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Como dije en una ocasión en la revista Abanco, a Juan le conozco casi desde que nació, en Berlanga de Duero. Es hijo de buena gente (Heliodoro y Aurea) y el mayor de seis hermanos. En una sociedad pequeña como la nuestra, luchando contra corriente en muchos casos, Juan ha hecho, desde siempre, de su capa un sayo, y por cierto que le ha salido un sayo lucido.
Con el paso del tiempo
Kata, además de esculpir, hace discurrir su vida profesional (seguramente
mezclada con la personal), entre los niños, a quienes, vestido para la
ocasión, cuenta cuentos en fiestas, en mercados
medievales y allá donde se le requiere. Con él la chiquillería no se aburre,
tampoco los adultos. Además de escenificarles de maravilla los cuentos de
toda la vida, les enseña refranes, mueve títeres, les
Es, en fin, Juan Catalina, una persona cálida, sensata (hasta ha dejado de fumar), diferente, que dedica su vida a hacer felices a los demás, en un mundo difícil y absurdo, donde necesitamos jóvenes, y no tan jóvenes, como él.
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