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JOSÉ TUDELA, LA PERSONA Y SUS ESPACIOS
Isabel Goig Soler

Soria, 2010

 

A final de julio, en la Sala de la Fundación “Gaya Nuño”, tuvo lugar, a cargo de, presidente de la Diputación Provincial de Soria en funciones, Antonio Pardo, la presentación del libro “José Tudela, la persona y sus espacios”. La presentación coincidía con la apertura de una exposición sobre Tudela, organizada por el “Gaya Nuño”, con el mismo título que la publicación.

El libro, que ha editado la Diputación, pretende, sobre todo, dar a conocer una selección de artículos y trabajos que don José Tudela publicó a lo largo de su vida en distintos periódicos, entre ellos, y con mayor asiduidad, en “La Voz de Soria”, publicación de la que fue uno de los fundadores.

Doña Cecilia HerreroPor ello, de las más de cuatrocientas páginas, doscientas cincuenta están destinadas a recoger esos escritos y a tratar de ampliar una bibliografía de la que ya se ocupara, en tiempos, el archivero municipal José Antonio Martín de Marco.

En el resto, se pasa repaso a la Soria de la época de Tudela, hasta 1936, a la propia biografía del personaje y de las personas que fueron para él muy queridas. En primer lugar su propia esposa, doña Cecilia Herrero, mujer notable para la época, que unió, a su cualidad de esposa de intelectual y madre de cuatro hijos, la de su propia intelectualidad, como mujer universitaria y docente. El hermano de doña Cecilia, don Bernabé Herrero, amigo íntimo, además de cuñado de don José, de quien se ha tratado también de ampliar su bibliografía. Y por último de doña Inés Tudela, mujer cultísima, que ha dedicado buena parte de su ya larga vida, al cuidado de todo aquello que lleva el sello Tudela-Herrero.

José Tudela en Méjico

“La tertulia de los cráneos”

(...) de aquel grupo de amigos inseparables de los años veinte y parte de los treinta, surgiría una tertulia, llamada “de los cráneos” por las personalidades que en ella participaban, y que perduró hasta la muerte de don José Tudela.

En el año 1965 se publicó una edición reducida –reducidísima diríamos- de los personajes que componían la “Tertulia de los cráneos”. Se tituló RETRATOS Y SEMBLAZAS DE UNA TERTULIA SORIANA. Con poesías de Virgilio Soria y dibujos de Enrique García Carrilero. En la página de créditos dice Tudela: “Como albacea de esta publicación cúmpleme agradecer a don Fernando Tordesillas el celo y la generosidad que ha puesto en ello”. El Depósito Legal –que lo lleva- es M-10.730-1965. Está impreso en Tordesillas, organización Gráfica. Sierra de Monchique, 25. Madrid. En la siguiente página se lee: “De este Album se tiran tantos ejemplares como personas figuran en él. Es, pues, de carácter absolutamente personal y restringido. Su finalidad no es otra que conservar el recuerdo de amistades bien cimentadas a lo largo de los años en nuestra tertulia de Soria.

Don José Tudela se encargó de hacer la introducción, que llamó “Testimonio”. Dice así:

“Con gran dolor, con religiosa unción, cumplo ahora la primera parte del encargo que Virgilio me hizo en el Hospital de Soria, ocho días antes de morir, al entregarme una carpeta de poesías, todas ellas dedicadas a personas y paisajes de nuestra tierra.

Su deseo era dar esas poesías a la publicidad, como cordial ofrenda a seres y paisajes por él tan queridos.

En la carpeta había dos cuadernos y algunos papeles sueltos: todos ellos eran poesías escritas y corregidas por su mano, algunas muy recientemente, como su último retrato, copiado, corregido y fechado por él aquel mismo día y en aquel mismo lugar: En el Hospital de Soria, a 28 de julio de 1964.

Este primer cuaderno lleva por título el de este librito y, a su frente, la misma advertencia preliminar explicativa de su corta tirada, que, con sus “Retratos y Semblanzas”, forma la primera parte de su fraternal encargo.

Desde el verano anterior habíamos proyectado hacer un folleto, juntando los “Retratos y Semblanzas” poéticas de Virgilio con los retratos que, a los mismos amigos, nos había hecho el lápiz de Enrique García Carrilero, cuyos dibujos formaron el principal núcleo de la exposición de retratos de amigos y familiares que hizo en la Casa de la Cultura el verano anterior.

