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HISTORIAS DE LA ALCARAMA

Abel Hernández

Gadir Editorial, S.L.

Madrid, 2008

 

 

Tener ante las manos y ante los ojos una publicación de Tierras Altas, ya es una alegría. Ese espacio de Soria inconmensurable, henchido de alma –que no de almas-, montes viejos y redondeados, vigilantes de valles que recogen aguas y crean pasto ya sobrante, produce sensaciones de grandeza natural, a veces de desamparo y soledad, porque, quien conoce bien esa tierra, sabe que sus habitantes hace ya muchos años que fueron expulsados, como Adán y Eva, del paraíso. Pero a la vez, las redondeces de madre producen un sosiego que se ve acompañado de algunas chimeneas que, aquí y allá, indican, todavía, habitación humana, dispersada por comunidades que se han resistido a abandonar su hábitat.

Desde los años cincuenta, Soria ha ido perdiendo, sin prisa y sin pausa, casi el cincuenta por ciento de su población. Buena parte del resto, vive ahora en lo que algunos llaman, con ironía, la “gran urbe”, la capital. Y los pueblos, sobre todo los de Tierras Altas, muestran desde hace años unas ruinas donde se mezclan papeles amarillentos en el interior de lo que un día fue hogar, con higueras asilvestradas, restos de molinos, zarzas, y alguna cornamenta de animal salvaje que ha tomado posesión de todo el pueblo, al confundirlo con la naturaleza. Una bellísima mezcla de vida y ausencia que, si bien sobrecoge, también hace reflexionar sobre tantas vidas que allí, durante generaciones, nacieron, vivieron y murieron, con todo lo que ello implica.

Uno de estos pueblos es Sarnago, en la sierra de Alcarama, alto, muy alto, con una panorámica que, de ser creyentes, se creería ver desde allí a Dios. Sarnago se despobló y, poco a poco, los que allí vivieron y sus descendientes, han ido rehabilitando o construyendo casas nuevas. Nunca lo abandonaron del todo. Cada año volvían, agruparon los enseres que habían servido para vivir en una sala, lucharon, y lo siguen haciendo, por un camino medianamente digno, por el agua de la fuente, por todo, y poco a poco, han ido consiguiendo cosas, como la fuente, o editar dos números de su revista. Cada logro es una fiesta compartida.

Abel Hernández nació en Sarnago. Allí vivió muchos años, en compañía de su madre –viuda desde muy joven- y abuelos, lo que le proporcionó una infancia riquísima, pues ya se sabe, donde hay abuelos hay sabiduría. Según leemos en la introducción, fue el primer habitante en toda la historia de Sarnago que fue a la Universidad. Su curriculum es brillante, pero ahora nos interesa su preciosa obra “Historias de la Alcarama”.

Hemos de decir, sin pretensiones, que casi nada de lo que en esas historias se narra nos es ajeno, porque, como Abel sabe, hemos recorrido esa tierra con frecuencia, y nos han contado, una y otra vez, cómo se vivía entonces. Pero en realidad, casi todo lo que se cuenta en la vida es sabido, lo que cambia es la perspectiva de cada cual y, sobre todo, la forma de contarlo. Y ahí es donde Abel Hernández consigue una historia –unas historias- narradas con cariño, pero sin nostalgia. Ponderando, aquilatando y ofreciendo el punto justo de alegría en un mundo que debió ser, necesariamente, difícil.

Dirigiéndose siempre a Sara, su hija, le va contando cosas pequeñas para conformar una historia completa. Le habla de los apodos, del oficio de tinieblas (que en algunos pueblos desapareció por las bromas que gastaban los muchachos, clavando las sayas a la madera del suelo), de los trasnochos, de los sorteos de mozos, de la matanza, el estraperlo, de la frugal comida, en fin, del ciclo de la vida en Sarnago, que era el ciclo de la vida en el mundo rural, porque, como dice la cita de Miguel Torga, que abre el libro, “Universal es lo local sin paredes”.

Se vive el libro. Se percibe la solidaridad –hubiera entre los habitantes rencillas o no- ante la muerte de un vecino, cuando todos se unían para recoger la cosecha a la viuda. Se escucha el hacer la leña, con lo cual se conseguía tener el monte limpio. Se confirma la importancia de la escuela en el mundo rural soriano, si algo había fundamental en la comunidad, eso era la escuela, para lo cual colaboraban Concejo y familias. Se escuchan las campanas de San Bartolomé, que, según el estudio exhaustivo llevado a cabo en toda España, sabemos que tienen los nombres de Santísima Trinidad (fundida en 1942) y San Bartolomé (en 1903). Ahora están a buen recaudo, desde que la espadaña se derrumbara en 2001.

Conforme se avanza en la lectura, una confirma lo que tantas veces ha dicho o escrito sobre el mundo rural. Casi todo tenía un porqué y todo era auténtico. El último elaborado en el horno comunal servía para aprovechar hasta el mínimo resto de masa. La matanza del cerdo, imprescindible para ingerir proteínas. Los minúsculos huertos que ofrecían las vitaminas. La caza como necesidad. La escuela como obligación ineludible. La leña, no sólo como calor, sino para mantener limpio el monte. La lectura, o las historias, alrededor de la hoguera, para mantener entretenidos e ilustrados a los muchachos, a la vez que se llenaba el ocio. La pregunta de ¿por qué pagar impuestos si no recibían nada a cambio? El alimento del espíritu a través de la Iglesia, y del cuerpo, con bailes y “echar los novios”, y celebrar las fiestas ¿cuándo? Cuando la cosecha estaba en los someros.

Al final del libro hay un glosario de las palabras usadas, porque estas palabras, que pueden variar de pueblo a pueblo, es otra de las aportaciones a la Cultura, la Antropología y la Etnología.

Por último, decir que el prólogo se debe a Julio Llamazares, el autor de otra novela imprescindible “La lluvia amarilla”, quien quedó impresionado por su visita a Sarnago, hace ya muchos años.

Isabel Goig

El caballo de cartón

Leyendas de la Alcarama

 

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