Barca

 

   por Jaime del Huerto e Isabel Goig

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Vista general de Barca

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Arracimado, como los caseríos en cuyo término abunda el cereal, Barca recibe al visitante con una obra de forja que indica su actividad. A sus pies, en suave pendiente, van descendiendo las tierras, primero las de secano, hasta pararse cerca del río Duero para dejar que el agua las empape y les transmita la vida que arrastra desde los montes de Urbión. A la entrada estuvieron alguna vez las pobreras, “el corral de los gitanos”, como las llamaban en Barca, el lugar donde los pobres transeúntes esperaban la generosidad –y hasta la obligatoriedad- de los vecinos, para poder calmar el hambre secular con unas espesas sopas de ajo. Es la Barcam del siglo XII, cuyos restos de fortificación aparecen más altos que el caserío, para defender, más que a sus habitantes, las propiedades del señor, entre las que se incluían, también, las personas, las que extraían de las tierras los diezmos y primicias, las alcabalas, los pechos y los servicios. Es la Barca del siglo XX, alegre y bulliciosa los primeros decenios, con cantos de albadas y pagos de vecindad, con escuelas hasta el año noventa y cinco. Y es, también, la Barca del siglo XXI, sin niños, con mujeres que ven en su villa rincones para dibujar, espacios para colorear en un lienzo. En el centro de la villa, en un parque, han arraigado en tierra de cereal unos olivos traídos del Sur, cuyos frutos Juanita Garzón se comprometió a sazonar.

La picota y el pastor

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Dice Jaime del Huerto que encontró una foto rebuscando por los arcanos del Archivo Provincial. Es un pastor, con la capa parda, descansando en las escaleras basales de la picota, columna de piedra o rollo jurisdiccional, ese emblema indicador de villa, no lugar, ni aldea, villa, en este caso propiedad de los Hurtado de Mendoza. Le tocó al segundogénito de los marqueses ser el cabeza de las casas de Monteagudo y Almazán, del primogénito desciende el marqués de Santillana, el de las Serranillas. La villa de Barca estaba incluida entre los dominios de la casa de Almazán, y tributaba al señor, allá por los tiempos del Catastro de la Ensenada, 507 reales al año en concepto de “carnero, aves y jamón”. El pastor con aspecto de cansado, casi seguro, desconocía ese dato, pero, a cambio (ganando con ello) sabría mucho de chozuelos y chorices, de perros carea, de cómo ahijar el ganado y de juegos pastoriles, los de la chita y la calva, por ejemplo. Y tranquilamente, sin verse obligado a hacer cuentas sobre el tributo del carnero, descansa cerca de un rollo de piedra cuyas prerrogativas pasaron, en el primer tercio del siglo XIX, a mejor vida.

La Iglesia de Santa Cristina

 Cuando los ánimos se serenaron y se relajó la vigilancia, la Iglesia aprovechó los lugares altos para edificar en ellos los templos. Era otra forma de protección, la divina y, de paso, un intento de acercarse a Dios, algo que bordarían más tarde las edificaciones góticas. En un altozano se dieron cita en la Baja Edad Media canteros y maestros para construir la iglesia dedicada a Santa Cristina. Se agradece encontrar en el mundo rural advocaciones originales, como esta de Barca. Pero ¿quién fue esta santa de tan poco predicamento en el orbe cristiano castellano y a quien le celebran una fiesta colorista y marinera en Lloret de Mar, un pueblo del litoral catalán? La Iglesia tiene en sus listas a dos santas con este nombre, una italiana, martirizada bajo Diocleciano por orden de su propio padre y que homenajean el 24 de julio; la otra pasó parte de su vida en un monasterio al pie del monte Aralar, en una región llamada Iberia. Ambas fueron mártires y sus sufrimientos son descritos con ese refinamiento al que ya nos hemos acostumbrado. Pensamos que la venerada en Barca es la primera, esa pobre a quien su padre arrojó al mar con una piedra atada al cuello y fue salvada por tres ángeles, por eso le dedican fiesta marinera por las costas. Y creemos que es esta santa porque en la iglesia de Osma, sede del obispado, está su cuerpo, dicen que incorrupto, trasladado desde su Italia a estos lares en el siglo XVIII. La torre es barroca y para verla en todo su detalle es mejor fijarse en la lámina del pintor quien, piedra a piedra, ha plasmado en el dibujo la historia grande con trazo pequeño.

