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BEATO JULIÁN DE SAN AGUSTÍN
- El limosnero penitente.

Carlos de la Casa y José Antonio Martín de Marco

Prólogo: Carlos Amigo Vallejo
Edita: Ayuntamiento de Medinaceli
Fotos: Archivo del Convento de Nuestra Señora de los Ángeles de Constantina, Carlos de la Casa, Elena Heras, José Ramón López de los Mozos y Alejandro Plaza
Maqueta e imprime_ Ochoa Impresores
SORIA 2012

 

De nuevo se unen dos talentos –De la Casa y Martín de Marco- en este caso para dar a conocer la vida y andanzas del soriano de Medinaceli, Julián de San Agustín. Hijo de un francés, Andrés Martinete, y de una vecina de Aguaviva, Catalina Gutiérrez, Julián nació en el año 1550. Sería la casualidad, además de la necesidad, las que llevaron al padre de Francia a Medinaceli. O tal vez la ascendencia noble de Andrés Martinete, concretamente de Bearne, entre otros lugares franceses, y la misma ascendencia de los duques de Medinaceli, tuviera algún tipo de influencia en el viaje de Martinete. A mediados del siglo XIV, Bernal de Bearn y Foix casó con Isabel de la Cerda y Guzmán, a la sazón, y por muerte de su hermano, condesa de Medinaceli.

Tiene esta publicación una documentada introducción histórica de la Villa de Medinaceli, sin lugar a dudas, la tierra de Soria con una historia más rica y diversa de todas, donde dejaron su impronta distintas culturas y, sobre todo, por lo cercano en el tiempo, la Casa Ducal de Medinaceli.

Las vicisitudes de la vida de este medinense, desde su nacimiento en 1550, hasta su muerte en 1606, están narradas y documentadas en esta publicación. Fue temprana la solicitud de venerabilidad para Julián Martinete, seis años después de su muerte, que le sería otorgada en el año 1777, y las de beato en 1825. Los milagros que sustentaban la condición de beato se encuentran también detallados en la publicación.

Pero dado que el prólogo está escrito por un personaje de la categoría del cardenal don Carlos Amigo, dejaremos que sea él quien hable.

 

PRÓLOGO

Elogio de la sencillez. También podía ser un título adecuado para este libro, que es un cántico, tan hermoso como elocuente, de una vida en la que todo rezuma un gran amor a Dios, manifestado con eficacia en la ayuda a los más pobres y desvalidos. El beato Julián de San Agustín, franciscano, penitente y limosnero, supo entregar lo mejor que Dios había dejado en el corazón compasivo del fraile, al servicio de los demás. Como se trataba de oficio de caridad, con el pan para remediar el hambre ponía el abrazo de ternura a los necesitados, pues también el pan de la misericordia es imprescindible para remediar muchas de las hambres que tienen las gentes.

Elogiar la sencillez es tanto como bendecir a Dios Padre, que por obra y gracia del Espíritu Santo, hizo que el Verbo tomara carne de nuestra humanidad. Este es el mejor y más sublime de los ejemplos de una vida en sencillez, que es tanto como decir que era una existencia entregada por completo a dar la vida por los demás. Y hacerlo de una manera tal que las obras más grandes de amor, de caridad fraterna, estén predicando, no la generosidad altruista del donante, sino la sobreabundancia que la gracia de Dios ha puesto en el corazón de algunos hombres, como en  del beato fray Julián.

En Medinaceli, y a mediados del siglo XVI, naciera Julián. Su  vida fue corta en años y generosa en virtudes. Le tocaron vivir tiempos de renovación y de penitencia. Y tan en serio se tomó su vocación ascética que lo desbordado de su entrega a la mortificación, en condiciones que parecían exageradas, hizo fracasar  su intento de consagrarse por completo a Dios en la vida religiosa. Pero llegó el día anhelado de la profesión franciscana y del  reconocimiento de la gracia que el Espíritu de Dios había puesto en este hermano lego santo. Al final, Dios se abre siempre camino, con sus consuelos, entre las dificultades que ponemos los hombres a la acción del Espíritu.

Las actitudes ejemplares que contemplamos en la vida de fray Julián son intemporales. El tiempo, en siglos, ha pasado. Pero la abundancia del amor, que Dios pusiera en el corazón de este hermano franciscano, derrumba las murallas de la historia,  para hacer vigencia y actualidad lo que en el recuento del tiempo pudiera parecer lejano. No  son otros tiempos ni otros días, sino la permanente acción del presente de Dios en la gracia que el Espíritu deja en la vida de las personas. Las virtudes que practicara y  viviera este santo penitente, limosnero, humilde, misericordioso, pobre y caritativo, son vigencia que conmueve y cautiva, que sirve de ejemplaridad y de modelo a tener en cuenta.

