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LA SEÑORA LUBOMIRSKA REGRESA A POLONIA
Avelino Hernández Lucas

Edita: Espasa Narrativa
páginas: 141

2003

Novela corta, intimista, muy en el estilo lírico al que nos tiene acostumbrados Avelino Hernández, La señora Lubomirska… es el discurso final de una anciana que ve apagarse su hálito y, en esos flashbacks postreros, reconstruye fragmentaria y obsesivamente su larga trayectoria vital.

Perteneciente a una de las grandes familias de terratenientes polacos, Helena, que este es el nombre de la Lubomirska, ha sido testigo de los numerosos cambios sufridos por su país natal, Polonia, y de paso a buena parte de Europa.

Helena vive en una isla que se adivina mediterránea e italiana (Sicilia?, Cerdeña?). Viendo su fin próximo ha vendido su casa a un matrimonio joven que consiente en usufructuarle una planta de la misma, donde habita el tiempo que le queda de vida. Un día, de modo coloquial y casi inadvertido, los nuevos propietarios le prometen llevarla de vuelta a Polonia, a la vieja Heredad, y Helena les toma la palabra y fantasea con esta idea, se imagina su llegada y advierte, retóricamente, que los viejos campesinos seguramente se acercarán a ella y le besarán el borde del vestido, en señal de sumisión y respeto.

Cuando, finalmente, el joven matrimonio, avisado de la muerte de la anciana, regresen a la casa, apenas recordarán haberle hecho esa promesa que, sin embargo, desata este monólogo reiterativo que da fundamento a la novela.

Por los ojos de la anciana pasa un poco la historia de Europa a lo largo de buena parte del siglo. Lubomirska recuerda la invasión ruso-alemana (1), también la forzada sovietización de la posguerra, que trajo la colectivización de las tierras familiares (una enorme extensión que costaba semanas recorrer a caballo). Helena vive el cerco al gueto de Varsovia, abandonado a su suerte por Stalin que así descabezaba prácticamente gratis al lobby judío antes de entrar triunfalmente en la ciudad.

Los recuerdos se van anclando en los amantes que tuvo a lo largo de los años. El judío Martin, un amor desesperado de los días del gueto, el americano Randhom, al que despreció, y sin embargo parece añorar en sus últimos momentos. O el inglés Jeremy, con el que finalmente se casó, aunque su relación fue incompleta, era un alcohólico y un impotente.

Mientras dialoga con su perro Miska, Helena se acuerda de su hermana, la Innombrable (María), que se hizo comunista, que se recicló en experta en abonos al servicio de los nazis, en Auschwitz, abonos de cenizas humanas. Que luego se hizo ceramista, ya en el exilio brasileño (donde, se nos dice, se confunden las víctimas y los verdugos), y, como explica Helena, antes hacia barro con hombres y ahora hace hombres con barro…

La protagonista, que acaba sus días en la isla mediterránea, como viuda del británico Jeremy, se integra en la comunidad, aunque siempre es vista como una extraña, sobre ella se tejen las leyendas.

Por lo demás, todo ha cambiado, incluso la vieja Polonia. La heredad de su familia quedó en la zona rusa cuando Stalin y Hitler se repartieron Polonia y, como Rusia conservó estas conquistas (pese a que, paradójicamente, la II Guerra Mundial se desencadenó para regresar al status quo anterior a ella), ahora está en Ucrania (1).

La heredad Lubomirscy ahora es Ucrania, ¿lo sabías, Jeremy? Cuando era niña, Austria, luego Polonia, luego Alemania, luego la Unión Soviética, ahora Ucrania… ¿Qué soy, Jeremy?, ¿de dónde vengo?, ¿adónde regreso?... ¡Oh, la patria!

La prosa de Avelino, ya de por sí proclive al estilismo, se ha depurado aquí notablemente. Hay una estructura interna, un sistema de aliteraciones y combinatoria, no evidente, pero cuya musicalidad aflora como la música de las esferas.

Cierto Deja Vú de Miss Caldwell habla con su hijo?. Una cierta remota afinidad, algún hermanamiento que no sabríamos concretar.

La señora Lubomirska puede, por tanto, interpretarse en varias claves. Una de ellas la del mismo sentido de la vida, que tanto se replantea la protagonista quien confiesa varias veces que le gustan los hombres pero que, a renglón seguido, se lamenta de su muy escasa vida sentimental. Repite que la moral debiera probablemente dictarse desde el lecho de muerte y no desde las iglesias y explica su semicastidad, porque existe un solo Dios verdadero…¿Replanteamiento de la moral judeocristiana? Bueno, Avelino no va tan lejos.

También es una parábola de una cierta idea de Europa que, sometida a tantas convulsiones y experimentos sociales (un amigo madrileño me decía, gráficamente, hace unos meses, hablando de este tema de los totalitarismos de la izquierda y de la derecha: "da igual donde caves: salen cadáveres"). Una Europa que, pese a todo, con mala salud de hierro, quizá esté todavía a tiempo de proclamar el viejo mensaje indoeuropeo de democracia, tolerancia y libertad…

Avelino hace algunos guiños a una de sus obras que nos es más querida, la Historia de San Kildán, cuando se refiere al islote de San Kilda, aunque sea en un contexto de la guerra y del misterioso pasado como espía (¿doble?) del flemático Jeremy. Habría que reeditar la Historia de San Kildán, que probablemente merece una atenta relectura.

Es curioso que Avelino vuelva su vista a los agitados periodos de la historia Europea casi al mismo tiempo que, desde Alemania, lo hace Günter Grass con su apasionante A paso de cangrejo.

 

(1) Un par de datos parecen poco creíbles. Uno, que a finales del 39, en pleno idilio ruso-alemán, los partisanos polacos buscaran el apoyo soviético. Todo lo contrario, en esos meses el ejército comunista se afanaba en detener e internar a las elites polacas (sobre todo oficiales del ejército, maestros, sacerdotes). Poco después hasta 60.000 hombres eran fusilados anónimamente en las llamadas Fosas de Katyn, genocidio negado por a URSS durante 50 años y finalmente reconocido por Yeltsin no hace mucho tiempo. Suena truculento y poco creíble que los soldados alemanes hicieran copular a las polacas de sangre aria con perros. Todo lo contrario, el instituto Levensborn dependiente de las SS, seleccionó y promocionó socialmente a todos los polacos y polacos que se ajustaban a los patrones de la raza aria, incluidos los subtipos bálticos pese a que, bajo su criterio, estaban fuertemente mestizados. La realidad fue ya lo suficientemente dura como para que haga falta exagerarla.

Antonio Ruiz Vega

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