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NITRATO DE CHILE
Juan José Peracho Soria

Edita: El autor
Maquetación e ilustraciones: Paco Castro
SORIA 2001

Tras un primerizo libro de viajes (Soria-Sáhara) y otras dos novelas publicadas (Tuercebotas y Numancia: el año que no vinieron las golondrinas), Juan José Peracho Soria se perfecciona como narrador en esta saga provinciana que titula, no sin humor, Nitrato de Chile, en homenaje sin duda a esta popular marca de abono, cuyo logotipo abundaba hasta hace bien poco por las plazas y medianeras de la Soria rural.

A lo mejor pecamos de presunción si afirmamos que este libro sucede a los anteriores, porque sabemos que Peracho, como suele suceder a muchos otros escritores sorianos, tiene muchos originales en el cajón, pero esto no pasa de ser una anécdota.

Nitrato de Chile puede ser muchas cosas, pero ante todo es una divertida historia donde se entremezclan varias tramas que, evidentemente, no vamos a desvelar.

Situada en una comarca vagamente cercana a la sierra de Pela y con algunas referencias geográficas que no hay que tomar muy en serio, los personajes de Nitrato de Chile resultarán familiares para quienes conozcan mínimamente la vida cotidiana de nuestros pueblos, sobre todo lo que fueron en el pasado.

Aparece por aquí una maestra atractiva y enamorada de lo rural, un emir árabe que, como los boditsavas hindús, ha preferido continuar en este valle de lágrimas en vez de partir al paraíso mahometano, un ex legionario de la española y otro egresado de la francesa, un director de museo algo cabroncete y tocapelotas, un tesoro, un pleito por traída y llevada de aguas que termina con algo de goma dos y mucha mano izquierda...

Hay, en fin, de todo, como en botica y si no estuviera urdido con mucho cariño y bastante sentido del humor a lo mejor resultaba un poco embarullado.

¿Cuál es la moraleja? preguntábamos hace poco al autor ante los micrófonos de la COPE local. Sin duda varias, pero nosotros nos quedamos con esa reivindicación de la vida rural como un microcosmos autosuficiente, donde la personalidad se ve reconocida y reflejada en los demás y cada cual puede vivir de su "fama", en el mejor y más aristocrático sentido de la palabra. Que un pueblo pequeño no tiene porqué ser un Infierno Grande, no inevitablemente al menos y que junto a todos los pecados y corruptelas hay -o había- una serie de virtudes como era la solidaridad, el apoyo mutuo, el respeto, la amistad, el compartir lo bueno y lo malo...

Peracho, con algo de añoranza por sus numerosos viajes al desierto, prefirió reivindicar el carácter de tolerancia y gusto por la vida que tenía el islamismo, al menos en aquellos tiempos medievales, hoy sería otro cantar.

© ABANCO/COSAS DE SORIA Nº 41

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