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MAYA
Emilio Ruiz Ruiz

Edita: el autor
Páginas: 103
SORIA 1987

Maya, según el erudito vasco José María de Barandiarán, es uno de los muchos nombres bajo el que se esconde la deidad femenina por excelencia del panteón euskaldún: Mari. A la que los vascos identificaron, al advenir el cristianismo, con la Virgen María y, probablemente, a la que siguen adorando bajo las diferentes advocaciones marianas.

Nuestro Villar de Maya, ¿tiene algo que ver con esta Maya de Euzkadi?. No lo sabemos, aunque estas zonas altas de Soria fueron algún día vascoparlantes con toda probabilidad y territorio en litigio entre pelendones, berones y vascones.

Pero Emilio Ruiz evita con elegancia estas cuestiones que califica de "tortuosas" y prefiere no aventurarse a buscar improbables etimologías a ese Maya, que titula esta obra narrativa.
¿Es Maya una obra menor?. Sí, si nos referimos a su extensión y pretensiones. No, si nos adentramos en su denso, densísimo, venero narrativo.

La obra principia con el acercamiento de un hombre de ciudad, aunque entrañado en el campo, hacia un genuino habitante de las Tierras Altas, o como dice Emilio, del "Concejo de Arriba". El modo natural, sin falsos tipismos y achabacamientos en como se produce este encuentro, definirá para el futuro una amistad que es, entre otras cosas, el hilo conductor de Maya. Vale ahora repetir aquella sentencia del romancero: "Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va" que, aquí, se traduce de este modo: "Usted es de los míos; venga conmigo" con el que Carmelo remata una rápida encuesta con el recién llegado. Pero ese mundo, esa arcadia cruel y grandiosa ha muerto. El autor pone los ojos en aquel orbe maravillosa de su juventud y, con Eluard, no encuentra "nada de lo que hicimos que no esté destruido".

"Pero cuando empecé a recorrer sus calles me di cuenta de que todo estaba deshecho, deteriorado, más empobrecido que nunca".

El autor deambula por un "Villar de Maya", que es el actual, donde "toda desolación tiene su asiento"; "pero del cuadro que le regalé con una fotografía picando el dalle, sólo quedaba el marco balanceado por el viento que penetraba por los cuatro costados".

Hay en estas líneas una melancolía profunda, pese a su laconismo.

"¡Qué sentido tenía ya todo aquello! ¿No eran acaso los despojos de una vida que, como tantas otras, estaba construida con los medios más elementales, sustentada en la libertad, entretejida con una tierra hermosa, despiadada a veces, llena de imaginación y sabiduría?".

Pero el autor nos ilustra de las razones de este súbito abandono, que tiene unas causas muy concretas y palpables, que obedece a unas leyes y ritos no por complicados y artificiales menos cognoscibles y controlables.

Por contra, la burocracia y sus juegos de manos, en ventilados despachos de la gran ciudad tramó y ejecutó un vasto proyecto en el que los Carmelos y los Blases, y las Marías, no tenían un papel demasiado glorioso que cumplir. Despacio, hombre a hombre y casa a casa, como en Villar de Maya, o deprisa, por la brava y en una semana como en Riaño, el mismo estado tecnocrático y/o burocrático se ha desembarazado de un pueblo y de toda una mínima cultural rural, de un "saber estar" desde la cual, según Julián Marías nos dice en su esclarecedor prólogo, "habrá que volver a empezar si se quiere que España tenga verdaderamente porvenir" ¿o habremos perdido para siempre "aquel mundo arcano, desconocido, tal vez lleno, por otra parte, de infinita sabiduría"?.

El corolario de esta obra es, por desgracia, triste y negativo. Las consecuencias a extraer, si queremos dar en ello, son también tristes, pero enjundiosas. La tesis, dicha de modo lineal y garbancero viene a decirnos que en las tierras altas de Soria vivieron hace unos años, no muchos, una clase de hombres y mujeres que hoy buscaríamos en vano y que gozaron, o padecieron, una vida distinta a la actual, llena de libertad, labrada por sí mismos. Ni una arcadia ni un infierno, sino un vivir sosegado y autosuficiente fue destruido, en poco tiempo, por unas directrices socioeconómicas dictadas desde una lejana metrópoli en aras de un proyecto social más que dudoso.

El escritor se sitúa en un aplano muy cercano a sus personajes a los que comprende y admira y a los que, voy a decirlo con un concepto cristiano muy mal entendido, compadece. Porque "compadecer" no es sentir lástima ni conmiseración por el prójimo sino, literalmente, "padecer con ellos".

Por ello no es ajeno a ese proceso de envilecimiento y destrucción a que se ven sometidos los habitantes de Villar de Maya.

"Yo iba teniendo la evidencia de perder cada día que pasaba un trozo de horizonte. ¿Hasta qué límite podría apurar esa pérdida?".

No niego que puedan hacerse otras lecturas de Maya, más anecdóticas y "tipistas" cuando no folclóricas o etnológicas pero a mi, en estos momentos, todavía estremecido por la carga sentimental de la narración sólo me cabe esta desesperada conclusión, la de asistir al apagarse día a día de esa civilización rural a la que todos estamos vinculados de un modo u otro y con la que morimos también un poco.

© Antonio Ruiz Vega

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