La segunda parte de su último encargo fue la de publicar, en otro fascículo, los demás versos, que, Dios mediante, verán la luz el año que viene, después que recoja, en las colecciones de los periódicos locales, otras poesías y trabajos suyos, para enriquecer el parvo original de este segundo cuaderno.

Por haber sido Mariano Granados su más viejo y más entrañable amigo, su compañero inseparable de andanzas juveniles, y a quien dedica el primer retrato poético de esta colección, va también, delante de esta semblanza, la conmovedora y poética ofrenda que, al conocer su muerte, Mariano le dedica desde Méjico. Faltan en esta serie semblanzas de otros amigos desaparecidos, a quienes recuerda en su impresionante poesía, acaso la mejor de todas, titulada Tumbas, presintiendo su fría compañía en tierra de El Espino –Alfredo, Adolfo, Blas, Fernando... y, en tierra extraña, Bernabé`[Herrero], cuyo recuerdo aflora también en otras poesías del segundo fascículo-, y cuyas imágenes gráficas incorporaremos a éste de ahora, verdadero relicario de una ferviente amistad”.

La galería de estos ilustres, ilustrísimos, personajes (y pongo el acento en el adjetivo más si cabe, porque a lo largo de este trabajo tengo argumentos para usarlo, explíquese cómo, de no ser así, se reúnen 24 personas, 24 intelectuales, quienes formaron una tertulia donde intercambiar ideas, hablar educadamente y enriquecerse mutuamente), comienza con un retrato de Virgilio Soria Montenegro (10) y un autorretrato poético porque “yo no me fío ni un pelo de la Historia/y no quiero trifulcas con mis historiadores,/os cantaré yo mismo las preces y loores de ese gran “cocinero” que es... Virgilio Soria”.

Le sigue una caricatura de Mariano Granados Aguirre (11), realizada por Pedro Chico, en noviembre de 1922, una poesía del mismo Granados, fechada en Méjico el 4 de septiembre de 1964, cuando supo de la muerte de Virgilio Soria, quien, por cierto, como el propio Tudela dice en la introducción, es el autor de todos los poemas de esta publicación, a excepción del anteriormente mencionado.

Siguen desfilando Agustín Muñoz Carrascosa, profesor de Latín, pensativo, sentado en un sillón de mimbre. Agustín Pérez Tomás, oftalmólogo y jefe del Servicio provincial de Ganadería: “Del contertulio “finado”/Agustín Pérez Tomás,/desde que en suerte le cupo/que le hicieran diputado/¡ya nunca jamás se supo!/¡ya no se supo jamás!”.

Anselmo Romero Marín (12), el buen pedagogo. Carlos Hinojar Pons (13), gran amigo de don José Tudela, elegantísimo, con traje cruzado, abrigo ¿o capa?, y en las manos cruzadas un sombrero cordobés.

Clemente Sáenz García (14) el geólogo, ingeniero de Caminos, padre de otro Clemente, muy amigo de Inés, la hija de don José. El autor de todos los dibujos, Enrique García Carrilero (15). Epifanio Ridruejo Botija, el banquero, y Eusebio Brieva Bartolomé, que emparentarían en la siguiente generación. Gervasio Manrique de Lara (16), con gesto grave: “Bien sabido y bien probado/es en las tierras de Urbión/que los Manriques de Lara/hombres mesurados son”.

El ingeniero de Montes Isaac Díez García. El longevo galeno Jesús Calvo Melendro, sonriente como casi siempre (17). El arquitecto José María Barbero: “Apenas si se le ve/José/en todo el verano un día/María/cual pájaro volandero/Barbero./Porque vive prisionero/arquitecto de altos vuelos,/siempre alzando rascacielos/José María Barbero”.

José Tudela de la Orden, de quien colocamos en el lugar que le corresponde: -“Lo que han escrito sobre él-, el poema completo que le dedicó Virgilio Soria. Le sigue el gesto pensativo, ensimismado, de Juan Antonio Gaya Nuño (18): “La afirmación de Darío/de que ya no queda un Nuño,/es ripio y es desvarío,/porque aquí, del mejor cuño,/tenemos uno de a puño/¡Repuño!:/Juan Antonio Gaya Nuño”.

