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El niño y el pueblo perdido

 

Pere Martí i Bertran

Publicado por la Fundació El Solà y Ediciones del Serbal, 2016
Traducción al castellano: María Jesús Casado Jiménez
Páginas: 59

 

Hola, buenas tardes a todos

Pere nos brinda una estupenda oportunidad para reunirnos esta tarde aquí en los locales del Ayuntamiento de Taroda.

Yo no sabía que entre nosotros había un escritor hasta que hace ya unos años presentó en la librería Ochoa de Soria su cuento "La tortuga de Hans".

Cuando yo vengo a Taroda me entretengo en mi casa y en la plaza y pocas veces paso la Calle Larga. Ahora sé que allí, en el silencio, en la casa que era del Sr. Gregorio y la Sra. Elena pasan temporadas de verano su hija Mª Jesús y su marido Pere. La próxima vez que por allí vaya procuraré no interrumpir el hilo de la historia que este tejiendo Pere.

Pero ciertamente resulta extraño pensar que es aquí en Taroda donde Pere escribió y redactó el libro que nos ocupa "El niño y el pueblo perdido" porque, como ellos han dicho, los hechos reales en los que está basado el relato transcurren muy lejos de nuestro pueblo, aunque no importa dónde transcurra la acción o los escenarios de las novelas y de los cuentos; a veces ocurre lo contrario, cuanto más lejanos y misteriosos son más interesantes resultan.

El trasfondo de la historia de "Un niño y el pueblo perdido" alude a un tiempo concreto de guerra y a un lugar concreto, los hechos acaecidos en la localidad de La Fatarella, al sur de la provincia de Tarragona, situada en pleno frente bélico de la Batalla del Ebro que tuvo lugar entre julio y noviembre de 1938 en el transcurso de la Guerra civil española entre 1936 y 1939, guerra que aquí también se vivió aunque de modo menos directo y cruel, y hablar de esa guerra o de otras guerras es la razón por la que yo estoy aquí.

La Historia de España está llena de conflictos y batallas, resultado de múltiples causas y motivos. Unas veces, por remontarme solo a los dos últimos siglos, el país se alzó en armas contra otro país como en la Guerra de la Independencia entre 1808 y 1814 cuando los españoles se levantaron en armas contra los ejércitos franceses que ocupaban la Península; otras veces fueron los propios españoles los que se enfrentaron entre sí en las llamadas guerras carlitas entre partidarios del absolutismo y liberales, aunque esas guerras civiles no tuvieron la gravedad de la del 36. Siempre hubo y ha sido una constante en la Historia de España, militares dispuestos a dar un Golpe de Estado e irrumpir en las Cortes para obligar al Gobierno de turno a cambiar las leyes que no les gustan, unas veces fracasan en su intento como el coronel Tejero en 1981 y otras veces triunfan como la sublevación del general Franco contra el gobierno de la II República.

Tenéis, tenemos mucha suerte todos los que estamos aquí porque somos las primeras generaciones en varios siglos de la historia de España que no nos hemos visto inmersos en situaciones de guerra. Acaso los más mayores recuerden, como nuestro protagonista del cuento, cómo transcurrió su niñez en los duros y difíciles años de la posguerra, allá por los años 40 del siglo pasado, aunque, ójala, tal vez recuerden mejor y con más precisión los juegos en la calle con canicas, cuerdas, aros, que no bicicletas, que rodaban empujados por una horquilla con los muchos niños que entonces llenaban el pueblo.

No, nosotros no hemos vivido una guerra pero, pero nuestros padres y abuelos sí participaron directamente en esa cruel guerra entre españoles, la última guerra civil entre 1936 y 1939. Mi padre participó solo al final, en la fortificación de la frontera francesa en Irún para impedir que la inminente II Guerra Mundial llegara a España; por ser el tercer hijo llamado a filas y por enfermar de tuberculosis lo enviaron pronto a casa, pero recuerdo haber oído a su hermano, mi tío Nicolás, relatar la dureza y las dificultades que pasó durante largo tiempo en las trincheras de la Ciudad Universitaria durante el cerco y asedio de las tropas franquistas a Madrid; allí pasó meses sin moverse, casi sin asomar la cabeza porque oían y estaban muy cerca de las trincheras en las que los voluntarios madrileños defendían su ciudad.

Estoy segura de que todos habéis oído y sabéis dónde y cómo combatieron vuestros padres y abuelos, a pesar de que, como en el libro, durante mucho tiempo en nuestras casas se impuso el silencio intentando olvidar aquellos temas duros y difíciles. Me gustaría que si los recordáis nos los contaseis, es posible que alguno participase en esa sangrienta Batalla del Ebro donde se calcula que murieron aproximadamente unos 100.000 españoles y porque sabéis que el mejor modo para evitar que la historia se repita es conocerla.

