Las Escuelas Rurales y la Despoblación en Soria
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Leonor Lahoz Goig

I.- Introducción

II.- Las escuelas antes de la II República

1.- La enseñanza según Madoz (comarca de Tierras Altas)

2.    Ejemplo de enseñanza en una aldea: Vea

3.    Casos concretos de construcción de escuelas

III.- La II República y las escuelas

1.- Misiones pedagógicas

 

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IV.- La escuela franquista

1.- Maestros represaliados durante el franquismo

V.- Las escuelas y la despoblación a partir de los años sesenta

1.- Cierre de escuelas

VI.- Conclusión

-Documentación y bibliografía

 

I.- Introducción

El interés de los sorianos por combatir el analfabetismo, es un hecho que ha quedado patente en los datos que disponemos. Desde los ofrecidos por Pascual Madoz en su diccionario hasta nuestros días. Cuando la provincia de Soria tenía una población más o menos homogénea, con un número de habitantes por kilómetro cuadrado semejante al resto de España, la preocupación de los padres y la sociedad por dar a sus hijos una mínima instrucción, queda patente en los datos que Madoz ofrece en su trabajo. Localidades de Tierras Altas, con cien o menos habitantes, tenían su escuela y su maestro –quien a veces cumplía también las funciones de sacristán y secretario de ayuntamiento- donde acudían los niños, y en muchos niños y niñas, para recibir instrucción. Maestros que, en ocasiones, eran pagados por el Común de Vecinos, y otras sólo por los padres de los alumnos que acudían, ayudados por el ayuntamiento. Algunos emigrantes a tierras sudamericanas –los indianos- se ocuparon de sus pueblos de origen, enviando parte del dinero obtenido en sus negocios para la construcción de fuentes, frontones, escuelas y pavimentación de calles.

Cuando la población fue aumentando –primer tercio del siglo XX- mediante hacendera (1) los vecinos construyeron, en muchos casos, el edificio que sería destinado únicamente a escuelas, y arriba, las casas de los maestros. Esta instrucción que recibían los sorianos era valorada en el resto de España, sobre todo en Andalucía, donde los cagarraches (2) fueron contratados en muchos molinos de aceite para llevar la administración de los mismos.

Con la llegada de la II República, la mayoría de los maestros se implicaron en la nueva Pedagogía que iba saliendo de decretos y leyes primero, y de la Constitución después, entre los que cabe destacar la laicidad de la enseñanza. Este hecho, que no fue otra acción que acatar las leyes, supuso para muchos maestros sorianos la muerte, expedientes sobre responsabilidades políticas, cárcel y, en el mejor de los casos, expedientes de depuración que conllevaron suspensión de empleo y sueldo en base a los hechos investigados.

Durante la mayor parte del franquismo las escuelas sorianas, como todas las del resto de España, fueron tanto aulas de instrucción, como de adoctrinamiento ideológico y religioso. Incluso en los años ochenta, en función del profesorado y/o la dirección, en escuelas públicas como La Arboleda, se rezaba al entrar y al salir.

La despoblación en Soria (3), que comenzó en los primeros años de la posguerra y alcanzaría su cénit en los años sesenta, motivó el cierre de escuelas, que aumentaba año tras año. Esa fue una de las causas de la marcha de muchas familias. En muchos casos se llevaban a los chicos a las escuelas-hogar, donde permanecían de lunes a viernes, lo que suponía un coste humano que muchas familias no estaban dispuestas a soportar. 

La Arboleda

II.- Las escuelas en Soria antes de la II República

1.- La enseñanza según Madoz

Pascual Madoz Ibáñez (Pamplona, 1806-Génova 1870), fue un político español del Partido Progresista. En 1855 fue ministro de Hacienda, presentando el proyecto de Ley de Desamortización civil y eclesiástica. Entre 1845 y 1850 publicó su “Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar”, donde con una serie de preguntas realiza una encuesta sobre todos y cada uno de los pueblos, incluidos los despoblados, ríos y montes. Una de esas preguntas se refiere a la escuela. He seleccionado veinte pueblos de una zona de Soria, la conocida como Tierras Altas, para reflejar la importancia (tanto en esta zona como en cualquier otra de la provincia) que desde siempre ha tenido en Soria la enseñanza hacia los hijos. Madoz sólo hace referencia al número de alumnos y la dotación que recibe el maestro, pero ello da idea, también, de la población que existía en una comarca hoy prácticamente deshabitada.

