Lorenzo Soler

"Apuntes para una odisea soriana interpretada por negros"

Documental independiente, producción propia asociada con “La Cofradía”. Barcelona. 50 minutos. 2004

Apuntes para una odisea soriana interpretada por negros

Esta vez Lorenzo Soler ha escogido la provincia de Soria –bien conocida por él- para mostrarnos una realidad que también, aunque parezca increíble, ha llegado a estas tierras: la inmigración.

Quién les iba a decir a los habitantes de la Altimeseta que perdieron, en unos diez años, casi la mitad de su población, que un día llegarían gentes de las tierras cálidas a “la ciudad de la indiferencia”, como Soler la llama en su reportaje.

Los protagonistas son originarios de África, negros o personas de color como les llaman algunos, sin pensar que precisamente el negro es la ausencia misma del color. Es este uno de los colectivos de los varios que viven en la provincia, el más numeroso creo que es el marroquí, aunque también han acudido a Soria europeos del Este y suramericanos.

Una, viendo este magnífico reportaje, no puede evitar recordar también sus orígenes sureños y levantinos, aunque sea de la propia península, algo que, puestos a ponderar la mortecina tranquilidad de una zona, da igual, como diría uno de los entrevistados en la película: “cada día se ven más negros y negras y extremeños. Vienen demasiados y de todos lados”.

El contraste entre los setenta años de media de los sorianos preguntados y los treinta años de los negros residentes, da como resultado comentarios rancios y quejumbrosos propios de la decadente tranquilidad, frente a otros frescos y rebeldes de la vida pujante. “De esas cosas no entiendo”, “yo no quiero problemas”, “la gente tiene miedo a salir”, “con lo tranquilos que estábamos”, “se nos apoderarán de nosotros”, “han venido a quitarnos el poco trabajo”, “ten cuidado que vienen esos”, “la cartera... cierra el coche”, “tengo respeto por si me dan una paliza. Antes de la hora de las gallinas ya estoy en casa”. Al otro lado, en el de la vida y el futuro, los comentarios son distintos: “no nos gusta la mirada de la gente que se tropieza con nosotros”, “ya sabemos que cada uno mejor en su país, pero allí no tenemos trabajo”, o la del que fue santero en San Saturio: “Vine a Soria a buscar vida”.

Amigo, de aquí se fueron porque no la había hace ya muchos años. Y a la hora de las gallinas ellos también están en casa porque al otro día tienen que acudir a todos los trabajos que los de aquí, los que quedan aquí, los que casualmente no se marcharon aunque tal vez lo hagan pasado mañana, no quieren hacer.

Pero la voz blanca de una vecina de “la ciudad de la indiferencia” se alza para avisar de que en esta tierra no se quiere otra cultura que la del bar y el botellón, para decir que prima la insolidaridad, para advertir de los peligros que ello conlleva.

Una, también, viendo este magnífico trabajo, escuchando a los negros, escuchando la voz en off de Manuel Barrios, mientras se seca una lágrima, recuerda un día, hace ya algunos años, cuando se enfrentó a una mirada que nunca ha olvidado. Eran los ojos de una de las primeras negras que llegaron a Soria, guapísima, vestida con una hermosa y colorista túnica y un altivo turbante. Una mujer que, sola en mitad de la plaza de Herradores, soportando un intenso frío que tal vez no notara, miraba a los muchachillos sorianos celebrando no sé qué santo, tocando unas guitarras. La mirada que esa hermosa mujer dirigía a los chicos, tal vez recordando a los suyos propios, lejos, muy lejos, contenía toda la tristeza que puede caber en una mirada. Era yemení.

“Aquí se ven cada día más negros”. “Hemos venido a coger las costumbres de ustedes pero es muy difícil”. “Yo ya no salgo, parece que me persiguen o me miran mal”. “No me gusta la mirada de la gente, parece que les vamos a quitar algo”. “Demasiados y descontrolados”. “Algunos se cambian de acera”.

“Por aquí pasó una maldición o tal vez la sombra de Caín.... En otros tiempos había sabios, guerreros, chamanes, y ninguno de ellos fue capaz de oponerse a tan despiadado designio”, dice la voz de Manuel Barrios.

Hace ya varios días, desde que vi este reportaje de Lorenzo Soler, que me fijo más y mejor en los negros que han venido en “busca de vida” a Soria. Ellos son la vida. Jóvenes, ágiles, rítmicos, con África en el corazón y en la cabeza, luchando contra el frío desconocido hasta hace poco, contra la desconfianza de los propietarios de las viviendas, contando los céntimos de euro para que les sobre una parte del salario y poder enviarlo a su país.

Recuerdo una película de Lorenzo, Säid, y veo al protagonista marchándose a su tierra, tras el fracaso en Barcelona, para tratar de arrimar el hombro junto a los suyos, a seguir amparado por esa gran familia que tienen los musulmanes, al igual que los negros, de la que forman parte no sólo los hijos y el marido.

Y una no puede alejar del pensamiento –será porque su niñez sigue jugando también en la arena del Mediterráneo- la canción de Serrat, Pueblo blanco, escuchada una y otra vez en la ya lejana juventud, escapad gente tierna..., y no esperes mañana lo que no te dio ayer.

Isabel Goig


Lorenzo Soler en su estudio de Calatañazor

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Lorenzo Soler

Fragmento de "La mirada de Anna". dirigida por Lorenzo Soler

“Monólogos de un hombre incierto”  (ver documental)

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