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  Covaleda

   «¡Covaleda: 93 casas ardiendo!»

por Pedro Sanz

Con este bronco titular abrió su edición El Avisador Numantino aquel 8 de septiembre de 1923, ofreciendo una detallada reseña a dos columnas y cuatro páginas del pavoroso incendio que acababa de destruir el pueblo de Covaleda: «Por telegrama recibido en el Gobierno Civil en las primeras horas del pasado jueves, súpose que se había iniciado un terrible incendio...», explicaba el artículo.  

También decía mi abuelo —hablando del vino— que a quien le gusta el tránguilis fortis, no lo deja ni en artículo mortis… y esto, además de ser cierto, parece que fue la causa original de tan enorme tragedia: la afición al zumaque por parte de una mala vecina.

El día 6 de septiembre, jueves, amaneció desapacible con un gallego racheado —así llamaban los viejos de mi pueblo al viento del norte—, frío y seco, que obligaba a abrigarse aunque luciera un espléndido sol mañanero.

Poco le importaba a la tía Perijula que amaneciera raso o con lluvia, habida cuenta de su nulo interés por la meteorología: porque su problema matutino era el tener que levantarse con la boca reseca y el hígado tirándole fuerte hacia a esa botella de anís que guardaba bajo la cama, junto al orinal, para dar un primer tiento nada más abrir los ojos y calentar el estómago —«más abriga el jarro que el zamarro», solía decir a quienes dudaban de su remedio—, costumbre que adquirió de moza, mantuvo de casada y observaba a rajatabla en plena vejez; tenía un rimero de botellas en un rincón de la cuadra, junto al gallinero, digno de verse por su variedad y cantidad. Su hija Felipa le llamaba borracha, colodra, pendón: la ponía verde de insultos, y al menor descuido le escondía la botella tratando de evitar que se ajumara ya de buena mañana; pero la mujer parecía tener un sexto sentido para dar con la garrafa rápidamente y celebrar el hallazgo con un trago largo, largo, que le dejaba sin resuello. 

Felisa Tejedor, la tía Perijula, era viuda y solía utilizar unas finas teas para alumbrarse. Su marido había instalado sendos gavilanes a cada lado del fuego bajo que le servían para colocar las teas encendidas e iluminar la cocina en los quehaceres domésticos. En el único dormitorio de la vivienda, o caso de tener que subir al pajar, disponía de un herrumbroso farol con lamparilla de aceite y torcida de algodón que  utilizaba para dar luz sin correr el riesgo de provocar un incendio cuando se andaba entre telarañas, maderas viejas y hierba seca. Ya se habían dado varios conatos de incendio en el pueblo, precisamente por descuidos con la lumbre, siendo la propia Perijula quien hizo arder su pajar y el del vecino por andar hurgando entre la paja a la luz de una vela, dando gracias a Dios de que no pasara a mayores por la pronta reacción de los hombres, la falta de viento en aquella noche y que las casas estuvieran un tanto aisladas del resto. 

Los acontecimientos que cuenta El Avisador Numantino tuvieron lugar a primeras horas del 6 de septiembre  de 1923, justo al amanecer; cuando el sol quiso dejarse ver por lo alto de la sierra, Covaleda ya era un verdadero infierno. Se conoce que Felisa Tejedor, la tía Perijula, aquella mañana se levantó con una resaca más que regular y su instinto le llevó inexorablemente a tentar bajo la cama en busca del remedio en forma de botella, garrafón, o lo que diablos fuera, maldiciendo entre dientes porque después de indagar con ahínco durante un buen rato tan sólo tropezó con su desportillado orinal que olía a rayos, sin frasca alguna que llevarse al gaznate. Empezó a maldecir a su hija con lindezas como “seca te veas” o “centella te aplane” y otras jaculatorias del común covaledano. Se echó por encima una manta tabardera para evitar el frío que se colaba por entre las rendijas de la tarima y fue decidida a buscar una tea que le ayudara a mirar en el pajar y dar con la maldita botella que, seguramente, la tonta de su hija le habría ocultado.