San Pedro Manrique, 550 almas, escuela de instrucción primaria frecuentada por 60 alumnos a cargo de un maestro dotado con 2.000 reales. Oncala, 250 almas, escuela de instrucción primaria frecuentada por 50 alumnos de ambos sexos, a cargo de un maestro dotado con 900 reales. Yanguas, 450 almas, escuela de instrucción primaria frecuentada por 60 alumnos, a cargo de un maestro dotado con 1.100 reales y 32 fanegas de trigo. Huerteles, 304 almas, escuela frecuentada por 30 alumnos de ambos sexos a cargo de un maestro, sacristán y secretario de ayuntamiento dotado de 700 reales y 20 fanegas de trigo morcajo. Sarnago, 140 almas, escuela frecuentada por 12 alumnos a cargo de un maestro dotado con 800 reales. Villarijo, 130 almas, escuela frecuentada por 12 alumnos, a cargo de un maestro dotado con 25 fanegas de trigo. Buimanco, 196 almas, escuela de instrucción primaria concurrida por 11 alumnos bajo de un maestro que a la vez es casristan y percibe por el primer cargo 310 reales. Taniñe, 250 almas, escuela de instrucción primaria concurrida por 20 alumnos y dotada con 800 reales. Matasejún, 316 almas, escuela de instrucción primaria frecuentada por 20 alumnos, dotada con 997 reales del fondo de propios, más 18 fanegas de trigo y 350 reales a que ascienden las retribuciones de los discípulos. Ventosa de San Pedro, 300 almas, escuela de instrucción primaria a cargo de un maestro dotado con 396 reales. Fuentebella, 158 almas, escuela de instrucción primaria a cargo de un maestro dotado con 12 fanegas de trigo y la retribución de los discípulos. Palacio [de San Pedro], 102 almas, escuela de instrucción primaria dotada con 400 reales. Diustes, 172 almas, escuela de instrucción primaria concurrida por 30 alumnos a cargo de un maestro dotado con 400 reales. La Vega, 90 almas, escuela de instrucción primaria a cargo de un maestro dotado con 300 reales. Lería, 102 almas, escuela de instrucción primaria a cargo de un maestro que a vez es sacristán y secretario de ayuntamiento, que percibe 8 fanegas de trigo por el desempeño de la enseñanza. Villar del Río, 212 almas, escuela de instrucción primaria frecuentada por 20 alumnos de ambos sexos y dotada con 1.300 reales. Santa Cruz [de Yanguas], 172 almas, escuela de instrucción primaria a cargo de un maestro dotado con 500 reales. Vizmanos, 150 almas, escuela de instrucción primaria frecuentada por 20 alumnos a cargo de un maestro dotado con 100 reales y 10 fanegas de centeno. Bretún, 140 almas, escuela de instrucción primaria, concurrida de unos 16 alumnos a cargo de un maestro dotado con 400 reales. Villar de Maya, 136 almas, escuela de instrucción primaria común a ambos sexos, a cargo de un maestro dotado con 200 reales y 45 fanegas de trigo.

2.- Ejemplo de Enseñanza en una aldea: Vea

Escuela en VeaVea o Bea, como escribe Madoz, perteneciente también a la Comarca de Tierras Altas, tenía por la época 152 habitantes. En una visita que hicimos un grupo de personas encontramos unos papeles sueltos y empolvados, muchos rotos, que tenían datos de la Escuela. Entre ellos estaba el Libro de sesiones de la Junta Local del pueblo de Vea que principia desde el año 1870. La primera anotación es del 31 de enero de 1870 y la última del 31 de enero de 1873. El 19 de junio de 1870, el objeto de la reunión era la celebración de exámenes generales. El maestro se llamaba Marcos Sancho, y el examinador, el cura Pedro Manuel Giménez. Los examinandos eran treinta y dos, veinte niños y doce niñas que componían cuatro secciones. Los exámenes “han dado un resultado satisfactorio, quedando el público lleno de placer al ver que en el periodo de seis meses que dicho profesor dirige ésta, ha adelantado tanto la niñez enteramente oscura y desconocida de los principios de moralidad y doctrinas espirituales, pues no han podido menos estas corporaciones de adjudicar los premios oportunos a cada uno de los niños que por sus méritos se han distinguido en los rudimentos necesarios, fijándolos en el pecho de cada uno para estímulo y distinción de los demás”. Hay también palabras de elogio para el maestro con el deseo de que en Soria “coloquen a don Marcos en el escalafón que sea merecido”. No obstante esto, seis meses después, en una sesión ordinaria, se dicen que los útiles se encontraron bastante deteriorados y advirtieron al “Sr. Maestro D. Marcos Sancho que en adelante tuviera la Escuela un poco más arreglada pues libros y objetos estaban desarreglados”.

