«El cielo gira». Hacerse mayor Carlos Losilla |
2. La película podría ser un documental, pero también oculta otras cosas. Cierto es que ése constituye un viejo tema, sobre todo en la era de los «falsos documentales», pero aquí resulta insoslayable. Desde su presentación en los festivales de Valladolid y Gijón, tras los premios obtenidos en Rotterdam y París, en Alba y en Buenos Aires, críticos y comentaristas han hablado de la influencia de Víctor Erice y José Luis Guerín, que constan en los agradecimientos junto con Miguel Marías, e incluso algunos han mencionado la huella de Kiarostami. No les falta razón. Sin embargo, no sé por qué, yo he pensado igualmente en Giovanni Bellini, en las numerosas vírgenes con niño que se conservan en iglesias y museos de Venecia. He ahí una tradición, la que presenta a María con su hijo, de largo recorrido en el arte occidental. Y he ahí alguien que se enfrenta a ella con una voz propia y personal, sin despreciarla pero a la vez apropiándosela. Álvarez colaboró con Guerín en En construcción, otra iniciativa del Máster de Documental de la Universitat Pompeu Fabra, y también recoge ecos de El sol del membrillo, entre otras. Pero no puedo olvidar esa voz, la suya propia, que puntúa la película en primera persona. Como Bellini cuando pinta al niño, irreverente, jugueteando con la túnica de su madre.
4. Pero este relato de aprendizaje no sólo mira hacia el interior, a la relación del yo consigo mismo, sino que también se vuelca al exterior. La narración del asedio de Numancia deja paso a los prolegómenos de la guerra de Irak. Los árabes que una vez poblaron aquellas tierras han regresado ahora como inmigrantes. Hay una evidente continuidad en el ciclo de la vida. Al principio, Álvarez encuadra un paisaje de su niñez para comprobar que nada ha cambiado, excepto su mirada. Pello Azketa se está quedando ciego, de modo que el hombre que podría hacer emerger la realidad de aquellas tierras a través de sus cuadros pronto se sumergirá en la oscuridad, como le sucederá al propio pueblo. Lo que está en peligro, pues, es la representación del mundo, aquello que le da vida más allá de sus fronteras. Sin embargo, la cámara toma el relevo y filma los paisajes circundantes como si se tratara de la primera vez, con calma y con respeto, sin forzar su belleza, atenta a sus luces y sus sombras. Un árbol solitario en medio de la llanura. Un despliegue de colores que se gradúan levemente hasta llegar a una loma. La nieve que atraviesa el plano en finas líneas oblicuas. Una tormenta nocturna que surge intermitentemente de la oscuridad... Vuelvo a pensar en Bellini. Y recuerdo las tierras mesetarias de El espíritu de la colmena. Incluso la noche transfigurada de Tren de sombras. Pero también las imágenes de los Straub, la Agnes Varda de los espigadores y la espigadora ... Quietismo, introspección: la sospecha de que las raíces culturales de este país quizás estén en otra parte, muy lejos de donde se acostumbran a situar. Y el deseo de que así sea.
© Carlos Losilla |
El
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