Una mirada al pueblo saharaui
César Sanz Marcos

 

Exposición realizada en junio de 2005

Cuando la Asociación Soriana de Amigos del Pueblo Saharaui invitó a niños de aquel casi olvidado rincón de la Tierra a visitar Soria, el fotógrafo César Sanz aprovechó para hacer retratos de ellos. Sea ese u otro el comienzo de la relación entre el Sahara y César, el resultado de esa amistad es la exposición que hoy recomendamos.

Aquel pueblo que un día perteneció administrativamente a España, lleva treinta años pidiendo un referendum que clarifique su futura trayectoria, tras el abandono a su suerte por parte de las autoridades españolas, y otros tantos años padeciendo que otras autoridades, esta vez las marroquíes, lo impidan sistemáticamente. La situación, en estos momentos, parece grave. Se denuncian todo tipo de atropellos, llegando al caso reciente de impedir, en dos ocasiones consecutivas, la entrada de una comisión formada por parlamentarios y periodistas españoles.

Nada de esto aparece reflejado en las fotos de César, porque el fotógrafo ha pretendido mostrar la alegría de vivir de un pueblo, a pesar del sufrimiento y el abandono.

Por eso, las fotos muestran la perfección de los rasgos de los habitantes, la belleza impecable y la serena resignación de un pueblo mientras realiza el acto de vivir. Aparecen fabricando adobes, en la escuela, pintando teteras, preparando el té, bailando, esperando al señor cura y al médico, remendando zapatos, confeccionando trajes, esperando la compra del pan a través de una pequeña ventana, jugando al balón en la arena, todo rodeado de arena, arena por todas partes. Estamos en el desierto.

En el catálogo que regalan en la sala, puede leerse todo un compromiso de César Sanz con el pueblo del desierto: “Mi viaje, mi cura de humildad toca a su fin. Trepo a un pequeño otero desde donde diviso Smara, al atardecer. Observo grupos de visitantes apurando los últimos momentos con “sus niños”. No dejo de asombrarme, una vez más, de la voluntad de un pueblo que ha sido capaz de construir desde el exilio –en uno de los lugares más áridos del planeta- un espacio común habitable. Aunque sea un campo de refugiados, una reserva sioux, es de momento, su hogar. Mientras yo tenga un ápice de sensibilidad, contarán con todo mi incondicional apoyo”.

Por su parte, Emilia Jiménez, presidenta de la Asociación Soriana de Amigos del Pueblo Saharaui, deja también su propio sentimiento hacia estos niños en el catálogo: “(...) No deberíamos olvidar la deuda que tenemos contraída con el único país árabe que habla castellano. Yo, como otros españoles, tenía olvidada esta parte de nuestra historia hasta que conocí a una de las (tantas) familias que cada verano acogen niños y niñas saharauis. Hace cinco años que comencé a hacer lo mismo, que empecé a recibirlos en mi casa, y la experiencia ha sido muy enriquecedora. Estoy deseando ya que llegue el mes de julio para tener en el seno de mi familia a uno de estos niños que tanto nos alegran, con sus sonrisas y su cariño, los dos meses que permanecen entre nosotros”.

Con lo dicho, y conociendo el buen hacer de César Sanz, volvemos a recomendar una visita a esta exposición y, si es posible, la adquisición de un libro-catálogo, cuya venta ayudará a ese pueblo olvidado.

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