Tomó una de las que tenía preparadas en un hatillo junto a la diablesa del fogón —Forjas “La Numantina” - La Muedra (Soria)—, arrimó un mixto y la tea empezó a arder con voracidad. Aunque estaba amaneciendo, la claridad no era suficiente como para poder encontrar una botella en aquel maldito pajar, oscuro como boca de lobo, sin claraboyas ni ventanas que aliviaran sus tinieblas. Dio un vistazo y no observó nada fuera de su sitio; dejó la tea en el saliente de una piedra sillar, ennegrecida ya por haber sostenido otras muchas en similares circunstancias, y se puso a buscar aventando la hierba. El polvillo del heno le hizo toser. Tosía con espasmos de alcoholizada, gargarismos y ahogos que le nublaron la vista impidiéndole ver que la tea, colocada deprisa y corriendo sobre la piedra, caía entre la hierba reseca y prendía con una celeridad próxima a la pólvora. Quiso apagarlo con la manta que llevaba sobre los hombros, pero sólo consiguió extender el fuego por el pajar que en segundos ardía por los cuatro costados.

Salió de aquel infierno medio asfixiada, dando gritos y pidiendo socorro. Su hija Felipa se despertó al oír las voces, y ni tiempo tuvo de ponerse una maldita falda que cubriera sus enaguas desvencijadas, porque la humareda y el chisporroteo de las llamas le amenazaban con abrasarla en la pira como si se tratara de en un antiguo auto de fe.

Las dos mujeres se echaron a la calle temblando de frío y pavor. El viento soplaba recio, a ráfagas intermitentes que levantaban torbellinos de polvo y hojas secas; lloraban abrazadas, escandalosamente, con hipidos de plañideras; pronto la techumbre de la casa se vino abajo provocando una marea de astillas encendidas que salían disparadas en todas direcciones llevadas por el viento.  A las voces de las mujeres acudieron los primeros vecinos que no podían dar crédito a lo que veían sus ojos: unas tremendas lenguas de fuego que lamían las viviendas de los costados multiplicando el pánico y el horror de la gente que salía despavorida de sus casas. Unos alertaron a otros y todos se lanzaron a la calle arrastrando enseres y cosas de valor, sin tiempo para atender a los animales que berreaban desesperados dentro de las cuadras al verse atrapados en un círculo infernal.

Trataron de organizarse para paliar la desgracia, pero el fuego era mucho más veloz y poderoso que sus buenas intenciones y empezó a desparramare incontenible por los barrios circundantes —«tablas hubo que volaron encendidas a más de 75 metros de distancia», decía el periódico—. La impotencia y el desaliento eran tan fuertes que podían verse dibujados en los rostros de los hombres y en sus gestos de desesperación. Las mujeres arroparon a los chiquillos con sus tocas y se les llevaron lejos, por los prados de Riagüela.

—¡¡Traed cubos de la fuente!!, ¡¡que saquen las mangueras!! —las órdenes se repetían confusas, contradictorias, ineficaces.

Covaleda era un pueblo de pocas fuentes. Una de ellas quedaba frente a la iglesia —hay una garbosa muchacha en la foto llenando su cántaro—, de chorro mediano que alimentaba un pilón donde abrevaban los animales; aquel caudal era a todas luces insuficiente para luchar contra la voracidad del fuego que el viento seguía expandiendo dirección sur. De pronto, alguien gritó:

—¡El cuartel está ardiendo!

Una riada de hombres fue hacia allí. El cuartel, aquel cuartelillo rudimentario de triste memoria que regentara el sargento don Sisebuto Trapiello y fuera calabozo temporal del tío Melitón, ahora no era más que un enorme brasero: menos mal que la munición y la pólvora habían sido sacadas a tiempo y arrojadas a una cuba con agua…; el estanco del Lorenzo también desapareció en segundos volatilizando el depósito de manufacturas finas que guardaba en la trastienda, picadura selecta que no hubieran sido capaces de gastar todos los hombres del pueblo en un mes a cuarterón por barba…, y así todo.

