Exposiciones para recordar

 

Exposición de Cantorales
Catedral de El Burgo de Osma

del 10 de julio al 11 de octubre de 2003

 

  Cantoral. El Bautismo de Jesús. Siglo XV-XVI

 Hasta el día 19 de octubre se puede visitar -salvo los lunes- la exposición de cantorales que, en el paño de familiares del primer templo de la Diócesis, ha organizado el Cabildo de la Catedral de Osma. Los cantorales son libros de coro, de grandes dimensiones, con hojas de pergamino en los que está escrita música y letra de los salmos que se cantaban durante la liturgia en los coros de los monasterios y de las catedrales. Su tamaño, hasta 90 x 70 cm., permitía ver los textos a distancia por lo que se colocaban en el centro del coro, en el facistol. 

La Catedral de Osma guarda, en su rico archivo-biblioteca, cerca de sesenta ejemplares, algunos encargados por el Cabildo al monasterio de San Jerónimo; mientras que otros fueron recogidos del mismo después de la última de las desamortizaciones del siglo XIX. Especialistas en Historia del Arte, como la doctora Ana Muntada Torrellas, consideran esta colección de cantorales como la más rica de las catedrales españolas por su policromía y la calidad de sus miniaturas. Prueba de ello es el lugar destacado que han ocupado en varias ediciones de las Edades del Hombre: León, Amberes, El Burgo de Osma y Nueva York. Pero hagamos un poco de historia del monasterio de San Jerónimo, del que procede gran parte de los mencionados libros corales.  

Don Pedro Fernández de Frías, obispo de Osma (1379-14510) y cardenal de Santa Práxedes (1394-1420), fundó, por carta de donación otorgada en Segovia el 21 de junio de 1402, el monasterio de San Jerónimo de Guijosa, aldea de Espeja de San Marcelino (Soria), en torno a la ermita de Santa Águeda, que ya estaba habitada por ermitaños. La fundación fue confirmada por bulas de Benedicto XIII, en 1413, y Martín V, en 1420.  

En el siglo XVI el patronazgo del presbiterio y altares colaterales pasó, por compra de Diego de Avellaneda, obispo de Tuy (1525-1537), a los componentes de la Casa de Valverde, de apellido González de Avellaneda y más tarde condes de Castrillo, cuyos titulares materializaron su relación con el convento en los escudos que señoreaban sus edificios, inscripciones, suntuosos enterramientos y otros detalles que mezclaban la vanidad con la auténtica piedad. En 1644 García de Avellaneda y Haro, II conde de Castrillo, de los Consejos de Estado, Justicia y Cámara y presidente del de Indias consiguió, in totum, el patronazgo del monasterio. Poco tiempo después, la noche del 3 al 4 de junio de 1659, fue escenario de hechos extraordinarios y sorprendentes ocurridos a Juan de Palafox y Mendoza, obispo de Osma (1654-1659), cuando tuvo la revelación de su próxima muerte. 

La vida del cenobio transcurrió sin grandes sobresaltos en siglos posteriores. Sus religiosos no abandonaron el monasterio durante la Guerra de la Independencia, si bien se habilitó un claustro para hospital de la división del cura brigadier Jerómimo Merino, y pudo resistir el embate del Trienio Liberal que, en 1821, intentó una tímida desamortización de los bienes eclesiásticos, acabando con algunos venerables conventos. En 1853 fue incluido en las leyes desamortizadoras decretadas por el ministro de Hacienda, Juan Álvarez Mendizábal, y sus claustros se vaciaron de sus legítimos dueños. Su archivo se perdió en su mayoría. Sus joyas y pertenencias cayeron en manos -por no decir garras- de oportunistas y sólo algunas de sus piezas artísticas pasaron a la Catedral de Osma, a la colegiata de Soria y a las parroquias de los lugares cercanos: Espeja de San Marcelino, Guijosa, La Hinojosa, Orillares... Su suntuosa iglesia, después de dos espectaculares y pintorescos robos, permaneció en pie hasta el año 1936. Hoy sólo queda, además de los recuerdos de este centro difusor de cultura y fuente de espiritualidad, un paredón azotado por los vientos y bañado generosamente por el sol entre un mar de espigas.  

El monasterio, calificado por Rogelio Buendía, como el Escorial Castellano y digno de conservarse junto con el de Santa María de Huerta, como consideraba la Comisión Provincial de Monumentos, estaba integrado por las dependencias monásticas con tres claustros, una extensa huerta cercada de cal y canto, el palacio de los marqueses de Castrillo, una amplia y bien exornada iglesia con cripta para enterramiento de los patronos, sacristía, colmenar, nutrida botica que abastecía a los pueblos de los alrededores y a algún obispo de Osma, importante biblioteca... Entre los artistas que trabajaron para esta casa de los hijos del eremita de Belén, algunos de ellos de primera fila, cabe citar al Maestro de Osma, Felipe Vigarny, Martín Martínez, Juan Antonio Marogia y Juan Gómez de Mora.  

Miniatura de la Virgen-Madre en una letra Capitular de un Cantoral. El Burgo de Osma

Retomando el tema, la exposición quiere ser, como se lee en el tríptico anunciador, conmemoración agradecida de la Catedral de Santa María de Osma por las magníficas aportaciones recibidas de este monasterio, debido a la riqueza artística del mismo y a la labor benéfica, cultural y religiosa que desarrolló durante los poco más de cuatrocientos años de su vida monástica ininterrumpida. 

La catedral de Osma se benefició sobremanera de la creatividad espiritual y artística del escritorio monástico, ya que muchos de los volúmenes de la colección de cantorales de la seo oxomense fueron copiados y miniados en el scriptorium de este monasterio por el Maestro de Osma. Un inventario de 1813 deja constancia de la existencia de ellos en estos términos al describir su iglesia: En la iglesia y en su capilla mayor hay el retablo general y dos colaterales y también el púlpito. En el cuerpo, cuatro altares, todos con el servicio correspondiente. Igualmente dos cuadros de marco mayor buenos. En el coro existe una buena sillería, facistol y un estante con dos plúteos que contiene treinta y dos libros que sirven para el canto, todo de pergamino. Un órgano bueno y la caja de otro viejo.

       11.500 personas visitaron la Exposición

José Vicente Frías Balsa

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