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DE LOS VIVOS Y LAS MUERTES
Carlos Robredo Hernández-Coronado
robredo.cr@gmail.com

 

Edición propia, 1999
Páginas: 230

“Se da en la obra de Carlos Robredo, una fantasía de lo posible que no nos aleja de lo real, tan sólo lo embellece, sin ocultarlo”, dice Daniel Ríu Maraval (por cierto fechado en el maravilloso pueblo de San Cugat) en el epílogo a este recopilatorio de relatos que ahora comentamos. Estamos de acuerdo. Carlos Robredo fantasea, a veces, sólo a veces, con lo real y parece, al final de la lectura, que eso pueda suceder. Y es que no sabemos si decir que es capaz de crear unos ambientes con sólo tres palabras o sabe predisponer para que entremos en ellos nada más empezar a leer, lo que viene a ser lo mismo.

La versatilidad de este escritor para crear personajes habrá que tenerla en cuenta de ahora en adelante. No es fácil describir con la misma facilidad el honor castellano, el ambiente rural soriano, el erotismo, la sordidez, la exquisitez, lo onírico, lo alegórico y lo sorpresivo. Carlos Robredo lo hace.

Ha llevado el rancio honor castellano-rural hasta las últimas consecuencias en “El boticario”, con el aderezo de una trama que mezcla el suspense y la muerte. El castellanismo está presente, asimismo, en “La primera vez”, historia ubicada en Soria, en uno de esos comercios que tanto nos gustan y cuyo olor, sin que se haga una sola mención, impregna el relato. El padre del protagonista, con modales muy al uso de la época de los primeros años del siglo XX, inicia al hijo en eso de la sexualidad en un lujoso burdel madrileño, consiguiendo unos resultados tan sorprendentes que desbordan al pobre padre. El otro relato situado en este ambiente, también soriano, concretamente en El Burgo de Osma, es “La misionera”, deliciosa y pequeña historia de una monja que cumple su misión en Nagasaki y en una de las visitas a la villa episcopal recibe el regalo de un paseo en el flamante coche del alcalde.

“Al despertar” y “El cigarral”, con relatos de tinte erótico-homosexual, muy delicados, apto para cualquier edad, y recreados en ambientes finos y burgueses, donde también se mueve muy bien el autor, diríamos que es en el ambiente donde más cómodo se siente. En ese mundo sitúa “Al final del curso”, un trío largo en el tiempo, entre unos personajes cultos y educados.

La sordidez tan solo insinuada aparece en el relato “En ruta” y alcanza la exquisitez en “Con la luna en lo alto”. Y se nos preguntará ¿puede lo sórdido ser exquisito? No en sí mismo, pero sí en la forma de describirla, consiguiendo, sin herir, los mismos efectos.

“El resucitador” tiene un encanto especial. El protagonista se da cuenta del poder que tiene para volver a la vida, primero a sus abuelos, después a sus amigos, y digamos que se aficiona, hasta que un día el viento le muestra su propia muerte y se da cuenta de que no debe continuar.

¿Son oníricos o alegóricos “La agresión” y “El coloso de Alejandría”? Pensamos que goza de ambas cualidades. El primero parece más un sueño, el del cubano vuelto a su tierra de origen, quien, delante de una buen fuego en la chimenea ve cómo un gavilán sale de las llamas. Todos los que, por fortuna, podemos pasar horas delante de un buen fuego, sabemos que ello es posible. En cuanto al segundo, se trata de la descripción de la caída del coloso y su desmembración en el fondo del mar, su hallazgo y rehabilitación, con unas imágenes (por que son imágenes) mediante las cuales podemos sentir cómo las grapas juntan los miembros, de qué forma pasan por las venas y cómo vuelven a restituir la gran estatua en un nuevo pedestal.

Pero hay más. “Libertad”, apenas dos páginas para recrear la liberación de un secuestrado, que nos hace pensar en la de Ortega Lara. “El hermano mayor”, quien mata a su propio padre en busca de justicia. “Aquelarre”, eso, entre miembros de la misma familia. Y “Sólo me queda esperar”, donde un camionero circulando por la izquierda (¡cómo no!) se carga a un hombre y él, desde la muerte, escribe a su mujer.

Estupendos relatos. Cuando un libro se abre, se comienza a leer y no puede dejarse hasta llegar a la última página, ese autor debe sentirse feliz, ha logrado lo que todo escritor busca: llegar a sus lectores. Todas las demás teorías no valen, en el fondo son hipócritas.

Isabel Goig

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