—Me dice el gobernador que los bomberos de Soria  están de camino con toda su moderna maquinaria, bombas y mangueras —explicó el alcalde subido en un poyo de la plaza a todo aquel que le quiso escuchar.

—¿Vienen de Soria? —le preguntó incrédulo alguno de los presentes—. ¿Y qué harán cuando lleguen, asar chuletas en el rescoldo?

Doroteo Rioja, el alcalde, no quiso insistir en el tema porque la desesperación era muy grande y las soluciones, aunque fueran lógicas, parecían absurdas. Se calló y se puso a baldear agua como uno más.

Las campanas hacía rato que tocaban arrebato. Sus voces de bronce se extendieron por los montes acuciando a carreteros y pastores a que levantaran la vista y observaran —no era necesario andar por los altos de la Machorra,  el Muchachón o los Guadarrines para verlo— la densa columna de humo que cubría el cielo de Covaleda y temieran lo peor, como así era.

Acudieron todos, hombres, mujeres y niños a acarrear agua, pero la cadena humana no daba abasto con cubos y calderos traídos desde el arroyo de Los Castillos para apagar aquellas llamas que seguían voraces atacando las casas del Barrio Corral. 

Al tiempo que las campanas seguían llamando al vecindario —llegaron hombres de Duruelo, Salduero, Molinos, Vinuesa, La Muedra que subieron a toda prisa con sus caballerías…—, al cura párroco se le ocurrió que no quedaba más remedio que recurrir al Altísimo y provocar un milagro. Él era hombre de fe y se sentía muy capaz de hacerlo. Se revistió con los ornamentos sagrados, abrió el sagrario, tomó la hostia grande que guardaba para las exposiciones del Santísimo Sacramento y la colocó en el viril de la custodia rica, la que solía poner en el monumento del Jueves Santo o usar en la procesión del Corpus. Arropado con la capa pluvial y de estola morada, tuvo el santo coraje de plantarse entre las llamas y el viento y conminarlos a que se detuvieran en nombre de Dios.  Copio textualmente del Avisador Numantino: «Y la misericordia divina atendió las fervorosas súplicas del párroco calmándose el viento en ese instante, con lo que el fuego no expandió sus dominios destructores más allá de lo que ya había hecho…»Todo el mundo estuvo de acuerdo que aquello fue un verdadero milagro, aunque tardío, porque llegó después de que se hubieran perdido más de los dos tercios del pueblo.

En esto, que llegan los bomberos de Soria con sus autobombas y camiones; desgraciadamente ya sólo quedaban los rescoldos postmilagreros como apuntara el vecino. También vino el señor gobernador, don Rafael Mesa, acompañado por los gerifaltes capitalinos, todos ellos llevados de la mejor voluntad, que con su verbo cálido trataron de aliviar la desgracia que se comía al pueblo: «me siento soldado a vosotros por el fuego», dijo el señor Mesa acuñando una preciosa metáfora que fue muy celebrada por los representantes de los medios; enseguida ordenó que se habilitaran las escuelas y la iglesia para a coger a los cientos de covaledanos que se habían quedado sin techo, arrancados de sus casas con lo puesto y arrojados a la más absoluta de las miserias —mis abuelos, padre y tíos entre ellos—. Tan sólo se salvaron las casas del barrio de la iglesia, —algunos vieron en ello la mano de la divina Providencia, pues en circunstancias normales también hubieran ardido—, grandes casonas de carretero que se mantuvieron en pie hasta que Covaleda empezó a expandirse con barrios nuevos que arrasaron lo que perdonara el fuego. En honor a la verdad, he de decir que aún se conserva una casa de aquellos días tristes, y que los curiosos pueden admirar justo detrás del ayuntamiento. 

—¿Y qué fue de la tía Perijula?

Ya dice el refrán que quien mucho empina busca su ruina. Y eso fue, justamente, lo que le pasó.