La generación de mis abuelos cuando eran muy jóvenes participaron en la Guerra de Cuba, esa guerra que acabó en 1898 por la que la isla se independizó de España, a la que pertenecía desde las conquistas de Cristóbal Colón. Mi abuelo Leonardo fue soldado en esa guerra durante tres años y además de las penalidades que sufrió

allí, se trajo como regalo la enfermedad del sueño así que no podía, como me han contado, montar en caballería porque corría el riesgo de dormirse y caerse. Creo que hubo otro combatiente tarodano en la Guerra de Cuba, parece que pariente de Aurora Jiménez, y que, me han contado, cuando en algún momento se encontraron en la isla no se reconocieron por lo asilvestrados que estaban, con pelos y barbas largas y la piel quemada después de sobrevivir aislados en un mundo tropical cálido y lluvioso como Cuba.

Si la guerra de Cuba se produjo en el proceso de descolonización de las colonias americanas, otra guerra más cerca, en las montañas de Marruecos se produjo por el fenómeno contrario, por la acción de España para "proteger" junto con Francia la zona montañosa del Rif. Allí se produjeron hacia 1920 enfrentamientos entre el ejército español y los marroquíes cabileños, habitantes de las pequeñas aldeas o cabilas.

También aquí hubo algún tarodano como el padre de Pablo González que estuvo en aquellos cerros que en acciones temerarias e irreflexivas ocupaban pequeños destacamentos españoles que pronto quedaban aislados del resto del ejército, sufriendo todo tipo de dificultades para abastecerse. Hacer la aguada o, lo que es lo mismo, ir a por agua con una reata de mulas que llevaban los cántaros o bidones para saciar la sed de personas y animales en ese clima cálido y seco, era una temeridad porque eran asaltados fácilmente por los marroquíes. Imaginad lo que pudiera ocurrir si un grupo de soldados suben al Muedo e instalan allí su campamento militar porque desde allí pueden observar caminos, territorios, movimiento de tropas, etc. pero no tuvieran asegurado un corredor o pasillo hasta un manantial y un pueblo donde abastecerse de víveres, municiones o alimentos. Pues de algo de eso trata el libro de Pere Martí, porque los soldados son personas que necesitan comer, dormir, asearse, descansar mientras otros los reemplazan; cuando una línea de choque no avanza se estabiliza en un lugar necesita para su supervivencia lo que llamaríamos unos servicios auxiliares en la retaguardia, tan duradera o más que el propio frente.

El libro de El niño y el pueblo perdido transcurre en la retaguardia, no hay frentes, ni disparos, ni bombas, al menos de modo explícito, aunque se puede suponer e imaginar porque el libro, más que relatar una batalla refleja sus consecuencias, lo que produce la guerra, pero no una guerra concreta sino cualquier guerra; lo mismo que no estamos en los escenarios de guerra de Siria o Irak pero podemos sentir su impotencia ante las imágenes de sus ciudades destruidas o de la salida despavorida del país y las multitudes de refugiados que arriesgan su vida para librarse de las represalias enemigas.

Por eso, os recomiendo que leáis el libro, despacio, sin prisas, tal como está escrito, en pequeños capítulos porque cada uno sugiere una reflexión, un silencio para poder recapacitar e imaginar, porque el protagonista, como los niños, ven las cosas de modo distinto a los mayores, pueden fijarse y destacar aspectos de la vida nimios, insignificantes pero agradables y simpáticos incluso en las peores circunstancias.

Es un libro que permite varias lecturas, una para niños que pueden identificarse con el protagonista pero también para los mayores a quienes retrotrae a tiempos que parecen lejanos pero que están cercanos en la memoria. Os invito a todos a compartir los recuerdos, los más jóvenes preguntad para saber, no os quedéis con la duda y los mayores ser generosos en hablar y explicar. Cuanto más sepamos de nuestra historia mejor entenderemos nuestro presente. Hay que saber los errores del pasado para evitar que se repitan.

Felicitamos a Pere por saber transmitir y hacernos vivir a través de la escritura la emoción, la tensión y el sentimiento de sus personajes y deseamos que su estancia entre nosotros sigua siendo fecunda.

Muchas gracias por invitarme a este acto y muchas gracias a todos por venir.

 

M. Carmen Sancho de Francisco

Taroda, 19 de Agosto de 2016

Taroda

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