Una tarde con Isabel Goig

Carmen I. García

 

Este mes de diciembre no es un tiempo animoso precisamente, sobre todo por la niebla espesa que no deja pasar ni un rayo de sol en el valle del Ebro. Sin embargo es un buen día para estar con los amigos, o en ausencia de ellos hacer lo más apetecible. Y eso es lo que he hecho yo, quedar en compañía de Isabel,  y juntas acercarnos a una historia y a sus protagonistas.

A Isabel la conocen muchísimas personas, no sólo de Castilla y León, Comunidad Autónoma donde reside, y Andalucía de donde es originaria. Ella se mueve en un amplio abanico intelectual desde hace muchos años. Al igual que Machado, quedó prendada de la Soria áspera y a la vez abrigada. Junto a su hermana Luisa ha hecho un largo trayecto en la literatura. En Soria, pronunciar los nombres de las Goig Soler, cualquier persona por poco que haya leído, sabe ya a quién se están refiriendo.  Dos creadoras de la Cultura con mayúscula, con tantísimas publicaciones en el mundo del ensayo, de la etnografía y de la novela no dejan indiferente a nadie. Cualquiera puede ver a  Isabel repartiendo sus libros para ponerlos a la venta, yendo desde el más modesto quiosco a la más emblemática librería. Así se ha pateado Soria y provincia  por los cuatro puntos cardinales.

Hoy he quedado con ella igual que en anteriores ocasiones en las que me abrió ese mundo del que es partícipe con su pluma ágil y siempre desenvuelta. Y en su gracejo andaluz pero no por ello inculto, he ido aprendiendo y percibiendo el bagaje vivencial de los hombres y mujeres de la Soria pequeña y despoblada, pero también de la humanidad y la humildad de sus gentes. A veces esa lección de humanismo nos desborda, y  otras,  nos produce  un regusto amargo como esta tragedia verídica en la que son protagonistas Valeriano Antonio Cabrero Santamaría, de 32 años, natural de Ponzano (Huesca), Alcalde de Pitillas en 1936, y  Valentín  Llorente Benito,  de 27 años, natural de Valdemadera (La Rioja), maestro de Fitero (Navarra) en 1936. Ambos nos llevan en una huída sin retorno por esa Sierra de Alcarama del sistema ibérico, entre el sureste de La Rioja y el noreste de la provincia de Soria, para terminar en un final que nos resistíamos a  adivinar desde la primera página.

Es una remembranza dura, durísima, con nombres y apellidos,  localidades y secuencias, de las hostilidades de unos años que nunca se alejaron de la memoria de los vencidos. Ni siquiera lo olvidaron muchos de los proclamados vencedores, que aguantaron con la cabeza baja el dominio del militarismo durante una larga dictadura.  Aquellos años de la guerra,  en los que la vida no valía nada o poco, fueron demoledores para mucha gente de bien. Persecuciones, enfrentamientos, y el tiro en la sien, en la cuneta, o en el barranco. Es una época del exilio obligado, en la que vuelve el infortunio como un fantasma una y otra vez, cebándose en los de siempre, los pobres, los desarrapados, los que no tienen esperanza a la que asirse, y una huída por temor, por miedo, con el pánico sacudiendo el alma. Y esta obra que es un  testimonio no sólo oral, sino también documental, salpicada de fotografías, de recuerdos de las familias, es también un valioso ejemplo de dignidad y de solidaridad.

“La vara de la libertad” que ya lleva haciendo camino un tiempo, ha llegado  hasta  la Hoya de Huesca o el Somontano, e incluso ha traspasado las fronteras y sigue emocionando los ojos cansados o ávidos de la juventud, relatando los acontecimientos de la orfandad, la viudez y el coraje por la supervivencia de los hijos y nietos de Antonio Cabrero y allegados de Valentín Llorente. Es un testimonio magistral que Isabel nos narra, sin omitir nombres, ni fechas. Cartas, documentos, fotografías, todo se muestra como si alguien hubiera recuperado los recuerdos para hacerlos vivos. Como si el tiempo no hubiera pasado, ni hubiera querido borrar los rastros de un duro  presente. Un homenaje sentido hacía dos personas que yacen en el suelo  frío  de una tierra que los abraza en una sepultura eterna sin que nadie haya averiguado hasta ahora el punto exacto del emplazamiento. El monolito que se alza en este lugar de la Sierra de Alcarama señala los nombres de estos dos fusilados el 3 de septiembre de 1936 que juntos el último mes y medio de su vida, unidos en un mismo destino recorrieron los montes y parajes escondiéndose, soñando con salir de aquella pesadilla, pensando en que todo iba a arreglarse y que la paz estaba esperándoles en sus casas con los suyos.

Y supongo que a mi querida amiga Isabel los descendientes  directos o indirectos de ambos habrán agradecido su prosa y buen trabajo por haber llevado a la ficción esta historia real, de la que posiblemente ni ella misma sea consciente  del valor que ha tenido al escribirla y del alcance y proyección tan importantes. Y así el verso de Martín Ridruejo “Queda la Vara y el libro/ para siempre en esta sierra/ la firme Vara de Alcalde/ y el sabio libro de escuela” me obliga a decir:

Gracias Isabel y hasta cuando quedemos de nuevo. Porque contarnos cosas, nos contamos,  y muchas. Y si alguien no conoce tu web, sólo con que ponga tu nombre en Google encontrará lo que desee. Tú no necesitas publicidad, afortunadamente.

Carmen I. García, 2016

 


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"La vara de la libertad"

"Memorias del 58", Carmen I. García

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