La galería

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Mirando al Sur, buscando el sol cicatero, se abren los nueve arcos de la galería de la Iglesia de Santa Cristina, de Barca. Daremos por sentado que en algún momento de su historia, en esta galería, se llegó a celebrar concejo abierto, pregonado quizá a campana tañida. En Soria capital era la iglesia de San Gil la receptora y los concejos tenían lugar los lunes. A los concejos abiertos podían acudir todos los vecinos (se entiende que los hombres) menos aquellos que estuvieran “enemistados” públicamente, o sea, los que habían matado a alguien y la familia de la víctima fuera conocedora de tal hecho. Se convocaban hacenderas, se denunciaban robos y se reclamaban los objetos, se adoptaban hijos y había reconciliaciones. ¿Sería para cobijarse de los fríos sorianos por lo que cegaron la galería? Las iglesias románicas sufrieron todo tipo de mutilaciones. Unas veces fue la peste negra u otras epidemias, lo que obligaba a tapar con cal las pinturas, y otras los fríos y la erosión junto al paso del tiempo y la rapiña, los que iban dejando a estas obras de arte sin color, sin relieves, sin imágenes… La galería de Santa Cristina fue abierta y la hermosa pila bautismal, que muestra cruces de Malta, se custodia en el interior. Desde sus nueve arcos, el libro pétreo de los capiteles abre puertas a la imaginación, a la reflexión o a la contemplación del arte por el arte.

Estatua columna

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"¿Qué hacen en los claustros, bajo la mirada de los monjes aplicados a la lectura, esas deformes bellezas y esas bellas deformidades? ¿Qué aguardan allí esos monos inmundos, esos espantosos leones, esos quiméricos centáuros, esos tigres moteados, esos guerreros luchando? Tan grande y variado es el número de estas asombrosas representaciones, que se prefiere mirar y remirar mármoles a leer códices, y más a gusto se pasan admirando cada pormenor que meditando en la divina ley”.

Eso dijo Bernardo de Claraval, refiriéndose a los ornamentos que los maestros dejaban en capiteles, cornisas… Y San Bernardo cambió el rumbo del Arte.

Gracias a esa fantasía gozamos, todavía, de relieves como este que Jaime del Huerto ha dibujado con realismo tal, que ha conseguido más que la piedra: la expresión en la cara de una de las estatuas. Los personajes ¿profetas?, sostienen algo en sus manos, los entendidos dicen que son filacterias, amuletos. Hay que fijarse con detenimiento en los pliegues de las túnicas para valorar en su justeza el trabajo del pintor. Los híbridos de humano y reptil que los coronan pertenecen al arte denostado por el santo fundador. 

El pórtico

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 El muro por el que se accede al recinto románico se abre en este hermoso arco ojival. Las escalinatas, ahora vacías, las podemos imaginar llenas de niños y jóvenes en los descansos de los juegos, cambiando cromos y chapas, merendando pan sobado untado con el aceite que José traía de sus trajinerías a Aragón, o preñado con un tallo de chorizo de la olla, según épocas y posibilidades. En las noches de verano, tras la trabajosa faena en las tierras, los novios pelarían la pava haciéndose promesas de amor eterno, mientras ella le contaba al novio el último bordado y él le mostraba a ella el callo que la zoqueta había hecho entre sus dedos. Los mozos viejos soñarían con ricas herederas y las ricas herederas con príncipes azules. Otros, tal vez, maldecirían las lindes, se turnarían el cuidado del padre, o añorarían épocas mejores, cuando Carnaval se podía celebrar, cuando se bailaba con el pericopajas. Esas escalinatas han visto y oído toda la historia de Barca y las historias de sus habitantes.

Ermita de la Virgen de la Soledad

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No resulta advocación rara para esos templos aislados y recogidos, la de la Soledad de la Virgen. Esta de Barca, pequeña, acogedora, tal parece que exhala olor a incienso, a cera de exvotos, a ruegos de fieles. Pero a la vez resulta alegre, a la entrada de la dehesa comunal, como si el paso de las bestias de trabajo hacia los pastos reconfortantes alborozara a los espíritus.
En el eremitorio se escucha el agua del pequeño arroyo Valdemuriel que, raudo, saludando al canal de regadío, va a buscar el gran río. Rumor de agua llega también del lavadero recién mejorado, por si las mujeres vuelven a animarse y se juntan a recordar hilorios y trasnochos.
Frente al templito se conservan las escuelas donde Jaime del Huerto, con otros muchos niños (eran tiempos de abundancia de almas), aprendiera sus primeras letras y los primeros trazos, unas para escribir poesías en azul y los otros para dibujar su pueblo y otros pueblos de más allá del Estrecho.
Ahora ese edificio es un museo donde va a parar todo aquello que el mundo rural ya no necesita, una caja de recuerdos, como aquellas de lata donde los antiguos guardaban las fotografías en blanco y negro hasta que adquirían el color de sepia.

 

© Jaime del Huerto (dibujos) e Isabel Goig (textos)
Láminas editadas por Gráficas Naserbe, Almazán

Web de Jaime del Huerto

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