Habíamos dejado a las dos mujeres —madre e hija— abrazadas y llorando al pie de las ruinas de su casa. Enseguida se corrió la voz de que había sido ella la causante del desastre por andar buscando una botella en el pajar sin la más mínima precaución con las teas. Al principió lo negó todo con energía diciendo que ella no, que no tenía culpa de nada y que todo se debía a un rayo que había caído del cielo…

—¡Mal rayo te parta a ti, bruja asquerosa, borracha! —se oyó a una vecina gritar.

Fue cuando empezaron los insultos y los empujones. Alguien le dio un guantazo en plena cara y le hizo tambalear hasta rodar por el suelo; la chiquillería enseguida se arremolinó en torno al bulto y comenzó el acoso.  A patadas e insultos la llevaron hacia las afueras, como a una apestosa, una criminal; y aparecieron las piedras como en el castigo bíblico…

—Hay que despeñarla por el Maguillo abajo para que se mate.

—Se merece la horca.

—No, mejor a pedradas.

Mi padre, que estaba en primera fila y fue testigo activo del linchamiento, me lo contó. Aquello no fue ninguna broma, aunque tampoco me aclaró si la tía Perijula vivió para contarlo…

—¡Qué jodida —me decía, recordando—, cómo le tiraba el vino!   

Covaleda renació de sus cenizas. Se trazaron nuevas calles perpendiculares, se levantaron hermosas casas de piedra con sus balconadas de forja, con sus letreros cincelados en la piedra angular y sus buenas aceras… 

Pasaron los años y todo fue cicatrizando. Hoy de aquello sólo queda un mal recuerdo y un bonito pueblo.

 

Nombres de los que perdieron alguna casa según las noticias del Avisador Numantino:

Pedro Sanz —mi abuelo—, Braulio de Miguel, Ángel Pablo, Manuel Herrero, Macario Pascual, Plácido Herrero, José Blanco, Felipe Herrero, Manuel Blanco,  Antonio Gómez, Victoriano de Vicente, Bonifacio de Miguel,  Bernabé Herrero, Julián Tejedor, Martina Rioja, Marcos Calvo, Pedro Herrero, Pedro García, Eleuterio Barrio, Simeona de la Iglesia,  Bruno de Miguel, Manuel Hernando, Lorenzo Santorum, Santiago Llorente, Petra Palacios,  Demetrio Hernández, Casildo Jiménez, Eugenio Llorente, Feliciano García, Florentino Benito, Eusebio de Miguel, Juan Hernández, Braulio de Miguel, Felipe Santorum, Remigio Rioja, Leandro Cámara, Francisco San Miguel, Hipólita Jiménez,  Juan M. Rioja,  Lorenzo Romero,  Laureano de Miguel,  Fermín Ibáñez, Rafael Herrero, Ambrosio Rubio, Domitilo Rioja, Elías Poza, Tiburcio Rioja, Benita Jiménez, Felipe Herrero, Modesto García,  Gregorio Herrero Escribano,  Gregorio Herrero Murquitio, Sebastián García,  Fortunato Santorum, Juan Mediavilla, Emeterio García,  Juana Pascual, Dionisio de Miguel, Jerónimo de Vicente, Ignacio Santorum,  Gregorio Santorum, Dionisia Pascual, María de la Iglesia, Vicente Santorum, Félix Herrero,  Domingo Rioja, Gregoria Rioja, Doroteo Rioja, Víctor Cámara, Felisa Cámara, Felisa Tejedor, Nicolasa Pascual, Deogracias Tejedor, Pedro Tejedor, Pío Herrero, Águeda Llorente, María Rioja,  Gregorio Escribano,  Víctor García, Saturio Herrero, Antonio Gómez,  Gumersindo Herrero, Julián Rubio, Mateo Llorente y Manuel Cámara.

Larga es la lista. Tal vez falte alguno, aunque todos fueron víctimas.

 

© Pedro Sanz Lallana
Primavera 2004

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