Los tiempos pueden ser otros y también las heridas de los hombres y mujeres de este mundo. Pero los bálsamos para curar el desamor llegan siempre desde ese manantial insondable  que es el  corazón de Cristo. Por eso, al beato Julián de San Agustín se le  puede considerar como un peregrino que camina desde el mismo corazón del Señor, rico en misericordia, hasta las llagas más abiertas el corazón de los hombres. Era tan pobre, que solamente poseía esa riqueza del amor de Cristo. Y lo que tenía, no dejó de repartirlo  entre los menesterosos.

Pero no se trataba simplemente de repartir cosas y alimentos, sino de hacerlo con tal disposición que en actitudes y comportamientos se manifestara la vida identificada con Jesucristo. Ya no vivía fray Julián, era Cristo el que  había tomado posesión completa de la voluntad y de las acciones del franciscano, que tenía su vida escondida en Dios para manifestar la hondura y la generosidad misericordiosa  de su Señor a todos aquellos que estaban cerca  y en los que contemplaba la imagen del Hijo de Dios.

Este es capítulo admirable de humildad y de sencillez: el reconocimiento de que todo bien proviene de lo alto, y que toda alabanza se queda siempre corta cuando se trata de la sublime grandeza de Dios. El humilde no se mira nunca a sí mismo, ni el hombre sencillo busca alabanza alguna, pues vive convencido de que todo es gracia y bendición que llega del Señor Altísimo.

La sencillez no puede quedarse ni en discreción ni en silencio, pues es arriesgado oficio de compromiso que busca incesantemente la forma de ayudar al desvalido. Tampoco es silencio obligado, sino hablar con el mejor lenguaje que las obras saben hacer: dar de comer al hambriento y ofrecer un corazón misericordioso a quien perdiera la esperanza.

Pobre, sencillo y héroe. Éstas pueden ser las características personales que definirían la grandeza de un hombre cuya única nobleza era, sin duda alguna la más grande de las alcurnias: el ser hijo de Dios. Era pobre, no tanto porque careciera de bienes de este mundo, sino porque había elegido el camino de Jesucristo, que se hizo pobre para estar cerca de los pobres. Era sencillo, pero no solo de apariencias discretas, sino en el convencimiento de que la caridad no necesita hacer ruido y nunca de ella se ha de presumir,  pues  los méritos del amor fraterno son siempre de Dios y para Dios. La heroicidad proviene, en nuestro beato franciscano, de hacer las cosas más admirables y difíciles con la naturalidad de quien se considera siervo de un Señor en el que nunca la medida del amor tuvo medida.

Tan grandes acciones, unas veces pasaban desapercibidas. En otros momentos, no se apreciaban en todo su valor. Era lo mismo, fray Julián de San Agustín estaba preocupado, no por la credibilidad de sus obras, sino por la fidelidad sin condiciones al Evangelio de Jesucristo.

Que nadie se extrañe de un comportamiento tan santo, pues es la consecuencia de esa identificación con Cristo. Lo que puede parecer extraordinario, es siempre normal, diario y obligatorio, en el que quiera seguir de cerca al hijo de Dios. Y hasta tal punto, que se abraza a  la cruz y la carga sobre sus hombros,  que está dispuesto a morir en ella y que pueda decir con auténtica sinceridad: Dios me libre de presumir sino es en la cruz de Jesucristo, en la cual estoy crucificado y me proporciona el gozo de sufrir algo en honor de mi Señor.

Tenemos que agradecer a los autores de este libro el habernos presentado la figura del beato fray Julián de San Agustín de una manera tan documentada en los datos objetivos, como abierta  a unas motivaciones que van mucho más allá de aquello que se puede compulsar en fondos de archivo.

La santidad esa aspiración incuestionable en todo aquel que quiere seguir fielmente a Cristo, es tarea intemporal y que algunos hombres santos, como el beato fray Julián de San Agustín, nos ponen en vigencia y actualidad. Y gracias a la investigación de unas personas, en este caso, Carlos de la Casa y José Antonio Martín de Marco, que saben decirnos, con palabras de hoy, los hechos y las virtudes de este hermano lego franciscano, en el que la sencillez se hizo su mejor elogio.

Carlos Amigo Vallejo. Cardenal Arzobispo Emérito de Sevilla

 

El libro fue presentado por el alcalde de Medinaceli, Felipe Utrilla, y por el abad del Monasterio Cisterciense de Santa María de Huerta, don Isidoro Anguita, convento al que tan vinculado está Carlos de la Casa, por los numerosos estudios que sobre él ha realizado a lo largo de su vida.

En Medinaceli se conserva en perfecto estado la Ermita de Beato Julián de San Agustín, donde se custodian las reliquias del santo.

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