Fiestas de San Juan de Soria 2017

Catapán: 7 de mayo - Desencajonamiento: 3 de junio
Lavalenguas: 10 de junio - La Compra: 18 de  junio

Miércoles Pregón
28 de junio

Jueves La Saca

29 de junio

Viernes de Toros
30 de junio
Sábado Agés

1 de julio

Domingo de Calderas
2 de julio
Lunes de Bailas
3 de julio

Fiestas a través de la historia: Cronología Sanjuanera
Julián de la Llana del Río y Joaquín Alcalde Rodriguez

Algo más sobre las Fiestas hoy día llamadas de San Juan
José Ignacio Esteban Jauregui

San Juan, hacer las veces de jurado
Joaquín Alcalde

De la fiesta de ayer 
La fiesta de los barreños

Para los amantes de las Fiestas de San Juan, hemos rescatado estos dos artículos
escritos por don José Tudela de la Orden, en el periódico “La Voz de Soria”,
uno en 1926 y otro en 1927

Fotos de San Juan
(CLICK! par ampliar)

Desencajonamiento

Lavalenguas

La Compra

© de las fotos  mhi

Toros en Valonsadero

La Saca

© de las fotos  mhi

Desde que Soria ha sido Soria

 

Pinturas rupestres en ValonsaderoDesde que Soria ha sido Soria, y algunos piensan que desde mucho antes, las fiestas solsticiales de San Juan han constituido el momento más álgido de su ciclo anual. En perpetua reyerta con los poderes establecidos, que siempre las han mirado con malos ojos, los sanjuanes han sufrido a lo largo de los siglos continuos ataques. De ellos emana un aura de rebeldía e iconoclastia que, ya desde sus orígenes, los estigmatiza como cosa non sancta.

Las transformaciones, por lo tanto, han sido frecuentes, como frecuentes han sido los intentos de reglamentar, encauzar, controlar, lo que de por sí ha de ser, y en gran parte continúa siendo, un rito inmemorial, un canto a la vida y a sus potencias genesíacas.

Lo mejor de los sanjuanes, y eso lo sabe cada soriano de a pie, no es lo formal, lo establecido, lo consabido, lo que viene en letra gorda en el programa de fiestas, sino lo que queda, lo que hay detrás, lo que nadie puede cortapisar ni tasar: el jolgorio, la alegría, el exceso, el gozo de vivir. Un retorno al paganismo mediante el vino, la promiscuidad o el contacto con un animal totémico como es el toro.

Cada siglo ha traído un nuevo peligro. La tentación constante de cuantos estamentos civiles o religiosos han existido ha sido la de restar días al festejo, controlar los gastos (siempre considerados excesivos), ponerlos bajo la advocación de un santo o de una docena de ellos, legislar los más nimios detalles, trufarlas de elementos extraños copiados a veces de otras fiestas, de otros lugares.

La "mala salud de hierro" de los sanjuanes es, pues, un misterio. Por qué sobreviven contra pronóstico pese a todo? Hay sin duda un entrañamiento en el pueblo que puede que les venga por haber sido fiestas del común, siempre refractarias a la jerarquía o la autoridad. Muchas de las instituciones sanjuaneras, distorsionadas por esa eterna intromisión autoritaria, son todavía recuerdo del período medieval, cuando la ciudad era la cabeza de una Comunidad de Villa y Tierra de la Extremadura castellana y se regía por usos y costumbres forales.

El Jurado, cuando era elegido o sorteado, recordaba todavía a los Alcaldes de Barrio que regían los destinos de las colaciones en que estaba dividida la ciudad. Muchos han visto en el origen de unas fiestas que siempre se han llamado "De Calderas" en lo que ahora es sólo un remedo endomingado: la comida comunal en la antigua dehesa boyal de San Andrés, donde ricos y pobres consumían a la pata la llana la carne de toro condimentada y donde se lo pensaría muy mucho en acercarse cualquier poderoso "a probar". Eran otros tiempos… Cuando las mesnadas concejiles regresaban de las batallas contra el Islam y el pueblo celebraba su vuelta cocinando en esas calderas emblemáticas que figuran todavía en tantos y tantos escudos de armas.

