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El aroma del espliego

 

Miguel Ángel San Miguel

Maqueta e imprime Gráficas Ochoa. 2016

 

Miguel Ángel San Miguel Valduérteles, sampedrano, licenciado en Geografía e Historia, hasta su jubilación profesor de instituto en Gijón. Es un hombre socialmente comprometido, impulsó el Movimiento Social por la Escuela Pública y colabora activamente con el Comité de Solidaridad con la Causa Árabe. En colaboración con Jesús Vasco, publicó “Fuego, sendero y fiesta”, sobre San Pedro Manrique y sus ritos. Articulista en la Nueva España. El yacimiento de Los Casares, en San Pedro Manrique, donde se excava desde hace nueve años, fue descubierto por este andariego sampedrano. 

Publicó, en el año 2007, “Desde el silencio”. Un relato impresionante sobre el tema de los fusilamientos -asesinatos directamente- durante la Guerra Civil española. Ahora, con “El aroma del espliego”, trata otra página negra de nuestra historia, la expulsión de los moriscos a principio del siglo XVII. 

Los moriscos fueron los musulmanes bautizados por orden de los RRCC por una orden dada en el 1502. Muchos ya se habían convertido antes voluntariamente. El número de ellos era muy importante, alrededor de un millón en la España de la época, que contaba alrededor de siete millones de habitantes, teniendo en cuenta el elevado número de manos muertas, o inertes, correspondiente a la Iglesia. 

La expulsión de los moriscos ya se planteó en época de Carlos V y luego de su hijo Felipe II, quien actuando como su sobrenombre indica, fue prudente y valoró los pros y contras de semejante decisión. Sus antecesores, los llamados reyes católicos, habían expulsado a los judíos y habían conquistado el reino de Granada Pero restaba solucionar el problema de los moriscos. Un problema creado precisamente por la Iglesia Católica y sus representantes. Se extendió entonces la Santa Inquisición, sobre la que todos habremos leído o nos habremos documentado, y sabemos el celo con el que actuaban. Se había creado al final del siglo XII para combatir a los cátaros, después pasó al reino de Aragón y al unificarse con Castilla, se extendió. Hay que decir que duró hasta 1821, pero la llamada Inquisición Romana estuvo vigente hasta 1965, llamada Congregación del Santo Oficio. Y hay que decir también que este tribunal, que fue parte importante en la expulsión de los moriscos, actuaba con saña. Si en la actualidad existiera un organismo semejante, con los conocimientos que existen sobre la sicología y la siquiatría, podría decirse que la mayoría de los componentes del Tribunal de la Inquisición eran verdaderos sicópatas. 

Así como en “Desde el silencio” partió del conocimiento de los hechos por proximidad en el tiempo y transmisión incontestable de los mismos, en “El aroma del espliego” Miguel parte de documentación que sobre estos hechos se conserva, para ubicar la narración en el espacio concreto del valle del río Alhama una comarca donde, gracias a la buena tierra y abundancia de agua, predominaba la huerta, actividad en la que los moriscos eran maestros. Se trata de la zona que rodea al río Alhama. La mayoría de sus pueblos pertenecieron a la provincia de Soria hasta hace cuatro días como quien dice. También fueron expulsados muchos de Deza, Arcos y Ágreda, y en general de la zona rayana con Aragón, que fue el reino que más sufrió las consecuencias de la expulsión, por el elevado número de moriscos que vivían en la zona. 

La historia de “El aroma del espliego” es contada por Miguel Ángel San Miguel a través de varios personajes. Joan de Bonafé, párroco de diversas aldeas de San Pedro, quien escribe lo que él vivió hasta la expulsión de los moriscos en 1611. El que reniega del Santo Oficio, el que escribe lo que sucedió en las tierras del Alhama y esconde los escritos, algo habitual entre los moriscos y también entre los sefardíes, que ocultaban o emparedaban libros y escritos que fueron apareciendo a lo largo de los siglos. Esto me recuerda lo de las imágenes cristianas, que se escondían para que no fueran profanadas y aparecían en cualquier lugar. O cuando ya estaban muy viejas se enterraban. Diego de Amillo, uno de los expulsados, el protagonista (aunque en realidad es un libro coral), natural de Cervera. El conde de Aguilar: Felipe (1569-1620) casado con Luisa. Eran señores de Cameros, Cigudosa y Andaluz, es otro de los protagonistas. 

Da a conocer el autor las artimañas de las que se valieron, en especial el sacerdote, para evitar la salida del mayor número posible de moriscos, la más poderosa de ellas el falsear documentos de fechas de nacimiento (a los niños menores de 5 años no los expulsaban). El protagonista, Diego, marcha al amparo de los rebaños trashumantes y de los nobles señores de la Villa. El viaje de Diego es otro de los atractivos de la novela, así como su estancia en los pastos y las vivencias que se producen, narradas, como todo el libro, con gran conocimiento de la Trashumancia. 

“Entre sicarios y cuadrilleros, soplones y traidores, destierros y torturas, inquisidores y curas de mancebía, soldadesca y aduaneros... entre las páginas de una historia de fratricidio, intolerancia y guerracivilismo -nuestra historia-, asoma sin embargo de vez en cuando un aroma de espliego. Esa rama que Diego coloca junto a la ventana, para que su mujer Petronila le recuerde, es también el aroma de la esperanza, de las muestras de solidaridad entre prófugos, trashumantes y gentes del camino, el aroma de esa heroicidad y hermandad de individuos particulares y que también florece puntualmente a lo largo de nuestra historia, el fruto de nuestros mestizajes”. Del prólogo. Mercedes Álvarez. 

Basada, pues, en hechos reales, “El aroma del espliego” es una novela donde, pese a los tiempos en que está ubicada y los avatares de ellos, la ternura del personaje es un soplo de amor que reconforta, un aroma tan peculiar como el del espliego, que impregna toda la narración. Porque mientras se va leyendo, se empatiza con los protagonistas, y de vez en cuando olemos el espliego. 

Queremos dejar constancia del trabajo de investigación que conlleva la redacción de una novela de corte histórico. La búsqueda de documentos, en general esparcidos por distintos archivos históricos, locales, diocesanos... El expurgo, entre tantos, de aquello que interesa para el tema. La transcripción de ellos. Un trabajo que, en ocasiones, dura años.

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