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A PIE POR CASTILLA/EN TIERRAS DE SORIA
Josep Maria Espinàs

Edita: EMECÉ EDITORES
Páginas: 259
2000

 

Garray, antes del camino

Primer contacto

«Estoy en Soria, vieja ciudad de Castilla, donde me trajeron mis pecados ... », escribió Antonio Machado en 1908. Machado era un andaluz que, como poeta, tendía a justificarlo todo dramáticamente. Ignoro cuáles eran sus pecados, pero lo que le llevó a Soria fue la necesidad de tener un sueldo. Exactamente: le llevaron a Soria unas oposiciones a profesor de instituto.
Al cabo de noventa años, este julio de 1998, lo que me lleva a Soria no son mis pecados ni ninguna suerte de exaltacíón personal mística o literaria. Llego con la conciencia de saberme de paso -en Castilla como en cualquier parte.
Para llegar a Garray, inicio de mi itinerario, no es necesario que entre en Soria. Han construido una rondas de circunvalación y debo seguir el indicador que advierte «OTRAS DIRECCIONES». Perfecto. Las posibilidades desconocidas que hay siempre en las otras direcciones.
Pocos kilómetros de carretera, cruzo un puente sobre el Duero y aquí comienza Garray. Dejo el coche ante el hostal Goyo, se quedará aquí nueve días. La habitación que me dan no se abre con llave, sino con una tarjeta con banda magnética. Es como si me dijeran: ya de entrada, líbrate del tipismo. Que sea ésta la primera anotación en mi pequeño cuaderno de viaje: tarjeta magnética. Y no: segadores bajo el sol. He escogido Garray al azar, como punto de partida, y a seis kilómetros de Soria el pueblo construye casas y apartamentos. En invierno vive aquí un centenar de personas, pero estos días ya empiezan a llegar los sorianos que pasarán el verano en Garray, y otros acabarán instalándose todo el año. Se levanta una urbanización de 38 chalets que se llama El Dinosaurio. La invasión será relativa, porque Soria no es ciudad grande ni densa, pero Garray ya no es el pueblo castellano típico donde yo pueda sentirme como quien empieza a leer la primera página del libro de Castilla. Y menos hoy, que es viernes, cuando comparecen forasteros para bañarse en el río y esta noche se iniciará un fin de semana de fiestas.
En la carretera, en el centro del pueblo, hay un ensanchamiento, una especie de plaza donde se levanta la parroquia de San Juan Bautista, edificación baja y alargada, de piedra de color canela y una espadaña con dos campanas y un nido de cigüeñas. Y una casa con balcones floridos donde se ha colocado una placa que, curiosamente, lleva nombre y número: PLAZA MAYOR, NÚM. 1. Ante la iglesia han instalado dos hinchables que tienen forma de castillos para que los chiquillos salten y se dejen caer en una lona elástica en la que rebotan y los levanta de nuevo. Plástico junto a la piedra antigua, volúmenes oscilantes de un amarillo, un verde, un rojo y un azul detonantes, colores sin historia, estructuras llenas de aire, sin raíces.
En casa Abel, que es el bar de la esquina, exhiben este rótulo: RECUERDOS. FOTOGRAFÍA. ALIMENTOS DE TRADICIÓN. LIBROS. Entro y pregunto si tienen libros sobre Garray. Me dice una muchacha: «Espere que le saco alguno.» Y me saca dos, de recetas sorianas de cocina, pero ninguno que hable del pueblo. Junto al otro bar de la carretera, el Numancia, hay un grupo de chicos y chicas, y un hombre me cuenta que son estudiantes, que han venido a trabajar en las excavaciones de Numancia. Me pregunta si ya he subido, a Numancia. No, pienso hacerlo cuando vuelva a Garray, una vez cerrado el círculo del viaje. «Están construyendo dos casas ibéricas nuevas. Ponen más cemento que piedras», y comprendo que he topado con el sarcástico que hay en todos los pueblos.