El día 24 de junio de 1871 los niños no avanzado mucho en sus conocimientos. Los exámenes “dieron un resultado poco satisfactorio quedando la Junta y el público bastante desanimados al ver lo poco que adelantan los chicos en esta escuela”.  Ilustrativo resulta para conocer algo de la sociedad de la época, lo recogido en la sesión del día 31 de julio, periodo vacacional, y donde no se anota que los niños se encuentren disfrutando de él, sino que “y como quiera que no existen los niños en la escuela por hallarse empleados en las ocupaciones del campo…”. Como se verá después, los niños eran muy pequeños, ya que habitualmente iban al colegio de los seis a los nueve años, y algunos, sin ser obligatorio, hasta los trece.

En enero de 1872 se reúne la junta en sesión extraordinaria presidida por el alcalde Ramón Giménez. Se trataba de examinar a los niños. Previamente se habían pasado dos avisos personales al maestro para que se llevaran a cabo estas evaluaciones y no los había tenido en cuenta, por lo que se le tuvo que avisar en forma, o sea, por escrito. Los exámenes los llevó a cabo el “Sr. Cura como persona más ilustrada”, y dio el siguiente resultado:

En lectura cuarta sección retrasados; tercera sección, sí; segunda sí, y primera sí.

En escritura muy mal.

En Aritmética medianamente.

En Religión y moral, ni golpe.

En Constitución y agricultura, sí.

Concluidos los exámenes, a los niños se les hizo los cargos y al “Sr. Maestro D. Marcos Sancho, que en adelante se aplicase con más asiduidad a la instrucción, pues la Junta no puede menos de calificar de bas (está roto) mejor dicho de poco celo o poca (está roto).

Como ya se veía venir, un mes después, en la reunión, se da cuenta de “la cesión del cargo” por parte del maestro. Acordaron quedara en el puesto D. Juan Las Heras, a la sazón secretario del Ayuntamiento de Vea. Se le abonaría mil cien reales anuales y seis celemines de trigo común bueno, “de buen recibo de retribuciones de los niños de ambos sesos que asistan a la escuela de seis a nueve años, sin perjuicio de que asista el que tenga por conveniente hasta trece años, con igual retribución y a las mismas horas de clase”. El acuerdo quedaría nulo si por mandato superior obligaran al pueblo a recibir otro maestro.

Dos meses después, el 28 de abril, se reunió la Junta Local a fin de examinar al aspirante a maestro, D. Juan Las Heras. Pasó tres ejercicios: uno escrito, otro oral y un tercero “el cual verificó según lo dispuesto en el artículo 10”. Se aprobó y declaró con la aptitud necesaria para poder solicitar la escuela elemental incompleta de Vea, el citado Las Heras.

El 24 de junio de 1872 examinan a los muchachos. “Contestaron perfectamente a las diferentes preguntas que se les hicieron por el Sr. Presidente, Sr. Cura y demás personas de la Junta que a bien tuvieron, con lo cual todos quedaron altamente complacidos en vista de los adelantos que se han observado si se atiende al abandono y completo indefesentismo en que se encontraba la instrucción con el otro Sr. maestro, en que los niños más aventajados ni aun sabían poner su nombre y hoy ya saben hacerlo. Por consiguiente la Junta da infinitas gracias al Sr. Maestro D. Juan las Heras…”.

En julio decidieron que, puesto que los niños estaban en las faenas agrícolas, el que quisiera podía acudir a la escuela de seis a nueve de la mañana. Un mes después, en agosto, no acudía ninguno porque estaban todos “ocupados en la recolección de frutos”.

Hasta junio de 1873 no se celebran sino sesiones ordinarias. En esta fecha vuelven a examinar a los niños, quienes, según su capacidad, “contestaron perfectamente a las preguntas que se les hicieron por el Sr. Presidente, Sr. Cura y demás individuos de la Junta, con lo cual quedaron todos altamente complacidos por lo que la Junta da infinitas gracias al Sr. Maestro D. Juan las Heras por el celo, actividad y desvelo que emplea en beneficio de la enseñanza”.

