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MAGAÑA. 1950.
VIVENCIAS Y RECUERDOS DE UN NIÑO. BÚSQUEDA Y REFLEXIONES DE UN JUBILADO

José N. Pascual Herrero

Editorial Ochoa
Diseño y maquetación: Enrique Romero Pascual
SORIA, 2006

 

Bajando de Tierras Altas hacia Ágreda, por la carretera SO-630, de pronto, al rebasar una de las muchas curvas, allá en lo alto, dominando montes y valles, la vista del magnífico castillo de Magaña va acompañando al viajero. Es tal la belleza del paisaje, que recomendamos pararse en algún entrante de la carretera para verlo desde abajo en todo su esplendor.

Es Villa, y no extraña que se la disputaran los nobles, aunque la recibió en el siglo XV el condestable Álvaro de Luna. En su entorno son varias las ermitas que indican, en algunos casos, la existencia de pequeños pueblos, ya desaparecidos: Los Casales, Castellares, La Mora. Todo lo anterior lo escribe don Gonzalo Martínez en su ensayo “Las Comunidades de Villa y Tierra de la Extremadura Castellana”, de las que Magaña, dice, es la más pequeña de todas ellas. Por su término discurren los río Alhama y Montes.

El autor de “Magaña 1950”, José N. Pascual, se ha fijado en el lado humano de una villa con historia, en las personas que a lo largo de los siglos han hecho posible esa historia, y se ha detenido en los años de su niñez, 1950, cuando las costumbres eran las mismas, o parecidas, que las de siglos atrás. Ha sido a partir de esos años, precisamente, cuando todo ha dado un vuelco, y rastrear en aquello que fue es harto difícil, a no ser que se recurra al recuerdo de quienes lo vivieron, que es lo que ha hecho José.

En un pueblo con huertos, ríos, abundante vegetación, ruinas y castillo, la imaginación de los niños encontraba bastante sustento. Junto a los juegos, siempre diferenciados entre niños y niñas, José recuerda también las fiestas religiosas, las patronales, el trabajo (presente desde la infancia), la escuela (que ha marcado siempre a todos los niños de todos los lugares), y los ritos y costumbres en los que ellos participaban aunque fueran cosas de mayores.

Curiosidades tales como el peinado, el sexo (casi inexistente para los jóvenes), los apodos, los topónimos, el luto y hasta los andares: “… no se andaba a pasos, se andaba a zancadas…”. Era necesario, dice, dado el estado de calles y caminos a recorrer.

Las actividades, propias del mundo rural, tan duras, aunque después, en el recuerdo hayan quedado envueltas en la neblina. Acarrear agua, lavar en el río, cocer el pan (todo eso para las mujeres y niñas), trabajar las tierras, los huertos, carbonear, los animales (para los hombres y niños).

En fin, un libro de costumbres locales, del que se puede deducir las de otros pueblos de la provincia de Soria, y aún del mundo rural en general, recordado y escrito desde las propias vivencias.

Aquí podéis leer el libro:

Magaña. 1950

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