros ya no nos servían, fueron arrojados a un barranco.

   Los portadores del pato, desplumaron o  más bien despellejaron al animal, a la altura de “El Cerro de Jesucristo”, en una pieza de centeno así no quedaban señales por ninguna parte.

   Esa misma noche se cocinó el pato y unas perdices, que otra cuadrilla habían cazado, nos organizábamos de primera, el caso era comer, beber y la juerga.

   El tiempo pasaba y nadie se acordaba ni del pato, ni de los zorros, ni de nada. Transcurrido mes o mes y medio, posiblemente alguien se fue de la boca, llego a oídos del Gabino, dueño de los patos. Sin pensárselo 2 veces, fue a San Pedro y presentó denuncia ante la Guardia Civil. En aquellos años, si el valor del hurto superaba las 250 pesetas era delito. El Sr. Gabino declaró que las patas, por el sentimiento de pérdida del compañero, habían dejado de poner sus correspondientes huevos y el daño causado ascendía a 251 pesetas. La Guardia Civil se puso en contacto con el Juez de Paz de Sarnago y este nos citó a todos los mozos a la sala del Ayuntamiento ante la presencia del denunciante.

   Después de los correspondientes saludos, buenos días, buenos días. Un agente de la benemérita pasó a leer la denuncia completa, vamos que parecía un testamento y casi echa la mañana en su lectura. Cuando finaliza la lectura nos comunica que si no pagamos la cantidad señalada entregará la denuncia al Sr. Juez para este la tramite al Juzgado de Instrucción de Ágreda. Terminada esta entrevista, y vista la causa, se levanta  la sesión después de abonar 3 duros cada mozo. 

   El cargo de Juez de Paz lo ocupaba cualquier pastor o labriego que supiese firmar, era nombrado por el Juez de Instrucción, a propuesta del Alcalde y del Juez de Paz saliente. Sus funciones eran  escasas. Cuando ocurría algún incidente importante, acompañaba al Juez de Instrucción en sus diligencias; como así ocurrió varias veces en el vecino Valdenegrillos. Estos tenían la enfermedad o debilidad de ir al corral de la “Casterilla” y atar una cuerda a la viga del techo y en el otro extremo un ojal donde introducían la cabeza arrojándose al vacío; y en esta posición permanecían, con la lengua fuera, hasta que acudían el Juez y el forense a bajarlo. Este hecho ocurrió varias veces, en una misma familia llegó a ocurrir por partida triple (abuelo, padre e hijo). Otra de las funciones de este Juez, como su nombre indica, era poner paz entre vecinos ante disputas menores y que no llegara a mayores. El Secretario, que era algo más instruido que los demás (que no mucho más), mandaba reunir a ambos vecinos. Acudían al salón del Ayuntamiento acompañados de un testigo por cada una de las partes, exponían sus argumentos delante del Juez. Este, asesorado por el Secretario, mediaba entre los desavenidos y trataba de que llegaran algún acuerdo. ¿Sería por esto que se les denominaba Juez de Paz?

   En las misas celebradas con motivo de las fiestas del pueblo ocupaba un lugar destacado en el banco presidencial de la Iglesia, junto con el resto del Ayuntamiento en pleno. Al igual que el Alcalde, también poseía su “vara de mando”. En las bodas, tenía que acudir a la Iglesia, junto al Secretario y firmar en el acta matrimonial junto al Párroco y los testigos. Una vez concluida la ceremonia el Juez y el Secretario acompañaban a la familia al festejo nupcial.

© José Carrascosa Calvo

 

Las Campanas de Sarnago

 

SarnagoSegún cuentan las personas mayores, las campanas de Sarnago, se fundieron en la pequeña explanada que hay en la entrada de la iglesia. En esta explanada hasta hace pocos años, había un enorme olmo (hacía falta 3 personas para poder abrazarlo) que era representativo del pueblo y que con la enfermedad que afectó a dichos árboles en todo el territorio nacional acabó muriendo. En la actualidad han retoñado varios brotes, que ya miden 3 ó 4 metros y que cuidamos con mucho cariño.

En 1903, fueron fundidas las dos campanas, por parte  Menezo y Haro.

Los vecinos del pueblo, con el asesoramiento de los fundidores, construyeron un horno y unos moldes para su fabricación. Como combustible para el horno se usó leña de sabino, según los fundidores, por su alto poder calorífico. Cada vecino tuvo que aportar 3 cargas de dicha leña. El horno estuvo funcionando 3 días con 2 noches hasta que se consiguió la temperatura óptima de fundición del bronce. Con el fin de conseguir más material, se pidió a todos los vecinos que trajesen campanillas rotas, cencerros, candelabros, etc.  Según los fundidores, para que el sonido fuese bueno había que echar algo de plata y quien más y quien menos arrimó algún duro, que eran guardados con mucho celo en las bolsas de piel de gato, de esta forma podían presumir que una parte de la campana era de su propiedad.

Una vez sacadas del molde fueron levantadas hasta una altura de un metro sobre un trípode de madera. Para el alzado, hasta la espadaña, fue necesario la instalación de una potente polea que trajeron desde el molino del “Rebote” y esta accionada con una cadena. Con esta cadena se conseguía ir asegurando poco a poco su izado y no tuviese retroceso. Se estrenaron el día 22 de Julio de 1903 coincidiendo con el bautizo de Julio Ortega Sáez.

Algunas de las inscripciones que tiene la campana grande, llamada “San Bartolomé” son:

SAN BARTOLOMÉ APÓSTOL, SIENDO ECÓNOMO D. VALENTÍN MIGUEL/ ALCALDE D. GREGORIO MEDEL. JUEZ D. FRANCISCO/ VALLEJO. ME FUNDIERON/ MENEZO Y HARO Y COSTEADA POR EL PUEBLO AÑO 1903.