Entre otras conclusiones, de la lectura de este documento se saca el importante número de habitantes, teniendo en cuenta que son treinta y dos niños en edad escolar. Pascual Madoz, unos veinte años antes, adjudicaba 152 habitantes a Vea. Otra conclusión es la caída en desgracia del primer maestro; cabe sospechar que dado que el examinador era el cura, éste no estaría conforme con el sistema pedagógico utilizado por el maestro, ya que los niños pasan de aprender mucho y bien, aconsejando a las autoridades sorianas honores para el educador, a “ni golpe” en religión y moral, aunque si adelantaron en Constitución y agricultura y se les dio “medianamente” la Aritmética. También se ve la dureza de la vida rural en la época del siglo XIX; los niños sólo acudían a la escuela hasta los nueve años de forma obligatoria, simultaneando a veces con las tareas agrícolas y dedicando a ellas las vacaciones. (Goig Soler, I. Publicado, completo, en el web soria-goig)

 3.- Escuelas: Segoviela y Duáñez

Repasando la prensa de la época he encontrado tres referencias a escuelas. Una de ellas se refiere a Segoviela, es un artículos firmado por don José Tudela, que después de aparecer en la prensa soriana lo hizo en “El Sol”. Las otras dos reseñas están firmadas por el mismo.

 Segoviela, un pueblo ejemplar

 “(…) Esta aldeita de Segoviela, de quince vecinos, con mísero suelo, sin bienes comunales ni de propios, diminuta hasta por su nombre, ha realizado un esfuerzo heroico que la engrandece hasta la ejemplaridad y la hace digna de pasar con glorioso renombre a las crónicas de la cultura y del progreso.

Estos quince vecinos –humildes labriegos que para aliviar la obligada ociosidad que les impone la larga invernada soriana marchan de trujaleros a los molinos de aceite de Andalucía- han levantado a su costa, sin apoyo oficial alguno, sin recabarlo siquiera, solo con su trabajo personal y con su ayuda pecuniaria, una escuela y una casa para el maestro.

Cada vecino, además de los trabajos de prestación, aun ha de pagar más de seiscientas pesetas de su escaso peculio.

Un gesto como este, cuajado de inteligencia y de voluntad, sólo podía brotar en la sierra, como las flores más vivaces y de más delicada fragancia. La sierra aguza la inteligencia y endurece la voluntad de los serranos en el duro yunque de su suelo y de su clima; por eso emigran a tierras mejores: de pastores y trujaleros a Andalucía, o de comerciantes al otro lado del mar.

El serrano es andariego, y a fuerza de andar y ver conoció bien pronto las ventajas de la instrucción; por eso no escatimó esfuerzos para conseguirla. (…) No sólo ha construido esta aldea una escuela muy capaz para los diez y ocho niños de su matrícula escolar, si no que, comprendiendo que pueblo tan humilde no ha de atraer fácilmente a ningún maestro, ha construido también una buena casa magistral; la única del piso alto que allí se encuentra y con el único balcón que se abre frente a los pastizales rebañegos.

Hace unos años que la sierra florece en escuelas. Luis Bello, en su viaje por Soria, ya contempló esta espléndida floración. Acababan de levantarse entonces en esta comarca las escuelas de Garray, Fuentecantos, Pedraza, Aylloncillo, Fuentelfresno, Ausejo, Cuéllar, dos en Almarza, una en San Andrés, Portelárbol, Póveda, Arguijo, Arévalo.

De entonces acá, dos años largos, se han levantado las escuelas nuevas que faltaban en La Rubia, Pinilla de Caradueña, Ventosa de la Sierra, Almajano, Espejo de Tera, Chavaler, Portelrubio; unas y otras en poco más de tres años y en una extensión de 150 kilómetros cuadrados (…). Publicado en “La Voz de Soria”, 30-10-1928, reproducido de “El Sol”, Madrid.

Duáñez

“Aldea de nueve vecinos, situada a 16 kilómetros de Soria, en la carretera de Almenar, Ayuntamiento agregado de Candilichera. Con sus propios recursos y con su solo esfuerzo ha construido de nueva planta una escuelita.

Como no tiene este pueblecito rentas, ni bienes propios, el coste de su escuela se tendrá que pagar por repartimiento entre los nueve vecinos, y corresponderá abonar a cada uno una importante cantidad.

Duáñez se ha hecho acreedor a la solemnidad con que se celebró la inauguración de su escuela, y a los merecidos elogios de que fue objeto por parte de las autoridades gubernativas y de los señores Inspectores de Primera Enseñanza que acudieron al acto, a cuyos elogios nos sumamos con entusiasmo.