La celebración de la caldereta foral en la dehesa debió de ser idéntica a las todavía perviventes en la geografía provincial y es curioso como la pérdida de sentido de esta fecha hizo bascular el calendario sanjuanero hacia el Jueves, fecha solsticial, y hacia Valonsadero, monte perteneciente también a la Comunidad de Villa y Tierra.

Ya entrados en el siglo XXI, la fiesta, en perpetua agonía, sigue transformándose y sigue latiendo bajo la superficie. No podemos aventurar cuál será su porvenir y si la actual transculturación y mestizaje que las olas migratorias aportan acabe introduciendo novedades en las mismas.

En cualquier caso siempre habrá la fiesta oficial y la fiesta popular, la que va por debajo, la que se nutre de la intrahistoria y nos retrotrae a nuestro pasado inmemorial, al venero de los sorianos que fueron y que siguen viviendo en nuestros genes.

© Antonio Ruiz Vega, 2002

Las Fiestas de San Juan en 1965

 

Dibujo de José Alfonsetti (1901)Sabed que la Compra del Toro, celebrada hace pocos días, es invención reciente; sus bengalas y caballistas pura filfa sin tradición. En verdad, en verdad os digo que no dibiérais permitid en ella bufonadas indignas del carnaval. Pero también os diré que no me estorba, siempre y cuando no reste prestigio a las bravas y paganas fiestas de San Juan o de la Madre de Dios, que siguen a continuación. Fiestas celtibéricas, sorianas y numantinas del solsticio, acompañadas por todas las estrellas que se ven en las noches claras y por un sol excepcional que compensa de todo el opaco invierno de la ciudad. No hay programa impreso de estas fiestas. Para qué, si todos los habitantes del Duero pueden recitarlo dormidos. Yo voy a recitarlo, también, ahora.

En la Tejera hay algunos sorianos jaques que costean la manuntención de su yegua todo el año, no más que para lucirla el Jueves La Saca por la mañana, aunque la burguesía se haya habituado a ir al monte en coche y autocar. ¡Qué airosos los caballistas! Pero, aún más que los señoritos de Soria, los castizos de Las Casas y Villaciervos, que llevan sobre la grupa a sus mozas, más seguras en el galope tendido sobre el asfalto que lo que irían las raptadas sabinas camino de Roma. ¡Y con borlas de colores muy majos, en la cincha de la caballería! A veces, los toros dan disgustos. En el patio de la Posada de la Gitana, el veterinario curaba un cornalón a una jaquita que parecía tallada en ébano, y había que ver llorar a su dueño, el mayorazgo de Horche. ¡Qué jaque y qué serio, caballero en su rocín, iba el Cascante, sereno de la ciudad! Había traido los toros y los cabestros hasta arriba del fielato y galopaba luego por el Collado de sus mayores y de sus noches de servicio. Al balcón del casino se asomaba una pareja de ingleses. Por la tarde, vaquillas en la plaza, vaquillas bravas que acometen y revuelcan.

En la mañana del Viernes de Toros, desfile de cuadrillas precedidas de chicos llevando el cartel, otro con la bota de vino, detrás los señores jurados y los cuatros, más solemnes que las señorías de Venecia. Los carteles hablan de barrios perdidos, de Sorias náufragas en el siglo XVII: "San Blas y el Rosel", "Santa Catalina y San Pedro"... Feliz aquella cuadrilla que pudo contratar a los famosos dulzaineros de Vildé. A las nueve de la mañana, la plaza ya se llena con los paletos de los pueblos, que han llegado a Soria al amanecer, se han posesionado del graderío y durante un día saciaran su necesidad fisiológica de ver morir toros, de verdad, a placer. Se aprietan en el callejón a hora temprana, provistos de botas de vino y de garrotes, para pegar al toro cuando se aproxime, y apalear a los torerillos si no aciertan. La gente numantina revierte a la Celtiberia, se hace vinosa, iracunda, borracha de sol, arbitraria.

Los toros de Valonsadero cumplen, y no en puyas, porque no hay piqueros, pese a lo cual, esto no es exactamente lo que se denomina en el tecnicismo taurino "novillada económica". Los novilleros tienen que habérselas, no con novillos ni erales, sino con animales de muchas arrobas, sin el ahormado que dan las varas. Sudan, se esfuerzan, se ganan un garrotazo del carnicero de la blusa negra y del palurdo de Almenar, entran a matar con toda su alma, y suelen acabar ilesos, milagrosamente ilesos. Con el que no pueden es con el toro de la cuadrilla de "La Blanca", un animalote grande y negro, majestuoso como un Apis sagrado, y lo devuelven a los corrales, donde - nada de puntilla en un burladero - es muerto a tiros de máuser por la benemérita.