Almuerzo en el Goyo -borrajas con patatas, y las chuletas que, supongo, me ofrecerán siempre a lo largo del viaje- y hojeo el Heraldo de Soria. Así puedo saber que el Grupo por un Moncayo Sonora y Palsajísticamente Limpio ha derribado una torre de rnedición del viento en la sierra de Frentes, no muy lejos de aquí, para evitar la proliferación de parques eólicos. Después de tanto tiempo defendiendo las energías alternativas no contaminantes, resulta que los modernos y esbeltos molinos de viento también estorban. ¿Habrá que esconderlos en el fondo de los valles, donde no sopla el viento? Un café no consigue aclararme las ideas. Y además, el calor aprieta. La máxima de ayer fue 31 grados, y la míni ma, 12. En la pequeña mochila he conseguido meter un jer sey, porque siempre circularé entre los 1.000 y los 1.200 metros y las noches serán frescas.
La tarde es caliente y sólo veo una sombra junto a las atracciones infantiles. Los chiquillos se montan en un toro mecánico que gira sobre sí mismo e, inevitablemente, los tira al suelo. El hombre que maneja la atracción hace sonar, a través de unos potentes altavoces, una música continua, monótona, percuciente. Cuatro notas y no más, exactamente cuatro, repetidas, amplificadas. La chiquillería parece inmune al martilleo, forman corro alrededor del toro, miran cómo resiste el cowboy ocasional y aguardan que les toque el turno para cabalgar el animal. La pared del frontón, aparejada con la de la iglesia, ayuda a proyectar, la dura sonoridad de los altavoces.
Me desplazo un poco plaza arriba, donde hay otro árbol y un hombre sentado en un bajo muro de piedra. La acacia da una sombra discreta, pero el alejamiento del estrépito permite creer que pasa un poco de aire. Pregunto si podré dormir en Hinojosa de la Sierra, que es el término de la etapa prevista para mañana. Y me dice que no. Lo había preguntado ya en el hostal y al sarcástico de Numancia, y la respuesta había sido la misma: no. El hombre con quien comparto la acacia me asegura que en Hinojosa de la Sierra, en invierno, tal vez vivan sólo tres personas, y que si mañana veo a alguien más será porque habrá ido a pasar las vacaciones en la casa familiar. Que, con suerte, no habrá más de cuatro casas abiertas, pero que es seguro que no podré comer ni dormir.
Parece que a Sebastià le tienta la novedad de tener que dormir al aire libre, en el suelo, mal protegido del fresco nocturno por una pared, pero yo soy partidario de los colchones, por maltrechos que estén. «Lléguense al Royo», dice el hombre. Hinojosa está a unos 14 kilómetros de Garray, y El Royo, seis o siete más allá. Con dos pueblos en medio que no me gustaría pasar con prisas. Hinojosa-El Royo es la etapa prevista para pasado mañana, por ello insisto: ¿seguro que no podré dormir en Hinojosa? El hombre está convencido de que no, cada día hace este camino. ¿Cada día? Es un hombre ya mayor, que habla pausadamente, con serenidad. Bajo la acacia, me explica que tiene a su mujer en El Royo, en la residencia, dice. Su mujer ha padecido una especie de infarto, no habla, es dificil alimentarla. Pienso que será algo más duro que un infarto. Para poder ir cada día a Hinojosa, a verla, se ha comprado un coche pequeño, uno de esos que se pueden conducir sin carnet. En invierno, con una moto, no podría ir. Ahora, cada día hace los 20 kilómetros de ida y los 20 de vuelta, sale de mañana y vuelve a Garray por la tarde.
Me pregunta a qué hora pensamos salir, mañana. A las siete y media. Nos encontrará, pues, porque él saldrá a las ocho.
- Lléguense al Royo, a la residencia. Seguro que podrán dormir - y añade -: y además les darán un bocadillo.
Pregunto qué clase de residencia es.
- De ancianos.
Claro. A Sebastià pienso que no, pero a mí me aceptarían.