Aparte de las inscripciones, lleva una serie de efigies y adornos. Varios cordones rodeando la campana. Una cruz en el centro mirando al medio día (hacia el lugar donde está orientada la torre), está rellena de cuadrados alternos. Tienen motivos geométricos a modo de estrellas, y los bordes llevan puntas. El brazo vertical tiene una cabeza femenina y a los lados están la Virgen y San José. Encima de la inscripción central, la Sagrada familia y una palmera, todo esto en bajorrelieve y con sus 42 arrobas de peso.

De la campana pequeña, llamada “Santísima Trinidad”, solo puedo decir que su peso era de 24 arrobas. Los demás datos desaparecieron cuando se rompió el día de Nochebuena de 1941. Para animar dicha fiesta, estaban volteándola cuando se desprendió de su anclaje y cayó al “juego pelota” haciéndose añicos y provocando un gran estruendo. La melena de la campana quedó colgada en la espadaña.

Todo el pueblo se arremolinó para ver lo sucedido, alegrándose que no hubiese ocurrido ninguna desgracia personal. Una vez comprobado el alcance de la desgracia, cada cual volvió a sus quehaceres. Los hombres al Ayuntamiento para recibir el litro de vino con que era obsequiada cada familia para esta noche. Las mujeres a seguir preparando la cena y el remojón. Este consistía en cocer vino, en un perolo, junto con higos y ciruelas secas, orejones de melocotón y manzanas a medio asar; Todo mezclado y aderezado con azúcar y canela. Posteriormente se tomaba en unos pocillos de barro.

En la primavera del año 1942, se procedió a fundir todos los trozos recuperados para hacer una nueva “Santísima Trinidad”.

Se envió a Logroño a la fundición “HIJO DE BENITO PEREA”. De la misma forma que la campana grande, lleva varias inscripciones. EN HONOR DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD AÑO 1942. HIJO DE BENITO PEREA/ LOGROÑO. Debajo de la figura de San José con el cayado y el Niño Jesús. ENCARGADA/ D. SATURNINO RIOJA/ ALCALDE D. CASIMIRO JIMÉNEZ. Cuelga  de un cordón del medio superior una cenefa con motivos decorativos a modo de arquitectura neogótica (arcos y doseles). A las 12, hay un crucifijo en bajorrelieve flanqueado por dos ángeles y hay cuatro cordones en el pie.

Los trozos de la campana se llevaron a San Pedro por medio de caballerías y con el camión de Ramón “El Chupena” se trasladó hasta la fundición de Logroño. Para su regreso volvió en el mismo camión hasta San pedro, desde aquí al pueblo se subió en un carro que el “Tío Sastre”, había construido para acarrear piedras hasta las obras que se realizaban. La llegada a Sarnago fue un acontecimiento seguido muy de cerca por todos los vecinos, pero la desilusión también fue muy grande al ver el tamaño de la nueva campana. ¡Nos han robado! ¡Se han quedado con la mayor parte del material!, ¡Esto no es una campana, bien parece un cencerro para la cabra!, ¡La campana era mucho más grande, esta no pesa las 34 arrobas de antes, ahora no llegará ni a 20! Y otros comentarios por el estilo.

El día de la Ascensión, después de volver desde la Cruz de la Villa de bendecir los campos, se procedió a su consagración (todo el pueblo arrodillado, se rezó un Padre Nuestro y un Ave María) seguidamente se izó hasta la torre. Esta elevación se realizó con una polea traída de uno de los numerosos molinos existentes en San Pedro, todos tenían poleas para poder retirar las pesadas piedras de moler. Una vez acabada la misa se voltearon las campanas a modo de prueba. Para celebrar el acontecimiento, el cura sacó tres porrones de vino de consagrar que fueron muy bien acogidos por los asistentes. Chicos y grandes no nos cansábamos de mirarla. Alguno decía: ¡Bueno, aunque es pequeña, suena bien! ¡Hay que bueno es el vino del Sr. Cura!

Llegó la hora de comer, que en las campanas ya hacía rato que pegaba el sol, por tanto era más de medio día; hubo que esperar un rato más, puesto que con todo el jaleo, las mujeres no se habían movido y la comida estaba sin hacer. Así que tocó aguardar un poco, esperamos con ilusión y alegría. Teníamos nueva campana y el pensamiento unánime era que esta no se rompería.

Con el paso de los años y por falta de mantenimiento la torre fue deteriorándose, un día caía una piedra, otro dos, abriéndose la torre. Por tanto se dejó de voltear la grande, dado el peligro que suponía. En la primavera del año 2001, en un día especialmente ventoso, cayó la espadaña con las dos campanas. La pequeña estaba en desgracia, esta vez se rompieron los anillos por los que se unía al yugo. La techumbre de la iglesia quedó totalmente derruida, así como la pared del campanario, esta última era la que se había usado durante tantos años como frontón para jugar a la pelota. Las paredes laterales aguantan gracias a los contrafuertes exteriores.

Actualmente se guardan en la entrada del Museo como recuerdo del pueblo.

Ya no repican los innumerables toques que tenían. Sirva de ejemplo las llamadas a misa, al mediodía, al rosario, tocando a difuntos, a gloria; llamamientos por parte del Ayuntamiento, convocando a los vecinos para diferentes reuniones o tareas, arreglo de caminos, autorizar la entrada o salida de las caballerías al Ejido o la Dehesa (cuando se vedaba o se levantaba la prohibición sobre el mismo). 

© José Carrascosa Calvo

Las primeras campanas de Sarnago, 1617

 

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