Mientras los sorianos van a comer, la muchedumbre pueblerina no se mueve de los tendidos; deshacen los envoltorios de jamón y tortilla en escabeche, aprietan las botas de vino. Otra sesión a la tarde, hasta que se rematan los doce toros. Al final, como si cada mes del año hubieran visto una corrida de un toro. Ya no se corren por las calles de Medinaceli torazos con las astas embreadas de tez ardiendo, y los ocilitanos han venido a Soria.

En la tarde siguiente, la del Sábado Agés, los chicos teníamos derecho a merendar pan, queso y vino en las cuadrillas. En garajes y corrales se había descuartizado a los toros, y los cuadrilleros subastaban sacerdotalmente los despojos: el solomillo primero y el solomillo segundo; las patas, los testículos, el rabo, los cuernos y la piel. Mejor dicho, no piel, sino una pura criba, antología de sablazos, pinchazos y descabellos.

"¡A ver
en qué está ese cuatro
que hace tanto rato
no da de beber!",

Las señoras putas recorrían las cuadrillas, agasajadísimas por los cuatros, y los chicos las mirábamos embobados, sin perder ripio de los bromazos groseros, mientras nos aventurábamos a pujar unas perrillas por los cuernos o por el rabo, que yo obtuve en el año 1924 por treinta y cinco céntimos, volviendo a casa más ufano que si hubiese sido el matador. El bizco de Arenalejo se llevaba las patas para que sus hijos se dieran un festín, y toda la bravura del morlaco se desparramaba en estropajos sanguinolientos y el vino de Lumpiaque corría para animar las pujas.

El Domingo de Calderas es el máximo día de Soria, harto más señalado que el 2 de octubre del Patrón. Los sorianos estrenan traje nuevo, las mozuelas se engalanan y hay que ver como arde el rumbo y la majeza. Las Calderas, repletas de carne de toro, con huevos duros y pimientos, se adornan con charrería de flores, con muñecos, con maquetas del Ayuntamiento y de Santo domingo, trabajadas durante meses por los honrados artesanos locales. Todos se han esforzado por solemnizar este último espíritu del sacrificio del toro de San Juan, cuya sangre y carne son comunión de este rito absolutamente sagrado. Procesionalmente, y precedidas de los dulzaineros, van las cuadrillas a la Dehesa, para repartir las tajadas, que el buen soriano debe engullir allí mismo, a la vera de los jardines, con el litro de vino que regala la cuadrilla. También dan un bodigo o libreta de pan a los que entraron en fiestas. Los pobres tienen derecho a la ración de caldera, que se les sirve, aún más lógicamente, en la plaza de toros; pero no les dan carne de astado, sino del inocentísimo cordero, como si los menesterosos no tuvieran derecho a nueva sangre y nuevos bríos con el alimento del toro sagrado. Por la tarde, bailes y jolgorios.

Al día siguiente Lunes de Bailas, más jolgorio y más bailoteo. La noche es encendida y propensa al desliz; sabido es que "la moza que sanjuanea, marcea", y para marzo quedan los premios a la natalidad y a las familias numerosas. En fin, viénese encima un triste martes, martes en que suelen fallecer los sorianos más recalcitrantes. Con toda naturalidad, el médico de cabecera redacta la certifición de muerte, no por embolia ni congestión cerebral, sino "a consecuencia de haberse concluido las fiestas de San Juan o de la Madre de Dios".

Este capítulo sirve como programa oficial de festejos. Vale.

Juan Antonio Gaya Nuño (El Santero de San Saturio)

Del solsticio de Verano y de cómo lo festejan las gentes de Soria

 

Camino de Soria (1925) AHP Soria, fot.208 (Archivo Carrascosa)Afortunadamente para todos, ya se va enterando este país: en Soria se celebra el solsticio de verano. Desde hace siglos. Cada año. Desde hace 5.000, dicen los estudiosos de las pinturas rupestres de la Cañada Honda en la Dehesa de Valonsadero.

