Lorenzo Soler

"Los náufragos de la casa quebrada"

 

 

Documental independiente. 2011

 

A pocos metros de varios centros educativos, cerca de dos polideportivos municipales, a un paso de la plaza de donde salen los examinadores y examinandos para la obtención del permiso de conducir, a cien metros de la Alameda de Cervantes –la Dehesa- y, sin embargo, es el silencio la característica de esta pequeña barriada. Es curioso, pero los sonidos parecen detenerse sin que nada físico les frene, pues las calles son anchas y los árboles estrechos.

¿Será que todavía pululan por el espacio los espíritus de personajes muy solemnes con cuyos nombres se bautizaron las calles de la barriada? Flanqueadas por la del prepósito general de la Compañía de Jesús, Diego Laínez y por la de la venerable sor María de Ágreda, allí están las de los obispos Alonso Velázquez, Honorato Juan, Sebastián Arévalo, y Juan Obispo de Osma. Sólo dos civiles, el uno alcaide muy antiguo de la fortaleza de Soria, Gutier Fernández, el otro el cronista Rioja.

Será, más bien, que cuando aquella barriada se construyó, hará más de sesenta años, vivían allí muchos niños –eran los tiempos de las familias numerosas- y ahora sólo residen cuatro mujeres mayores y dos hombres ya bien creciditos, hijos de dos de ellas. Las casas del Ayuntamiento, unas, y las del 18 de Julio, otras, han corrido la misma suerte, la misma mala suerte, que todas las tierras de Soria, que toda la provincia. Y también podría ser que los muchachos que estudian o acuden a clase en los centros cercanos, guarden un respetuoso silencio ante las casi ruinas urbanas, que son las ruinas más desoladoras que puedan contemplarse.

Ese silencio, esa desolación, ha sido filmada por Lorenzo Soler con la sensibilidad que le caracteriza, un sentimiento que ya portaba en las alforjas cuando llegó de Barcelona y que aquí, al amparo de las murallas y del castillo de Calatañazor, donde más de mil años le contemplan, se ha hecho solidaridad con la situación que vivimos, como antes fue solidaridad con las migraciones humanas, con la marginalidad y con la injusticia.

Al margen de que podamos o no estar de acuerdo con la problemática que viven las tres familias retratadas en la película, aunque sí lo estamos con la angustia en la que se hayan instaladas las cuatro señoras mayores, hemos de decir que el trabajo de Lorenzo Soler logra transmitir muchas emociones con variadas gamas, que obligan, a lo largo de la cinta, donde todas las personas que aparecen quedan retratadas muy bien, a empatizar con las cuatro señoras. A comprender que su mundo está allí, en esa barriada, donde ahora impera el silencio, donde sus hijos nacieron y crecieron, donde los maridos fallecieron, y los nietos iban, y van algunos todavía, a visitarlas.

Ese ha sido siempre su mundo, o mejor, la seguridad, el asiento, desde el que han vivido, porque como queda claro en la película, las señoras están en el mundo real, saben lo que sucede, conocen a quienes nos gobiernan, y saben distinguir perfectamente entre progresistas y fachas.

Y ese marco antiguo que ha dado seguridad a sus vidas, es el que Lorenzo enseña en blanco y negro, pero no porque sea o haya sido oscuro, sino para distinguirlo del montaje paralelo en color. Porque mientras ellas recuerdan y reivindican desde su particular espacio, en el mundo pasan cosas terribles, y eso lo va intercalando el cineasta en color, mientras la voz en of de Manuel Barrios –amigo Manolo- va relatando pausadamente lo que no se sabe si son pensamientos de ellas, de Lorenzo, o del mundo.

El acto fue presentado por Julián de la Llana, gran entendido en cine, y organizado por el Cine Club de la UNED, donde Carmelo García y Roberto González coordinan con muy buen hacer y mejor acierto una programación y unas actividades serias y lúdicas a la vez.

 

Isabel Goig

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