Oncala. Llegan los pastores. 2012

 

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Oncala, 16 de junio, algo más de las diez de la mañana. Un oncalés divisa en el monte el rebaño de algo más de mil merinas, propiedad de los hermanos Pérez, de Navavellida. Es el ojo trashumante, porque los del resto de los mortales no lo distinguen a esa distancia.

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Por el micrófono, el mantenedor de la jornada avisa de que en quince minutos entrarán bordeando el Barrio de arriba. Avisa también para que fijemos la vista en una mujer con una criatura en brazos, simboliza a la esposa que acudía con el niño nacido mientras en marido pasaba el invierno en extremo, para recibirle.

El rebaño con sus pastores y todo aquel que ha querido compartir las jornadas de la Trashumancia, pasó el jueves por Soria, como antaño, pernoctó en Garray y continuó hasta Oncala. Desde hace unos años es una fiesta que los trashumantes y sus descendientes de Tierras Altas preparan para que participemos de algo que, durante siglos, fue la principal actividad de esas tierras. Una actividad que convirtió a generaciones de sorianos en nobles (que no rudos como les llamó Machado) caminantes. Gentes acostumbradas a compartir, a dar más de lo que reciben, porque tanto tiempo fuera de casa, propiciaba relaciones indelebles con los propietarios de las fincas, con los cortijeros, con los encargados, con otros profesionales que también hacían del nomadismo su modo de vida.

Martín Las Heras, alcalde de Oncala; Segundo Revilla, alcalde de Las Aldehuelas; Fidel Fernández; la Mancomunidad de Tierras Altas y sus responsables, y todos los oncaleses, trashumantes o descendientes, iban de acá para allá tratando de que todo saliera a la perfección, y así fue.

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¡Qué pueblo tan bonito!, escuché exclamar a una niña de cuatro años. Ciertamente Oncala es así, limpias sus calles, cuidadas sus casas, adecuado el espacio que un día fueran huertas para recreo de mayores y niños. Tal vez algunos de nuestros lectores piensen que un lugar –o muchos lugares- de Soria, de donde sus habitantes debían marchar cada año en busca de pastos, no puede vestirse de vegetación, no es así, todas las Tierras Altas se muestran exultantes durante los meses de mayo y junio. Se marchaban, sí, porque por extenso que sea un término, no aporta el pasto suficiente para mantener miles y miles de cabezas de merinas. Merinas que tornan en verano y fertilizan allá por donde pasan, dejando la tierra abonada para el año siguiente.

El colofón de los tres días de recreación de la Trashumancia fue el domingo, 16. Todos los que acudimos pudimos ver entrar, con la Iglesia de San Millán al fondo, esa que alberga los tapices pintados por Rubens, un inmenso rebaño que fue dirigido al frontón para después efectuar el conteo. Luego había que esquilar y hacer los vellones. Este año además han mostrado cómo se trataba la lana, y las mujeres de Almudévar (Huesca), han acudido a la llamada de la antaño importante lana para mostrarlo.

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Esquiladores de ciudades relacionadas con la Trashumancia, acudieron a la llamada del concurso, que fue ganado por Francisco Vígara, extremeño; Javier Solanas, de Binaced (Huesca); y César Luis Clavijo, de Lardero (La Rioja), pero oriundo de Matasejún.

Hubo migas, recortables para los niños, puestos de productos sorianos y artesanía popular; enseñaron cómo se hace una caldereta merina. Los dos museos de Oncala permanecieron abiertos durante todo el día. El de abajo, dedicado al mundo pastoril, muestra, a través de paneles, reproducciones, y ajuares, el mundo que ese día disfrutamos en vivo. El de arriba, como hemos dicho, enseña los tapices que una infanta de España, gobernadora de los Países Bajos, encargó a Rubens para un convento y acabaron en Oncala por mor de uno de esos mecenas –en este caso hombre de Iglesia- que existieron en los pueblos.

Y muchas personas acompañaron a los oncaleses, José María Carrascosa, de Sarnago, a quien le es imposible dejar de acudir a cualquier actividad de Tierras Altas; Enrique Borobio, pendiente de todo aquello que tenga relación con la Etnología y la Etnografía, a punto de mostrar a todo el que lo desee el Museo del Traje, en Morón de Almazán; Juana García, de Vizmanos, que lleva la Trashumancia en la sangre, y su marido. En fin, cientos de personas, fascinadas por ese mundo ya mítico y, sin embargo, tan reciente.

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Hemos dicho ya que los trashumantes dan más que reciben. Sobre las siete de la tarde, los descendientes de ellos homenajearon a los más ancianos entregándoles unas preciosas placas de madera. Las autoras de “La vida entre veredas” también recibieron tal honor, perfumado con flores. El colofón de la fiesta fue la actuación del grupo Hexacorde y la vocalista Vanesa Muela, preciosa voz, que interpretaron canciones populares.

Oncala. Llegan los pastores. 2012

Estamos seguras que los organizadores habrán dormido muy bien la noche del sábado. Primero por la satisfacción del trabajo bien hecho, y después por el agotamiento. Felicidades trashumantes y descendientes.

 

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