© Josep Maria Espinàs

Daguerrotipo de las tierras de Soria en el libro "A pie por Castilla", obra del escritor catalán Josep Mª Espinàs

Los colores del páramo

Don Miguel de Unamuno dejó escrito que el genuino paisaje es el de los pequeños rincones. "Allí es donde se coge el alma del campo", sentencia el escritor vasco. Probablemente sea éste el motivo principal de la atracción que siente un catalán "de pura cepa", en expresión castiza, por este país de los castillos, "donde el silencio se hace historia". A pie por Castilla (Emecé, 2000) es un libro del escritor Josep Mª Espinàs (Barcelona, 1927), escrito en catalán y publicado por la editorial La Campana, aunque traducido al castellano. Se trata de su duodécimo libro de viajes, casi todos basándose en itinerarios a pie por Cataluña y Valencia: "He andado por los lugares por donde nadie pasa. Quería conocer a la gente que normalmente no está en contacto con los turistas. Quería, sobre todo, escucharles" (El Mundo, 23-5-2000). La obra que reseñamos adquiere un valor especial dado el origen de su autor y las múltiples diatribas que sacuden la relación entre Cataluña y el resto del Estado español, especialmente con Castilla. Las páginas que pergeña Espinàs en sus cuartillas de estío representan un canto a la mirada tranquila, al color del yermo y a la convivencia de los pueblos. Su valor, pues, excede de lo puramente literario.

El libro constituye una recopilación antológica de las peripecias que jalonan el viaje a pie del escritor y de sus tres acompañantes. Nada de coches ni autobuses. El objetivo es palpar la tierra y sus pobladores caminando sin brújula por el corazón de Castilla. La ruta seguida comienza en Garray y concluye en las ruinas de Numancia, pasando por la Tierra de Pinares: Hinojosa de la Sierra, Langosto, Derroñadas, El Royo, Vinuesa, Molinos de Duero, Abejar, Aldehuela, Calatañazor, La Mallona, La Cuenca, Villaciervitos, Villaciervos, Fuentetoba, Carbonera de Frentes, Golmayo y Soria. "El silencio avanza en Castilla como una semilla que transporta el aire" (p.133). Las tierras de Soria se convierten así en escenario de la función del libro y en símbolos de toda la región castellana. "La gente de los pueblos acostumbra a tener razón" (p. 120). Quizá por eso la inmersión del literato en el paisaje y el paisanaje es total. El autor se transforma en una especie de ojo indiscreto que todo lo observa, todo lo juzga, todo lo apunta. Josep Mª Espinàs, con la experiencia de la madurez en la retina, actúa de notario sublime de "la vasta sequedad, la paramera inacabable", en el decir de Dionisio Ridruejo.

Hablar con un segador en la Cuenca de la Mallona, compartir reflexiones con el Atanasio en Villaciervos o detenerse en la singularidad del lenguaje es todo lo que mueve a Espinàs. Los refranes, por ejemplo, se alternan con los almuerzos a base de chorizo, tortilla y cerdo adobado, y con las puestas de sol que "llenan el aire de las tierras altas de Soria" (p. 180). Espinàs desmitifica en cierto modo el axioma que convierte al forastero en Castilla en un sujeto extraño. Pero no deja de interpretar la soledad del terruño. Una de sus últimas reflexiones, después de compartir horas de paseo, le lleva a constatar el hecho de que la calle no es un espacio social, es decir, la gente no sale de sus casas para compartir la vida más allá de su tabiques o de la tasca, salvo en fechas ocasionales. Este análisis no es baladí. Al contrario, ratifica la capacidad de introspección de Espinàs, su sagacidad etnológica para indagar en el alma de la proverbial beatitud castellana. Ya no hay tiempo para las idealizaciones –apenas concede importancia al mito soriano de Machado-, ni tampoco para la instrucción histórica. El escritor planea sobre el polvo del camino con la sana ilusión de rezar sólo como testigo de su realidad. Al fin y al cabo, ya se sabe, "el camino no tiene pierde" (p. 165).

