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EL AIRE QUE SE RESPIRA

Silvano Andrés de la Morena

Edita: Huerga y Fierro editores. Poesía
Prólogo: José Ángel Cilleruelo
Fotografía portada y del autor: Carme Muñoz
Páginas: 80. 2012

 

Ahora, el silencio debería estar prohibido.
Porque ahora el silencio no es valor de respeto.
Sino señal de retirada.
Y en esta batalla abocará
en la catástrofe toda
retirada.

Carcoma,
carcoma, en silencio o contra
el silencio, va abriendo una peste
que pide a gritos luchar contra
el silencio.
Dos silencios. El de los que piden
paciencia y el de los que, en la densidad
del miedo, piden la palabra
en tiempos revueltos.

Silvano Andrés de la Morena

 

Los autores de Poesía, tras años en el dique seco, están viviendo un buen y merecido momento. En cuanto a los poetas sorianos se refiere, el empuje dado por Expoesía, la particular Feria del Libro soriana, y muy especialmente por el empeño de César Millán y Las Heras Ediciones, es digno de tener en cuenta, toda vez que, gracias a ese empeño, vuelve la Poesía a ocupar el lugar que nunca debería haber dejado.

De nuevo, y tras la reciente publicación de La línea del tiempo, en Cuadernos de Poesía, Silvano Andrés de la Morena, soriano de de Cuevas de Ayllón, afincado en Barcelona, nos ofrece ahora El aire que se respira, con prólogo de Jose Ángel Cilleruelo, que reproducimos.

 

P R Ó L O G O

 En El aire que se respira Silvano Andrés de la Morena ha desviado la mirada y las palabras con las que había construido su obra anterior para encarar un súbito acercamiento a lo inmediato. «Salgo a la calle, a ver quién puede aclarar / tanto desaliento» es una de las primeras afirmaciones que el lector va a encontrar, precedida por una fecha que se muestra también como inmediata —«Enero de 2012, uno de tantos eneros, / afirma que todo puede ser peor»—, y que a su vez presenta la materia sobre la que se va a extender la reflexión: el presagio de un «desaliento» general aún mayor. Este es el marco que traza el poeta para el libro: la vida urbana, cada vez con más «cemento» simbólico y más alejada del ser humano; la incidencia del presente en la construcción de la sensibilidad, que compite incluso con la literatura («esta mañana, me he desayunado / con Alejandra [Pizarnik] / mientras el periódico me daba una radiografía / de cómo están los mercados») y la necesidad de erguir una poética y una moral con las que comprender lo que ocurre.

Los cauces de meditación por los que discurre el libro de Silvano Andrés siguen, por una parte, estas pautas: la lectura del pálpito de la calle, el juicio del presente, las aristas del pesimismo. Por otra, hay poemas que subrayan la transformación en bienes espurios de magnitudes que hasta ahora constituían la esencia de la vida: el silencio, la verdad, la naturaleza o el amor. Ambas líneas de pensamiento poético se entrelazan en un gran tema de reflexión que supone, posiblemente, uno de los retos mayores para un poeta actual: la conciencia del acelerado desmoronamiento de los valores del humanismo. Valores humanistas, no se olvide, que situaron la poesía, el arte y el conocimiento en el centro de gravedad de todo lo humano. Por encima del asunto concreto que cada uno de los poemas trate y más allá del aire coloquial con el que se ha querido impregnar la escritura, este no es un libro sobre las circunstancias inmediatas, sino sobre cómo la condición de este presente ha estrechado el cerco a los pilares de las creencias humanistas más hondas y ha empezado a zarandearlos. Este libro es la crónica de un acecho, desde dentro y minuto a minuto.

«La cuestión es si la poesía debe retirarse / del mundo o persistir en sus acentos», estos dos versos abren las puertas al tema central en El aire que se respira. De hecho, no se trata de una exclusiva preocupación metapoética; todo lo humano, tal como lo hemos amado, está implicado en esta «cuestión». «A veces, me pregunto si seguirán las lomas / sobre la tierra, / cuando todo es susceptible de derrota», le hace decir el poeta a la «Palabra», es decir, si la «derrota» no sólo amenaza un presente concreto, sino también la propia conciencia del ser sobre su valía. A través de estas citas se accede al epicentro temático del libro, pero una vez dentro de esa zozobra, el poeta también ha trazado un camino de salida, que con clarividencia sitúa en el mismo lugar que zahiere: sólo la construcción del presente puede trascender un presente con tanto veneno.

Con El aire que se respira Silvano Andrés de la Morena ha realizado su personal descenso a los infiernos, que han resultado mucho más próximos que los abismos míticos. Este viaje hacia el presente se ha convertido en el contrapunto del ideal y de la exaltación de naturaleza y vida, pero acaso para que ideales y cánticos continúen erguidos en el horizonte de lo humano haya sido necesario realizarlo de esta concreta manera: «Salgo a la calle, a ver quién…».

 © José Ángel Cilleruelo

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