No sólo Duáñez, siquiera sea el ejemplo más elocuente, es el que siente amor por sus hijos y por sus escuelas, son cien pueblos más que en el transcurso de breves años han construido sus escuelas (…). Publicado en “La Voz de Soria”, 20-5-1927

 

III.- La Segunda República y las escuelas

Aunque no era el caso de Soria, en general la II República se encontró con muchos analfabetos. El gobierno quería una escuela pública y obligatoria, mixta y laica. “Al iniciarse la década de los años treinta, el sistema educativo español se hallaba en condiciones muy precarias. El Estado tenía una presencia débil, subordinado a la actuación de la Iglesia Católica en la enseñanza (…) la Segunda República nació con un programa de reforma global del sistema educativo que incluia la construcción urgente de escuelas, la dignificación del maestro con un aumento sustancial de sus retribuciones, el restablecimiento de un sistema unitario de tres ciclos, el fomento de una pedagogía activa y participativa, una concepción laica de la enseñanza (…) En cuatro años el número de maestros pasó de 37.500 a 50.500…”. José María Maravall, prológo de “Maestros de la República”, de María Antonia Iglesias.

Antes de que se aprobara la Constitución, mediante decretos se tomaron medidas urgentes que reconocían el Estado plural y las diferencias lingüísticas. Al frente del Consejo de Instrucción Pública se puso a don Miguel de Unamuno. Se proyectó la creación de 27.000 escuelas. Se subió el sueldo a los maestros y se organizaron cursos de reciclaje. A los aspirantes a maestros se les obligó a completar el bachillerato antes de matricularse en las Escuelas Normales. Fue el ministro Fernando de los Ríos quien se ocupó, una vez aprobada la Constitución, de la reforma en la escuela.

En el Boletín Oficial de la Provincia de Soria, número 9, de 20 de enero de 1932, aparece una circular general de primera enseñanza, en la que se deja claro cómo va a ser la enseñanza en las escuelas públicas. Previamente habían enviado ejemplares de la Constitución que “las Cortes Constituyentes, en plenitud de soberanía, acaban de votar”. Los maestros debían preparar a sus alumnos una serie de lecciones en las que la Constitución fuera el tema central de la actividad escolar. “Deben explicar a los niños lo que significa una Constitución para las democracias; las luchas que los españoles han sostenido en demanda o defensa de la Constitución; cómo la República actual, al promulgar su Constitución, señala un momento histórico en el proceso de liberación que desde hace años vive dramáticamente el pueblo español”. Según esta circular, el maestro ha de ser un educador. “El Maestro no olvidará nunca que si tiene ante sí, en cada niño, a un ser al que ha de instruir, tiene, sobre todo, ante sí, a un ser a quien ha de educar (…) Hay que vitalizar la Escuela. Hay que dar nueva vida a la Escuela. Hay que conseguir que la vida penetre en la Escuela. Y hay que llevar la Escuela allí donde la vida esté (…) El Maestro utilizará todos los grandes valores educativos que encierra el ambiente geográfico. La fábrica, el taller, la granja, el mar, todo lo que constituya la fisonomía económica y espeiritual de aquella zona (…) La Escuela ha de ser laica. La Escuela, sobre todo, ha de respetar la conciencia del niño. La Escuela no puede ser dogmática ni puede ser sectaria. Toda propaganda política, social, filosófica y religiosa queda terminantemente prohibida en la Escuela. La Escuela no puede coaccionar las conciencias. Al contrario, ha de respetarlas. Ha de liberarlas. Ha de ser un lugar neutral donde el niño viva, crezca y se desarrolle sin sojuzgaciones de esta índole. La Escuela, por imperativo del qrtículo 48 de la Constitución, ha de ser laica…”.

Antes de 1936 comenzó a fracasar porque las órdenes religiosas pusieron sus colegios bajo la dirección de seglares, con su mismo ideario. El número de centros privado se elevó, llegando a ser más a principio de 1936 que en 1931, antes de la República. Con la llegada al poder, en 1933, de la CEDA, las medidas fueron frenadas y no se siguió con la financiación pública.

1.-  Las Misiones Pedagógicas

Misiones Pedagógicas

El Patronato de las Misiones Pedagógicas dependía del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. Aunque diseñado en los años veinte por don Manuel Bartolomé Cossío, discípulo de Giner de los Ríos, pedagogo krausista, no logró que se pusiera en marcha hasta 1931.  A Cossío se unieron el pedagogo socialista Rodolfo Llopis, los poetas Pedro Salinas y Antonio Machado, entre otros, logrando que intervinieran en el proyecto muchos alumnos de la Institución Libre de Enseñanza, sin recibir más emolumentos que una carta de gratitud, un certificado que avalaba su participación y las copias de las fotos tomadas en los días de la misión.