Fiestas de la plenitud del tiempo, de la eclosión de la naturaleza, de la fecundidad, de la libertad, del toro y la sangre, del vino, del fuego, del sexo y del sol... Cuando quisieron cristianarlas hubieron de dedicárselas a las bodas de la Virgen y a su maternidad (ahora, por decirles algo, las llaman de San Juan).

Fiestas del común, del estado llano, de los hombres buenos, de la fraternización, de la comunidad, de la participación, del poder de los más, de la libertad...

Las quisieron suprimir en tiempos los obispos porque se hacían cosas feas. Y las autoridades porque el personal se desmadraba. Pero se les advirtió a tiempo que:

"Podrá faltarnos el pan
y podrá secarse el Duero,
pero arde Soria primero
si no hay fiestas de San Juan".

La gente que entra en fiestas, para organizarlas, se divide en doce barrios. En cuanto despunta la primavera elige sus jefes: jurados, juradas, mayordomos, secretarios, cuadrilleros, servidores de damas, sacadores de mozas...

Y el primer domingo de mayo, se celebra ya fiesta, que se dice del Catapán. seguida a poco de la Romería de Lavalenguas.

Y otro domingo se va la gente al monte de Valonsadero por San Juan de madrugada, a ver salir el sol, a almozar, a encerrar los toros y a comprarse cada barrio uno.
Luego otro día, el jueves, a campo través, se traen a la plaza.
Se lidian los doce, al día siguiente, mañana y tarde y se matan.
Y el sábado se reparten entre los vecinos las tajadas.
El domingo se hace procesión con las Calderas de cocerlas hasta el parque a comérselas.
Y el lunes bajamos todos a la pradera de la orilla del Duero, a bailar.
Fiestas del solsticio de verano. Déjame terminar con su evocación estas notas, los apuntes y el viaje.
Porque resalte más el contraste:

pobreza, impotencia, emigración, tristeza,
resignación, soledad, rutina, represión,
decrepitud mental, agonía biológica,
miseria espiritual

pan, empuje, fuerza, vida,
progreso, sol, vino, sexo,
creación, fiesta,
libertad

Una opción, una apuesta y un reto en la vieja Castilla que se acaba.

Avelino Hernández (Donde la Vieja Castilla se acaba)

Las Fiestas de San Juan y James Home

 

Domingo de Calderas

Caldera de La Cruz y San Pedro (1910), AHP Soria, for.2289 (Archivo Carrascosa)Repican, muy de mañana, las campanas de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Soria, para glorificar la Dominica.

Haciéndolo bien, aun resuenan poco si han de cantar el aleluya que merece día tan señalado.

Las trompetas de la Fama deberían hacer coro a las campanas para loar como se merece el acontecimiento.

Ahí es nada. Es Domingo de Calderas, día en que nadie, absolutamente nadie, rico o pobre, indígena o forastero, nadie, lo que se dice nadie, deja de tener a su disposición una sabrosa y abundante pitanza en la Cabeza de las Extremaduras.
Un año tras otro, una vez y otra, desde donde el recuerdo alcanza, sucede tal cosa.

La honesta probetería local, no vacila en dar honrada fe de ella acudiendo a la plaza de toros a recoger la tajada que regala el M. I. Ayuntamiento con el recuerdo de tiempos más felices en que pudo pagarla, y con el reconocimiento hacia los que en el adverso se la proporcionan.

Los de otras tierras que, acaso, de la necesidad hacen industria, o que por desgracia viven en la indigencia, mal cubiertos con pobres harapos, con suciedad y desvergüenza, noticiosos de que aquella mañana podían comer gratis y sin necesidad de alargar la mano para solicitarlo, acuden de luengas tierras para disfrutar del agasajo.

Rafael de Arjona (Las fiestas de San Juan y James Home)

Cuatro Libros

Enlaces

(pulsar sobre el librillo para abrir la ficha)

 

CLICK!!De la Saca a las Bailas. Ni usos ni costumbres, Joaquín Alcalde

CLICK!!Las Fiestas de San Juan y James Home, Rafael de Arjona

CLICK!!Diccionario de términos sanjuaneros, José A. Martín de Marco

CLICK!!El Santero de San Saturio, Juan Antonio Gaya Nuño

CLICK!!La Saca, Emilio Ruiz (no hay ficha)

 

 

 

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