Mariano del Olmo Martínez, médico, de ilustre familia soriana, cuya descendencia todavía reside en ella, y de quien afirma Inés Tudela recibieron mucha ayuda en momentos difíciles, “Rasse la tete a la russe/on arrive Don Mariano/-Mens sana in corpore sano-/soñando con el Larousse./Penetrante, conceptual,/polígloto, intelectual,/satírico, volteriano/y “cranio” este Don Mariano/filósofo de la Dehesa,/con fe, entusiasmo y pasión/nos explica una lección/sobre la Revolución/Francesa”.

El arqueólogo Ricardo de Apraiz (19), bonachón y saludable, precede a Teodoro Rubio Giménez (20), el fino poeta, y él a Teógenes Ortego (21): “Por allí viene, Teógenes,/quien descubrió el otro día/el sepulcro de Retógenes/en una cueva sombría”. Y por último Victoriano Maestro Herrero “cierras mi juego poético/con broche de oro soriano”.

Aunque el final del poemario –que no de la publicación- es el último poema que escribiera, en el Hospital de Soria, Virgilio, siete días antes de irse para siempre:

 Nunca he matado una mosca.
Nunca he faltado a un amigo
y pongo a Dios por testigo,
que a nadie le hice la rosca.

De lo que siempre se dijo,
que un varón debe de hacer,
está bien puesto en mi haber:
Un libro, un árbol y un hijo;
y si de forma sencilla
llevé a cabo fin tan alto,
creo poder dar el salto
y marcharme a la otra orilla.

Sigue, en esta preciosa publicación restringida a los personajes que componían la tertulia, cuatro páginas debidas a la pluma de Gerardo Diego, de las que extractamos lo siguiente:

“Aquella tertulia sedente o ambulante de los inviernos, de las primaveras, de los otoños sorianos. Tertulia abierta al recién llegado sin más credenciales que las de exhibir una sencillez y humor juvenil que acordase con las de sus cofrades preexistentes. Horas de la prima tarde o, llegado el buen tiempo, de la noche, sobre los divanes y junto al venerable piano de cola donde el Ballenilla de turno o el Gerardo de aluvión dejaban divagar sus dedos. Levantamiento del sitio, los contados días de asaltos femeninos para improvisar un baile en vísperas más o menos remotas de carnaval. Paseos por los amplios corredores del Casino, olorosos a tabaco decimonónico, cuando la crudeza del aire invernizo no toleraba bromas. Caminatas al Mirón, por la carretera de Pico Frentes o por la de Ágreda cuando el tiempo convidaba a gozar los colores y los aromas de primavera o de otoño. La conversación no cedía. Y Mariano reía a carcajadas relatando anécdotas de don Pascual o de Ayuso, y Blas sabía detrás de su sonrosada seriedad visigótica encontrar la palabra justa para definir un palurdo o un hacha prehistórica, y Alfredo recordaba un lance de don Antonio Machado, y Pepe volvía de su Segovia y sin duda por la fuerza del consonante volvía con novia.

Un poco más allá las otras tertulias, las de los señores con barba: los Artigas, los Maés, los Castellarnau (22), los seniores a quienes respetábamos y queríamos, pese a algunas bromas juveniles que habían de cuajar en los números descocados de La Cotorra. La Cotorra se redactó íntegra en los sábados del Numancia, y entre Mariano, Bernabé, el siempre fabuloso benjamín de la tertulia, los hermanos Soria y el abajo firmante llenábamos sus buscadas páginas de alegría y eutrapelia.

Yo, por desdicha mía, no participo hace demasiados años de la inmortal tertulia, ahora cobijada en la Dehesa; me consuelo pensando y sabiendo que allí me aguardan siempre y que con el menos pretexto volveré a sonar y a revivir glorias del alma e ilusiones del corazón compartiendo con mis amigos, los de mi tiempo y los nuevos, las esperanzas, los proyectos, las colaboraciones de una perpetua juventud, a la que sigue asistiendo, perteneciendo, y desde este libro más que nunca, el poeta Virgilio Soria”. GERARDO DIEGO

Un apéndice de esta publicación enseña los retratos, realizados por Enrique G. Carrilero, de tres contertulios más que quedaron sin semblanza poética de Virgilio Soria: Blas Taracena Aguirre, Fernando Detraux y Miguel del Río Cabrera, y finaliza con un poema titulado “Semblanza de Luis Garcés González”.

Isabel Goig 

José Tudela en Páginas de Etnología

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