Los nombres de algunos de estos misioneros llegaron a convertirse en referentes intelectuales de todo el franquismo, porque la mayoría de ellos se exiliaron, como la filósofa María Zambrano. El pintor y escritor Ramón Gaya. El coruñés, ensayista y filósofo, Rafael Dieste. Luis Cernuda, poeta. Antonio Sánchez Barbudo, novelista y crítico literario. El poeta y prosista Arturo Serrano-Plaja. Llevaban a cabo su labor en colaboración con los maestros.

Las Misiones Pedagógicas se ocupaban de llevar a los más remotos lugares de España (aquellos alejados de capitales o de pueblos grandes donde disponían de servicios culturales públicos), la Cultura en todas sus manifestaciones: libros, teatro, música, copias de los cuadros más importantes, cine… El trabajo de los misioneros –sobre todo el traslado de un pueblo a otro- era arduo, pero gratificante, pues a la vez que tendían puentes y llevaban ilusiones al mundo rural, los campesinos les daban motivos para reflexionar durante toda la vida, al mostrarles la dureza de su mundo y de sus vidas.

Dentro de las Misiones Pedagógicas distintos apartados se ocupaban, unos de la música, otros del cine, otros del teatro (bajo la dirección del asturiano Alejandro Casona, también exiliado, este en Argentina) y el Museo del Pueblo, con Ramón Gaya como encargado de él, autor de algunas copias de los grandes cuadros de pintores españoles, que llegaban a los pueblos perfectamente embalados y eran expuestos en salas, rodeada la exposición de charlas sobre la propia pintura y la época histórica en que se situaba.

En Soria colaboraron Gervasio Manrique (4) y Teógenes Ortego (5), por nombrar sólo a los más conocidos. En Soria hubo cuatro misiones. La primera tuvo lugar en 1933. En ella participaron el novelista Antonio Sánchez Barbudo, Cristóbal Simancas y Teodoro Lozano. Residieron en Alcubilla de Avellaneda (donde hubo también servicio de Música) y desde allí llevaron las misiones a Alcoba de la Torre, Brazacorta (Burgos), Arandilla (Burgos), Bocigas, Santa María de las Hoyas, Quintanilla (Burgos) y Villálvaro. En 1934, Pablo de Andrés Cobos, Sánchez Barbudo y Enrique Azcoaga, estuvieron en Aldeaseñor, yendo desde ahí a Suellacabras, El Espino y Torrearévalo. Ese mismo año, el Museo del Pueblo pudo verse en Ágreda, Burgo de Osma, Almazán y Medinaceli. Dado el volumen de los cuadros, el museo debía estar instalado en pueblos lo suficientemente grandes como para ofrecer una infraestructura adecuada, aunque mínima. Un año después, 1935, tuvieron el centro en Conquezuela, tal vez propiciada la misión por el maestro Timoteo Díaz, quien a su vez había sido misionero el año anterior en tierras de Segovia. En abril, el teatro y coro del pueblo pasó por Baraona, Almazán, Gómara, Almajano y Medinaceli. Les acompañaría Gervasio Manrique, él mismo misionero. La estancia en la Sierra de Cameros, en 1936, se desconoce por ser en los días previos a la sublevación. Publicación de la exposición “Misiones Pedagógicas”, en Soria.

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Notas

(1)  Hacendera, adra, o azofra, se refiere al trabajo comunitario y obligatorio que debían prestar todos los vecinos de un pueblo.

(2)  Recibieron este nombre los pastores trashumantes sorianos, que se quedaban en Andalucía, o pasaban temporadas en los molinos de aceite, porque sabían leer, escribir, “y las cuatro reglas”.

(3)  No se tiene en cuenta en este trabajo la emigración a países sudamericanos que fue importante en el último tercio del siglo XIX.

(4)  Gervasio Manrique. Nacido en Osona, fue inspector de Enseñanza. Escribió varios libros relacionados con Soria. Sufrió expediente de responsabilidades políticas y de depuración.

(5)  Teógenes Ortego. Soriano investigador y etnólogo. Fue maestro en la escuela del hoy despoblado Velasco. Descubrió varios yacimientos arqueológicos.

© Leonor Lahoz Goig


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