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AQUELLAS VIEJAS CARRETAS
(Camino de ida)
 
Pedro Sanz Lallana

2012

 

Junto a la trashumancia y al cultivo del cereal, la actividad de la carretería fue, en la provincia de Soria, fundamental durante siglos. La comarca de Pinares Burgos-Soria era el núcleo más importante de esta actividad, donde se concentraban mayor número de pueblos dedicados a ella y un elevado número de carretas y animales para la práctica de la carretería. Los documentos localizados por José Ignacio Esteban Jáuregui en el Archivo Histórico Provincial de Soria, del año 1553, que dicen de las más de veinte mil maderas de pino cerca de la herrería de Caravantes, en Salduero, así como el alzado de la presa de la herrería, todo lo cual preocupó lo suficiente a las autoridades de la época, está indicando que, maderas y herrería estaban estrechamente relacionado con la carretería, las carretas, y sus reparaciones. Dos siglos después, en el Catastro de la Ensenada, encontramos, para “Salguero y los Molinos” 678 carretas para el Tráfico de la Carretería de la Cabaña Real, cantidad considerablemente mayor que la que se señala para Covaleda, 261 carretas y Vinuesa, 61, por referirnos solamente a municipios limítrofes en la provincia de Soria.

“Si nos fijamos con atención, veremos las huellas de nuestros antepasados: caminos, arrastraderos, veredas, puentes, tenadas, chozos, potros, aserraderos, molinos, hornos, carboneras, caleros, canteras, adoberas, tejeras… No están ahí porque sí. Eran las instalaciones para el manejo del medio forestal y todas ellas cumplían su ecológica y económica misión”. Revista Rialares.

Las carretas, tiradas por animales pertenecientes a la vaca negra serrana soriana, y manejadas con destreza por los carreteros, transportaban cualquier tipo de mercancía, tal y como más tarde hicieron los ferrocarriles y los camiones. Los servicios prestados eran tanto de carácter privado como público, en este último caso y para los tiempos de guerra, las carretas podían ser confiscadas y los carreteros obligados a transportar municiones, máquinas de guerra, víveres para soldados y hasta heridos o enfermos. Lo habitual era que estos antiguos transportistas se ocuparan en servicios de carácter privado como la madera (de la que ya salían cargados de la comarca de Pinares), la pez, el vino, la lana, el carbón, el grano, la piedra (desde las minas de Espejón el jaspe para iglesias y catedrales) y todos aquellos artículos con los que se comerció a lo largo de los muchos siglos que duró la actividad. También la sal, que estaba considerada artículo público.

Pedro Gil Abad, natural de Quintanar de la Sierra, catedrático de Geografía e Historia, estudió profundamente el mundo de la Carretería y a él dedicó su amplia tesis doctoral, parte de la cual está publicada. Él afirma que fue tan importante el servicio prestado por los carreteros en la guerra de Granada, que a raíz de ella le fueron concedidos los privilegios, tan importantes como los dados al Honrado Concejo de la Mesta.

La cuadrilla de carretería, compuesta por veinticinco o treinta carretas y seis o siete carreteros, estaba organizada con un mayoral sobre quien recaía la dirección y responsabilidad de la comitiva, el aperador encargado de reparar las carretas, y otros que se ocupaban de los animales y de descargar y cargar las carretas.  

Los carreteros, al igual que los trashumantes merinos, pasaban fuera de su casa unos siete meses, estaban en ruta aproximadamente desde San Marcos (25 de abril), hasta San Andrés (30 de noviembre). Era una vida dura, lejos del hogar y la familia, pero interesante porque conocían mundo, mucho más que los merineros, cuyos trayectos largos comenzaban y finalizaban casi siempre en los mismos lugares, y la estancia, en los pastos, era reducida en el espacio. 

Pedro Sanz Lallana, soriano pinariego, de Covaleda precisamente, breto por lo tanto, se licenció en Filología Hispana y Románica y ejerció de profesor, hasta su jubilación, en la provincia de Barcelona. Son numerosas sus publicaciones –muchas de temática soriana- y muchos los premios conseguidos.  

Ahora, tranquilo en un pueblo de Pinares, se ha fijado en un mundo que vivió de pequeño, aunque sólo lo hiciera a través de recuerdos y conteras escuchados a los mayores, casi todos descendientes de aquellos viejos y sabios carreteros, y ha escrito una novela recreando aquella actividad, aquel ambiente, “Aquellas viejas carretas” (Camino de ida). Este subtítulo anuncia ya que, con el tiempo, podremos leer el Camino de vuelta. El narrador es Andrés, mayoral de Covaleda, quien recuerda, en su madurez, un viaje que tiene lugar en 1808, cuando las tropas francesas, o la francesada, se empeñaron en conquistar España y a punto estuvieron de conseguirlo, con la aquiescencia y traición del Borbón de turno, de ingrata memoria. Él era en aquel su primer viaje el zagal y su padre el mayoral. 

Por la novela discurren personajes sencillos, que se comunican de forma sencilla: vinateros, frailes, pastores y los propios carreteros. Transportan sal, vino y pez, principalmente. El detallado relato de los lugares por donde viajan aviva el deseo de visitarlos, cualquier día de estos iremos a Poza para ver las murallas y las salinas. El viaje finaliza en Balmaseda y el de vuelta, que ya avisa el autor va a ser complicado, estamos a la espera de poder leerlo en la seguridad de que la fina y certera pluma de Pedro Sanz nos va a proporcionar las mismas emociones, o más, que en este viaje de ida.

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Aquellas viejas carretas

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