Creo que Josep Mª Espinàs considera que Castilla no tiene escritores que hayan sabido reflejar la realidad del campo. Quizá Miguel Delibes, al ser cazador y conocer las veredas. Sin embargo, han sido muchos los literatos que han encontrado en el páramo algo de sentido a su vida, porque ya Kafka decía que "la felicidad es comprender que el suelo sobre el que te has detenido no puede ser mayor que la extensión cubierta por tus pies". Tampoco hay por qué ser escépticos, pero lo cierto es que el estereotipo castellano ofrece aquello que reflejaba un azulejo romano: "vivir honradamente, no hacer daño a nadie, dad a cada uno lo suyo". Bien, pues en Calatañazor, Espinàs asciende al castillo de la villa, "una de las experiencias más fuertes del viaje" (p. 142); en Vinuesa se topa con Héctor, que a los dieciséis años vendió 100 corderos para comprarse un Toyota Celica; y en Hinojosa de la Sierra, un personaje le soltó la expresión "tener la sangre recogida" que, apresuradamente, anotó en su cuaderno. Espinàs mira con la mente concentrada y abierta, pero escucha con el deleite de quien está dispuesto a seguir conociendo, descubriendo: "amor por encontrar aquello que no se busca" (p. 103). Otro genio catalán, Josep Pla, a través de su tío Eduardo, advierte en La calle estrecha sobre los peligros de la vida provinciana: "No vayas al café –recomienda-, no juegues a cartas. No frecuentes tertulias estúpidas alimentadas por chismorreos pornográficos o insignificantes anécdotas políticas. Si lo haces quedará asfixiado por el ambiente. Todo lo verás a través de esa atmósfera en una escala infinitamente pequeña". El efecto que produce en Espinàs su imbricación en el espíritu castellano es justo la contraria de la que predice el escritor ampurdanés. Para Espinàs, "un viaje a pie es un ejercicio de revitalización a través de una lenta sucesión de espacios, conscientemente vividos" (p. 97). La virtud del escritor, en el caso que nos ocupa, es plasmar toda esa retahíla de vivencias con la sencillez de su pluma, utilizando términos propios del campo, y la solidez de un estilo ya muy definido.

Manu Leguineche denuncia en La felicidad de la tierra que "Castilla se cae a pedazos y por todas partes brotan polideportivos y plazas de toros. El castillo sobre el alcor se viene abajo". Es la imagen del fracaso histórico de una tierra que, según Ortega, "hizo a España". El autor de A pie por Castilla escapa de las catedrales y se refugia en la antropología cultural para explicar la raíz humana del territorio. Lee a Machado y a Gerardo Diego, ausculta las historias de Avelino Hernández, compra el Heraldo de Soria, pasea por el Collado y se fija en una pintada del frontón de Vinuesa: "Vivan los quintos del 98" (p. 85). El maestro Espinàs sabe que la fineza del sentir es del campo y de la soledad, y no duda en comprobarlo. "Estoy caminando por Castilla con la modestia y la tenacidad del observador que quiere absorber colores y formas; vivir la sensualidad de los instantes, no mirar con las ideas, para poder encontrar otras más frescas con los ojos" (p. 86). Los colores del páramo son un enigma descifrado para el escritor, acaso constituyan el botín más preciado de su aventura en la planicie de Soria. "El gran mosaico de los marrones pardos, de los verdes oscuros clavados de rocas lilas, de los amarillos cenizos del trigo" (p.233). El descubrimiento de los colores, qué duda cabe, para admirar la piel de Castilla y su "túnica infinita".

© Raúl Conde Suárez
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