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EL CABALLO DE CARTÓN

 

Abel Hernández

Gadir Editorial, S.L.

Madrid, 2009

La edición de “El caballo de cartón”, como la de “Historias de la Alcarama”, es de Gadir Editorial, S.L., y ha sido premiada por su belleza y pulcritud, acorde con el contenido. La foto de portada es del fotógrafo soriano César Sanz, y el mapa y las ilustraciones de Cristina Ortiz.

 

Nada resulta más romántico que unas ruinas. Las paredes medio caídas, el cementerio cubierto de maleza entre la que se adivina el nombre de un joven muerto -¡quién sabe!- en extrañas circunstancias, y una iglesia, que fue grande y capaz, de la que sólo se mantienen las nervaduras y en un rincón, cubierta por la hojarasca, una pila bautismal que será románica y espera brazos fuertes para ser rescatada del olvido y evitar que, para siempre, se convierta en un pequeño zigurat. Era Sarnago hace veinte años.

Algo parecido vieron un grupo de intelectuales, a final del siglo XIX, cuando se acercaron de excursión hasta el Monasterio de Poblet. La Desamortización por un lado, la rapiña por otro, habían convertido aquel hermoso espacio en una ruina, y ellos decidieron darle vida. Ángel Guimerá y Jacinto Verdaguer entre otros, rodearon de antorchas las ruinas, juramentándose resucitar el monasterio.

Sarnago no se murió del todo, un hilo de ilusión, mimado por algunos sarnagueses, mantuvo al pueblo con algo de vida, reuniéndose cada año, luchando por un poco más de agua, mostrando aquellos utensilios, que nunca más serían utilizados, en las salas de la antigua escuela. Después, llegaría la rehabilitación de las viviendas, la publicación de una revista, la reunión de amigos, actividades que la Asociación de Amigos de Sarnago organiza cada año.

El hilo de ilusión se convirtió en una buena dosis de oxígeno cuando un sarnagués decidió recordar por escrito su vida en aquel pueblo de la sierra, alto, frío y límpido, desde donde se comprende la grandeza de la naturaleza y la dureza del devenir diario. Una dureza que, con el auxilio de la Administración, propició el abandono de sus gentes.

Este hombre es Abel Hernández, reputado periodista, recientemente premiado por Espasa por su ensayo político “Suárez y el rey”. Primero fue “Historias de la Alcarama”, y ahora “El caballo de cartón”. Tanto uno como otro, cuentan Sarnago, dice de sus gentes, de la vida, de la escuela, de la naturaleza, del racionamiento, de la taberna que regentaba la familia en el bajo de la casona que asoma a la plaza.

Dice mi amigo Jaime del Huerto, presto a pintar Sarnago, que ahora, después de leer las dos novelas de Abel, lo hará de otra forma. Abel ha resucitado el Sarnago de los años cuarenta, cincuenta y sesenta y así se ha podido enlazar con los esfuerzos de esta última década. El hilo de ilusión ha dado sus frutos.

Y le ha insuflado vida de una forma natural, como el que cuenta junto a la lumbre, sin alambiques que tan exuberante hacen al relato, sin alardes de cultura enciclopédica, sin magias inexplicables, ni tonterías tan al uso en algunos pedantes. “Caballo de cartón”, como antes “Historias de la Alcarama”, ha sido comparado con la literatura del 98 y con Miguel Delibes. A mí me ha recordado a John Berger y un relato de su “Puerca tierra”, el titulado “También aúlla el viento”:

“A veces cuando oigo el viento aullar en la noche, recuerdo. Había muy poco dinero en el pueblo. Durante ocho meses trabajábamos en la tierra y sacábamos el mínimo necesario para comer, vestirnos y calentarnos durante todo el año. (…) Todos los años, cuando matábamos el cerdo, invitábamos a comer a todos los vecinos, al señor cura y al maestro”.

Más allá de comparaciones con las que se pueda o no estar de acuerdo, la prosa limpia y austera de Abel Hernández no está exenta de emoción aunque, como buen castellano, sostenida. Emoción y crónica que, partiendo de Sarnago, irradia hacia tantos otros pueblos de Tierras Altas, de Castilla, de Aragón,  en las mismas condiciones que Sarnago.

La narración, con el hilo conductor de un diario escrito en la niñez y hallado cuando la vida ya había moldeado al autor, se lee de un tirón (creo que es lo mejor que puede decirse de un libro), aunque después se lamente el lector, pero siempre se puede volver a empezar.

Abel Hernández ha dado vida a don Joaquín, su primer maestro. A Santiago Lasanta, marido de Lucía, quien todavía vive en Huérteles y conserva parte de su belleza, su simpatía y sus ganas de contar la historia de su primer marido. Hace poco la conocí por casualidad. Ha dado vida a una fotografía –la única de las dos que aparecen en la novela- donde veintiocho alumnos rodean al maestro. A sus animales, presentes en toda la narración. Nos hace sentir el frío intenso de la nieve y el calor de la lumbre. Y hasta ha convocado a las úrguras, los pitobarrenos y los culirroyos a fin de que, cada uno en su lugar, vuelvan, mientras se lee “El caballo de cartón”, a dar vida a Sarnago y permitan, como en un largo sueño en color, el encuentro deseado. Es, ni más ni menos, que la magia de la palabra precisa y exacta.

“La primera nevada duraba pocos días, pero servía de ensayo general para el cercano estreno del invierno. El cielo se tornaba oscuro, de “panza de burra”, y cerrado, cada vez más bajo, cayendo a plomo sobre los tejados; los perros se enroscaban en el portal con el morro en el rabo sin salir a la calle, los gorriones se refugiaban bajo las tejas de las casas, y un silencio sepulcral se apoderaba del pueblo, como si fuera una premonición de que pronto estaría muerto”.

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